One-Shot And with it, comes a burning light. [Resident Evil | Alcina Dimitrescu x OC]

Historia corta en la sección de literatura

And with it, comes a burning light. [Resident Evil | Alcina Dimitrescu x OC]

Fandom
Resident Evil
Genero
  1. Romance
  2. Hurt & Comfort
  3. Slice Of Life
Clasificación
Público General
Advertencias
N/A
Sinopsis
La grieta entre Alcina y Adriana era grande, pero no insalvable, solo necesitaban verse a los ojos de nuevo sin estar en un castillo enfermo.
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19 Feb 2025
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Una isla soleada~
Para el reto Quarterly veraniego del server Blossom Coffee, con la prompt 'algo perdido que reaparece con el calor'.



Para Adriana, cuyo estándar de verano según su cuerpo de ciento cuarenta y cinco años siciliano era de un promedio de treinta y dos a cuarenta grados, el verano de la Aldea siempre había sido uno que amaba con una fiereza extrema.

Adoraba la forma en que la lluvia venía por más días que el sol, pero entonces había varios días que hacía un sol suave que bañaba hasta la más oscura de las habitaciones del castillo y se encontraba yendo hacia la azotea del castillo para disfrutar de la calidez que le proporcionaba.

Si había algo de su aflicción que amaba, también, era no convertirse inmediatamente en cenizas. Podía ser por la antigüedad, pero su piel era resistente ante la luz moderada del sol, aunque muchas veces se sentía febril si estaba mucho tiempo.

Esta historia se puede decir que empezó en un día que amaneció suave y soleado.

Un día en el que Adriana abandonó la cama de Alcina antes de que ella despertara para evitar que ambas tuvieran que plantarle cara de verdad a la crisis actual que atravesaban, dónde un par de horas más tarde se sentaron a la mesa con sus hijas a desayunar y tuvo que ignorar que Vera olisqueó suavemente su hombro al sentarse junto a ella. Un día dónde podía ver cómo algunas de las pocas criadas que tenían, se habían puesto de acuerdo para hacer la colada tranquilamente en el jardín y borrar con el olor a jabón de lavanda el consistente olor a sangre que parecía predominar en el castillo.

Y en ese día, podían todas decir que tendrían descanso por un tiempo. Un descanso de trabajos incómodos, monstruosos y con la firma pulcra de Miranda en demasiadas hojas, más incluso de las estrictamente necesarias.

Esa afirmación pareció incluso aliviar las viejas piedras del castillo Dimitrescu.

"Milady," una doncella la llamó con suavidad cuando bajaba por las escaleras de la torre de entrada, manteniendo la mirada baja. "La señora me pidió que le hiciera saber que requiere su presencia en el despacho principal."

"Dile a la señora que llegaré a ella en el tiempo requerido," Adriana intentó quitarle el tono exasperado a su voz, que fuera correcto para la joven y que lo transmitiese con claridad. "Lo que tarde en llegar de aquí hasta el despacho."

Adriana dejó que la criada marchara, sin saber que si se lo proponía, podría llegar antes de que incluso ella llegara a la escalera principal y eso que estaba a dos puertas de distancia.

Pero por un segundo se quedó parada, sintiendo el aire fresco de montaña entrar por una de las ventanas, y se prometió a sí misma que daría igual lo necia que Alcina se pusiera, lo belicosa, lo terrible, porque intentaría mirarla y complacerla en un intento de salvar la distancia que se estaba creando entre ambas.

Complacerla cómo cuando estaban en el estudio de Bucarest, el del radiador que parecía tener una afrenta personal con las cañerías.

Cuando, tras cinco minutos más tarde de lo que Alcina consideraba correcto, Adriana llamó a la puerta del despacho, lo hizo con un pequeño ramo de edelweiss en la mano. Mínimo, pues si hubiera sido gigante, significaría que intentaban tapar la enormidad de la grieta que se formaba lentamente entre ellas.

Escuchó el 'adelante' de Alcina con una suavidad que le desgajó el corazón y aprovechó el pequeño recodo que hacía la entrada para prepararse un segundo, encontrar la frase más bonita de su repertorio y evitar que Alcina frunciera el ceño de aquella forma tan particular en la que mostraba su molestia ante la impuntualidad.

Los últimos retazos del pensamiento quedaron como un eco en su mente y, al levantar la cabeza y ver a Alcina, esas palabras fueron olvidadas y erradicadas por completo de su lengua.

"No te voy a dar la satisfacción de enfadarme," resonó la voz de la mujer desde el escritorio. "Pero ya hablaremos de la impuntualidad en otro momento…¿eso son flores?"

A los ojos de Adriana, Alcina era la mujer más hermosa de todo el mundo en ese preciso instante.

El despacho estaba en suave penumbra excepto por la claridad que entraba por la única ventana que estaba abierta y no tapada por una gruesa cortina.

Podía ver las partículas en suspensión y el hilo lento y perezoso de humo que subía desde el cigarro casi terminado del cenicero. Podía ver cómo la luz estaba incidiendo en su mujer sin hacerla santa, pero convirtiéndola en objeto de adoración inmediato. Podía apreciar como la cálida luz arrancaba reflejos azulados al cabello negro tinta de Alcina, que durante el último año lo había dejado crecer un poco más y le llegaba a los hombros. Podía sentir cómo la claridad le daba a su pálida piel un tono nacarado y apetecible, llenando a Adriana el pecho de la orden básica de besarla siguiendo caminos que ya había recorrido mil veces.

Pero por sobretodo, le daban calidez a esos ojos grises impuestos por el monstruo que vivía en cada esquina, y la sombra de los inteligentes ojos pardos de Alcina asomaban entre recuerdo y temperatura.

"Adriana…" empezó Alcina mientras se levantaba lentamente del escritorio, cada vez más molesta, o quizás más vulnerable, porque una Adriana en silencio nunca anunciaba nada inocente.

"Tu belleza es un inconveniente, cara mía," salió casi en un susurro de sus labios mientras daba un paso más hacia Alcina. "Una intenta pensar y de pronto ahí estás, arruinando siglos de disciplina."

Y cuando los ojos de Adriana pudieron mirar más allá de los efectos que la luz hacía en la figura de su mujer y la vieron llevar el vestido que le había regalado la noche anterior, perfectamente creado para ella…su parte animal arañó despacio las paredes de su confinamiento, con una paciencia dolorosa.

"Eso es una forma muy precisa de decir que eres más descerebrada de lo que pensaba." Alcina quiso protegerse del halago de aquella forma, evitar que Adriana la pillase aún más con la guardia baja.

"Me encanta cuando me hablas así, no me pongas peor," Adriana jadeó aquello y miró las flores en su mano, cómo si se hubiera olvidado de ellas. "Son flores vulgares ahora que te he visto, debería haber traído todo el puesto del florista a tu puerta y aún así sería poco."

Fue ahí que Alcina intentó aferrarse a las certezas que tenía como arma, porque aún con todo y grieta, ella seguía siendo débil en un sentido curioso de la palabra ante Adriana. No cómo una mujer sin voluntad, más cómo alguien que tenía un bastión con las mejores defensas pero había una persona que conocía una puerta secreta y, no contenta con eso, también tenía la llave adecuada.

"Has llegado tarde," salió de sus labios mientras sus manos intentaban ocuparse con los papeles que había en el escritorio, sus ojos evitando mirar a Adriana para que no la desarmara tan rápido. "Ni siquiera son mis flores favoritas," quiso ser puntillosa, quizás añadir cierta terquedad. "Y ni siquiera has traído una explicación lógica para el retraso."

"Tenía una respuesta que te enfadaría mucho, demasiado, pero ya no tiene ni lógica," Adriana movió sus manos un poco en el ramo de edelweiss antes de hacer un gesto con la mano. "Ha sido verte y se fue por la puerta."

"Eso es muy conveniente."

"Para mí, terriblemente conveniente, sí."

"Adriana," el nombre le llenó a Alcina la boca, sintió que de la propia Adriana salía su nombre en un suave susurro que le acariciaba. Toda la molestia que había acumulado se estaba volviendo cada vez menos defendible. "No hagas eso."

Alcina juró que Adriana ladeó la cabeza cómo un pequeño pájaro que no entiende de verdad, haciendo que un halo de inocencia muy difícil de tomar como verdadera, la rodease cómo tantas otras veces había hecho.

"Solo fui sincera y dije tu nombre," se rascó suave detrás de la oreja, sin apartar mucho la vista de Alcina. "¿No puedo decirlo?"

"No cuando parece que estás desabrochando algo."

Se arrepintió al instante de las palabras que acababan de salir de su boca, más porque los ojos verde claro de Adriana la miraron con la intención de alguien que reconoce las rendijas correctas en su ser para no dejar escapar ni lo más mínimo a aquello que quería esconder. Quizás a Alcina le picaron un poco las piernas cuando la suave tela del vestido le rozó las pantorrillas al mover las piernas.

Fue ahí que Adriana dio un paso, con las manos temblando tan ligero que Alcina pensó que se lo estaba imaginando, y sus ojos decidieron mirar las edelweiss del ramo cómo si centrarse en aquel detalle le salvara el juicio, que había empezado a abrir una ventana para tirarse por ella.

"¿Por qué elegiste éstas?" hizo un suave gesto con la mano hacia el ramo, tomando lo que quedaba del cigarrillo y dándole una última calada para ocupar sus pensamientos un poco más.

"Si preguntas a un nivel básico, porque el otro día miraste el parterre junto al viñedo y sonreíste," la respuesta fue muy sencilla, doméstica, familiar. "Si es un nivel mayor…porque no son fáciles." tragó saliva, frunció el ceño. "Ya he llenado una habitación de rosas para ti Alcina; darte un ramo de edelweiss, una flor que crece dónde el sentido común de las flores les dice que no deberían y son así de persistentes, me pareció más adecuado."

El silencio en que se sumió la habitación fue proporcional a la obscenidad con la que el verano tocó la ventana abierta, con tibieza y con un millón de palabras sin decir. El cigarrillo dejó de echar el fino hilo de humo que marcaba su vida y Alcina leyó en el rostro de Adriana lo que quería decir de forma fragmentada.

"Eso casi parece una disculpa."

"No insultes a las flores," fue un comentario rápido al cual Alcina respondió haciendo un gesto de 'entonces no lo es' con la cabeza y arrugando un poco la nariz. "Lo veo más como una ofrenda."

Adriana alzó el ramo entre ambas, sin acercarlo del todo. Como si no estuviera segura de merecer entrar más de lo que estaba entrando. Cómo si, por una vez, el descaro no le bastara para cruzar la distancia que habían interpuesto entre ambas.

Alcina sintió todo aquello demasiado intenso, resonando en su pecho con una fuerza terrible antes de que pudiera conseguir algo de poder para enfrentarse a ello.

"Anoche me fui antes de que despertaras," la grieta se abrió entonces de un momento a otro y Alcina dio un paso atrás cuando Adriana dio otro hacia delante. Se mantuvieron la mirada, conscientes de lo que había pasado. "Porque soy una cobarde cuando algo me importa demasiado."

"Eso no te suele impedir seguir haciendo discursos." fue una frase débil en los hermosos labios de Alcina, pensó Adriana, que le dolía el corazón cómo si aún latiera.

"No, sólo los vuelve aún peores," y aún con esa vuelta de tuerca, Alcina quiso sonreír por costumbre, pero lo evitó de forma elegante no haciéndolo. Adriana bajó las flores un poco. "No quería que empezáramos el día nombrando todo lo que está mal entre nosotras."

"Y tu opción más natural fue decidir dejar que despertara sola."

Aquella frase salió más rápida y herida de lo que Alcina habría permitido si pudiera haberla escogido antes. Hizo que Adriana cerrara los ojos un instante antes de bajar la cabeza en señal de derrota y asentimiento. Esa honestidad tan humana fue peor que cualquier excusa que se hubiera inventado.

"Muy considerado de tu parte," el gesto de dolor de Adriana fue limpio y sincero, Alcina apartó la mirada.

"No lo fue."

"Por supuesto que no lo fue."

Alcina no retrocedió cuando Adriana dio un paso más, se quedó ya con las piernas pegadas al escritorio cómo si no solo su gran altura la escudara de cualquier tipo de daño. Que al menos algo la sostuviera de verdad en aquel lugar que empezaba a hacerle sentir que flotaba.

"Pero he venido," las manos de Adriana querían tocarla, lo veía en sus ojos, pero no lo hicieron cuando masculló un 'tarde' entre dientes. "Así es."

"Con flores que no son las que me gustan," dijo Alcina viendo cómo Adriana entraba en el rango del sol y eso hizo que su cabello color miel adquiriera la tonalidad del oro. "Y, sobre todo, una conducta que es una amenaza al decoro."

"Eso último no pienso corregirlo, cara mía."

Se miraron con la palabra de cariño entre ellas, una pequeña cuerda en la grieta para empezar una pequeña construcción para solventarla.

Ahí estaba otra vez: la mujer imposible, antigua, brillante, insoportable, con flores en la mano y deseo en la boca, intentando pedir perdón sin dejar de ser ella misma. Alcina quiso odiarla un poco por eso. Por no facilitarle el enfado. Por presentarse vulnerable de una forma tan descarada que parecía otra provocación.

"Es el vestido."

Alcina no pudo creerse aquella frase, por lo que sus ojos de forma natural fueron a mirarse a sí misma. Fue su primer error, o el segundo, o quizás el primero había sido hacer llamar a Adriana en vez de coger por banda sin anunciar y dejarle las cosas claras. Cuando volvió a mirar a la otra mujer, vio que había dado medio paso más y ahora la luz también le alcanzaba uno de sus ojos.

Esos ojos que eran capaces de volverse profundos e intensos con el estímulo adecuado. Esos ojos que hicieron que posara una mano en el escritorio para ganar algo de fuerza.

"¿Qué tiene?" le salió un tono más mordaz que de costumbre, pero eso solo hizo que Adriana alzase una de sus cejas claras en respuesta además de un pequeño gesto con la mano. Un 'que lo llevas puesto' silencioso. "Si me regalas algo de vestir, tendrá que hacer su función."

"No me provoque con lógica, belladona mia," suave y bajo, Alcina evitó llevarse la mano libre a la nuca para no caer en los ardides de Adriana. "Estoy haciendo esfuerzos heróicos pero nada eficaces para seguir mirándole a los ojos."

Fue ahí que por fin Adriana se atrevió a dejar las flores sobre el mismo escritorio que Alcina usaba como seguridad. Lo hizo con extremo cuidado, cómo si no quisiera que nada se rompiera, aquella paz frágil que estaban forjando siendo ellas mismas.

Entró en el espacio personal de Alcina lo justo para alzar suavemente la mano hacia ella, casi a la altura dónde su cuerpo se unía con sus piernas y dónde empezaba la tela oscura del vestido.

Pidiendo permiso sin articular palabras, dándole la opción a Alcina de rechazar aquello y a la vez, dentro de esa simpleza, haciéndole más daño que cualquier piropo anterior camuflado con tibieza.

Ambas sabían que Alcina tenía que haberse negado, quizás era en aquel entendimiento dónde residía el verdadero peligro, esa espera tras la pregunta. Pero el juicio y la inteligencia, la molestía, le fallaron estrepitosamente porque aquella forma de actuar de Adriana hacía que todo se cayera sin mucha más ceremonia que la acompañada con sus ojos verdes.

Adriana posó la mano entonces, apenas la punta de los dedos, sobre la tela, sobre la costura. Allí dónde el vestido seguía la línea del cuerpo de Alcina con una obediencia obscena, hecha para tentar a una mujer sin voluntad de salvarse. La mano no subió, no bajó, no reclamó ningún derecho; solo tocó sintiendo el hilo y la doblez de la tela. Aquella sutileza hizo que cerrara los ojos por inercia.

"Que te deje hacer todo esto no resuelve nada," fue una certeza en voz baja, haciendo que Adriana apretara suavemente los labios y frunciera el ceño con ligereza. "Seguimos teniendo que hablar," los dedos de Adriana trazaron un pequeño patrón de hilo, asintiendo. "Probablemente discutir," la risa danzó en una de las comisuras de la italiana. "Y quizá hacernos daño de formas nuevas y a la vez ya conocidas."

Fue ahí que Adriana apoyó la frente contra su vientre, la zona más cercana teniendo en cuenta la diferencia de alturas, una diferencia que a veces no existía por lo grande de las palabras de ambas pero dolorosamente notable a la hora de la verdad.

"Eso es lo que me temía." un pequeño susurro que se escuchó con claridad en el despacho.

La mano de Alcina se levantó antes de que pudiera ordenarse lo contrario y tocó el cabello de oro batido por el sol con cautela primero, con mayor seguridad una vez que pudo meter los dedos en la melena y masajear con cotidianeidad su cuero cabelludo.

"Entonces qué haces, draga mea."

"Intento recordarme que antes de hablar de cosas terriblemente serias, podemos volver a nosotras mismas."

Alcina sintió que algo en el pecho se le rompía con delicadeza.

Bajó la mirada hacia la cabeza dorada apoyada contra su vientre, siguió la línea hacia dónde las flores pálidas estaban abandonadas sobre la mesa, hacia el humo que ya no existía en el cenicero y hacia la luz de verano que había convertido su despacho en un trampa.

"Eres imposible."

"Y tú llevas mi vestido." una risa pequeña acompañada de un vistazo rápido a la muñeca de Alcina. "Y la pulsera que te regalé aquella vez que estuve en Helsinki y me mandaste cuatro cartas en menos de dos semanas amenazándome de seis maneras distintas."

Solo pudo cerrar los ojos y reír también de forma cansada, de forma exasperada cómo alguien que encuentra de nuevo una media en el suelo, lugar dónde no debería estar.

"Nuestro problema es serio," sus uñas encontraron el punto perfecto en la cabeza de Adriana y esta respondió con un suave 'hum' de gusto. "No puedes desarmarme con halagos, flores difíciles y una mano sobre el vestido."

Adriana, en toda su grandilocuencia, en su derecho indignado, levantó la cabeza de la posición para mirarle a los ojos con cierta intensidad. Gris y verde claro encontrándose sin problema alguno. El '¿no puedo?' se sostuvo entre ellas de esa forma, con una mirada y la uña de Adriana rascando suave el relieve.

De verdad quería encontrar una respuesta que conservara la autoridad, la elocuencia…al menos una dónde no tuviera que revelar que su cuerpo todavía estaba sintiendo el peso de la frente de Adriana cómo si fuera una promesa.

"Sabes que no del todo." la sonrisa de Adriana ante eso fue una mezcla entre triste, victoriosa, incluso enamorada.

"Me es suficiente empezar, si me lo permites."

Alcina no supo si agradecer que Adriana levantara la frente por fin o lamentarlo con una indecencia absoluta. Decidió elegir, por orgullo, ninguna de las dos. Intentó parecer recompuesta del momento para poder hablar de nuevo.

"Antes de que sigas intentando convertir mi despacho en un altar de verano," el esfuerzo que estaba poniendo en hablar habría sido invisible para cualquiera que no fuera Adriana. "Te llamé por un motivo."

Adriana no se apartó del todo, muy suyo. Cediendo espacio, sí, pero no el campo completo.

"Ah, ¿había un motivo?" el murmullo vino acompañado con rascarse un poco la sien. "Qué lástima, empezaba a pensar que simplemente querías verme llegar tarde con flores."

"No alimentes tu propio mito, querida."

"Alguien tiene que hacerlo en voz alta, amor," la luz hizo maravillas cuando parpadeó, pensó Alcina. Más bien la maldijo. "Hay mucha solemnidad por aquí."

"Eso ya lo haces sola con una diligencia agotadora."

Sonrió cómo un gato satisfecho, lo suficiente para permitir que Alcina no solo volviera a su escritorio, si no que recuperara su autoridad. No demasiada, pero sí la suficiente para que ambas pudieran fingir mejor. Incluso Adriana se quedó en una posición relajada, con las manos a la espalda, esperando por ella de forma obediente.

Una obediencia que mordía si no se la vigilaba, por desgracia y fortuna.

Alcina no necesitaba darse la vuelta para saber que Adriana la había seguido con la mirada, que había seguido cómo el vestido se comportaba mientras se movía.

"Adriana."

"Dime querida, estoy escuchando."

"Estás mirando con el descaro de un prepúber."

"Soy una mujer con múltiples talentos."

Tuvo que cerrar los ojos momentáneamente, apoyar ambas manos en el escritorio mientras se sentaba en la silla, y suspiró de forma pesada. Todas aquellas virtudes que siempre se repetía para mantener su porte estaban siendo sometidas a una prueba injusta por una siciliana deslenguada y con una falta alarmante de arrepentimiento.

"Miranda ha salido de la Aldea," dijo al fin mientras miraba los papeles de reojo, dándose cuenta en el proceso que Adriana había dejado de sonreír tan abiertamente pero que a cambio algo se afinó. "Esta madrugada, no ha especificado dónde."

"Dios la libre de no entregar itinerario a sus juguetes favoritos."

Más que una daga, la mirada de Alcina se convirtió en todas las lanzas del castillo. No necesitó llamarla por su nombre de nuevo para sacarle un 'perdón' sin arrepentimiento real de los labios. Solo la hizo ver más atenta a lo que viniera.

Alcina tomó una carpeta de las que tenía en el escritorio, la que más información contenía. Todo lleno de notas, horarios, permisos, listas de entregas aplazadas y varias páginas con la firma pulcra de Miranda en lugares dónde nadie necesitaba realmente firmar.

"En su ausencia han quedado suspendidas varias evaluaciones. No todas, pero sí las más intrusivas."

Adriana se acercó al escritorio mientras hablaba. La luz seguía entrando a raudal por la venta, sobre Alcina, aunque ahora le daba de forma menos frontal y eso le daba a su rostro un tono distinto. Parecía más relajada, aunque no tranquilo, pues eso para Alcina Dimitrescu era un pecado del tamaño del propio castillo. Sin embargo, sí que era menos encerrado en aquella defensa perfecta que había levantado los últimos días entre ambas.

Siempre lo notaba, era imposible que no. Notó la línea de sus hombros, cómo sus labios estaban menos apretados y la mano que no estaba ocupada estaba laxa sobre el escritorio y no cerrada cómo si fuera a desplegar una garra.

Puede que la hubiera llamado para hablarle de logística, sí, pero también porque no quería que esa tregua pasara sin ser nombrada en el espacio que compartían.

"Al menos tendrás un estimación de su ausencia."

"Tres días, quizá cinco. Una semana si el mundo decide, por una vez, comportarse con cierta generosidad."

Algo se ablandó en los ojos antiguos de Adriana, algo que sonó así cómo 'el mundo no suele comportarse'. Se acercó entonces al escritorio, tomando una de las hojas para leerla por encima.

Su mente entendía todos los datos que leía, no era la primera vez que veía algo así: entregas, controles, la ausencia de supervisión directa, margen de movimientos dentro del perímetro, posibilidad de posponer ciertos temas. Todo útil e importante. Pero gran parte de Adriana seguía mirando a Alcina.

No desde la bestia que residía dormida sobre su estómago y con la cola retorcida alrededor de sus pulmones, si no con una ternura cauta que le sabía a Bucarest.

La veía allí, con el vestido que le había regalado, rodeada de papeles de Miranda, intentado convertir una oportunidad mínima en una estrategia doméstica razonable. La veía cansada, hermosa, furiosa de una forma gastada típica de quien lleva mucho sobreviviendo a base de ese alimento. También la veía viva bajo la luz de verano, cómo si por una tarde el castillo hubiera olvidado que era una jaula.

"Marchémonos, iubi."

El cuerpo de Alcina reaccionó de inmediato a pesar de que no se movió más que levantar la cabeza. Sus ojos grises se afilaron y se llenaron de alerta. La mano que descansaba se cerró cómo una trampa, en su boca ya no había una línea de suavidad. Adriana veía que el monstruo que habitaba en Alcina no aparecía, pero no hacía falta, porque su cerebro habría olido la rebelión desde el otro lado de la habitación.

"Ni hablar." La negativa, cortante y directa, de Alcina hizo que Adriana parpadeara cómo si saliera de sus propios pensamientos profundos.

"Todavía no me has dejado terminar de hablar."
"No necesito que termines."

"Eso es extremadamente efici–"

"¡No bromees!" dio un golpe con ambas manos en la mesa, haciendo que Adriana se enderezara un poco pero no de forma sobresaltada. Solo cómo alguien que ha estado demasiadas veces en el final de ese miedo, de ese enfado. "Ni se te ocurra bromear."

"Alcina…"

"No vamos a marcharnos de la Aldea," el pánico tiñó la voz de la aristócrata pero a su vez le bajó el timbre. "No con Miranda fuera, no con sus sirvientes vigilando. No con las rutas controladas. No con las chicas, ni con Vera, ni contigo, ni con nadie."

El miedo vestido de autoridad se reveló por completo en esa pequeña explosión, la ternura de Adriana se volvió dolor.

"Cara mía…"

"No me llames así ahora." la advertencia en su tono fue tan clara cómo el cristal recién templado y a su vez igual de frágil.

"Entonces escúchame de una puta vez."

Escuchó cómo Alcina tomó una respiración con fuerza ante el tono algo más duro, pero eso no evitó sus siguientes movimientos. Dejó la hoja que tenía entre los dedos sobre el escritorio y alzó ambas manos, no como rendición, si no de la misma forma en que alguien se acerca a un animal herido que aún conserva la fuerza de morder.

"No he dicho que nos marcháramos fuera de la Aldea." toda la postura de Alcina gritaba por un segundo y al siguiente, la tensión desapareció en la inmovilidad que había adquirido. Más bien, cambió de forma con un suave '¿qué?' que aún no sabía si ser incrédulo o no. "No te he pedido que huyamos del yugo de la bruja."

"Lo has dicho, marchémonos," Adriana suspiró un 'sí' por concederle un palo al que agarrar su miedo. "Adriana."

"Sólo te pedía que nos marcháramos a la casa del lago."

El silencio las caló cómo un chaparrón sin anunciar y, después, cómo si Alcina acabara de entenderla hablar un idioma particularmente ofensivo.

"¿La casa del lago?" un breve asentimiento. "¿Esa misma casa del lago que se caía a pedazos el año pasado?"

"A menos que tengas tú otra escondida para amantes menos impuntuales, sí, esa misma."

"No seas absurda." el bufido que dió estaba lleno de la ansiedad y la rabia que se le había acumulado con el pánico y a Adriana le dio gusto saber que había sacado un poco de ello de su cuerpo.

"Contigo, mi amor, lo soy siempre con una moderación insultante para mi misma."

Alcina la miró durante un segundo más antes de apartar la mirada hacia la ventana. Podía ver las ruedas de su cabeza reorganizando el peligro, pues lo que proponía no era fuga, traición, ni era carretera nocturna, ni tampoco Miranda descubriendo una ausencia definitiva y perseiguiéndolas hasta que se derritiera cómo la cera en un día de verano eterno.

Sólo era la casa del lago.

Dentro de los límites que podían justificar, cerca de la Aldea. Apartada para respirar, pero suficiente conocida para no ser imposible de defender en el peor de los casos. Nadie podría llamarlo deserción, ni siquiera el simplón de Moreau que seguramente estuviera dando alguna vuelta por allí cómo un leal perrito faldero.

"Está lo bastante cerca para que nadie pueda llamarlo deserción," explicó Adriana con mucho cuidado, pues de ello dependía la futura reacción de la mujer que tenía al frente.

"Miranda podría llamarlo lo que quisiera, ya lo ha hecho y por mucho menos."

"Miranda llama 'maternidad' a la vivisección, así que por favor, no la usemos cómo diccionario ahora mismo," Alcina la fulminó con la mirada y Adriana solo inclinó hacia delante la cabeza. "Perdón, puede que eso si fuera innecesario."

"No, era correcto," ahí fue cuando Adriana sonrió, bajando la tensión lo suficiente para que no estuviera cómo una guillotina en juicio. "Por eso me irrita."

"Llevo meses adecentándola," Adriana se movió un poco hacia un lado del escritorio, buscando un sitio dónde apoyarse, quizás sentarse brevemente. "Cuando podía, claro. Arreglé el tejado del porche, hay camas decentes. La cocina ya no parece un intento de asesinato…aunque el embarcadero sigue torcido, pero de una forma pintoresca. No mortal."

"Que tengas que aclarar me tranquiliza muchísimo, fíjate."

"También hay mantas, libros, la despensa es pequeña eso sí. Y las cortinas no parecen haber sido mordidas por ratas con aspiraciones artísticas, cómo la primera vez que las vimos."

La expresión del rostro de Alcina era una que no estaba cerrada en banda, aunque era cierto que no estaba por completo convencida.

Aún.

"Has estado reformándola," Adriana asintió con confianza, porque si no vería que desde la nueva posición tenía una muy buena vista y le costaba mantenerse correcta. "Sin decírmelo."

"En mi defensa, si te lo decía habrías enviado a seis personas, tres carpinteros, un inventario y probablemente una carta formal reprendiendo a la húmedad de la zona por estropear la infraestructura."

La mujer abrió la boca para protestar, pero que no consiguiera articular una respuesta hacía que el punto ofrecido por la siciliana se mantuviese bien alto. Estaba claro que iba a empezar a replicar con aquella lógica arrebatadora que volvía loca a Adriana, y eso no podía ocurrir ahora mismo.

No cuando estaba a un solo lei suelto por la mesa de joder todo lo que habían construido hablando ahora mismo. Aunque si era cierto que Adriana se agarró a esto mismo cómo una cuerda salvavidas.

"No lo pensé como huida," tomó entre sus dedos un pequeño peso que había en el escritorio, el típico que se pone en una balanza. "Lo pensé cómo un lugar dónde poder ir si alguna vez el castillo se nos quedaba demasiado lleno."

"¿Y ahora se nos ha quedado demasiado lleno?" murmuró Alcina, con la mirada en la carpeta, la cabeza en Miranda, los encargos en el corazón y la sangre en el olor que ni el jabón de lavanda lograba borrar por completo.

Su asentimiento sin adornos hizo que Alcina cerrara los ojos mientras Adriana pensaba en todas las pequeñas cosas que apuntaban a ello. Vera oliendo el perfume de Alcina en Adriana durante el desayuno; en Daniela, que últimamente hablaba demasiado alto para tapar todos los silencios en la mesa; en Bela que no había apartado la mirada de su taza fría; en Cassandra que sobre analizaba todo más de lo que debería ser recomendable.

En Alcina, en el despacho, vestida con un regalo suyo pero usando la carpeta de Miranda como escudo.

"Las chicas lo necesitan también," se acercó a Alcina y supo, por historia y costumbre que lo que le iba a decir era que necesitaban estabilidad. "Un día dónde no todo huela a informe, sangre o puerta cerrada."

"Una casa junto al lago no resolverá lo que ocurre entre nosotras," devastador y terrible, pero Adriana lo encajó con gracia y amabilidad. "Ni lo que ocurre con las chicas, ni con…Miranda."

"Mi amor, si una casa junto al lago hubiera resuelto a Miranda, ya la habría arrojado al gua con un saco de piedras atado al cuello."

"¡Adriana!"

"Estoy hablando totalmente de forma hipotética."
"Eres un caso perdido."

Eso era una victoria parcial, eso Adriana lo sabía por cómo Alcina se había quedado en un silencio, en reposo. Y por ello bajó un poquito más la voz, encontrando un sitio en el escritorio junto a Alcina y rozando con el nudillo la pulsera de oro en su muñeca.

"No propongo que escapemos del problema, sólo que nos lo llevemos a un lugar dónde podamos mirarlo sin que cada pared tenga potencialmente ochenta oídos y doscientos picos de cuervo."

"La casa del lago también podría tenerlos."

"Entonces tendría que despedir a Karl por negligencia contra espionaje," frunció el ceño y recolocó con dulzura la pulsera para que el dije quedara sobre la muñeca de Alcina. "Revisamos paredes, sótano, tejado y chimenea," se encogió de hombros. "Si yo le pido cosas a Karl, normalmente no pregunta demasiado."

"No me estás tranquilizando lo más mínimo, ni una sola palabra de las que ha salido de tus labios lo hace."

Alcina se llevó la otra mano a la cara para apretarse el puente de la nariz con dos tres dedos. Y con aquel gesto, la habitación por fin pareció que respiraba con ellas. Podía ver la vida ordinaria colándose entre los barrotes del horror.

De forma consecuente, Alcina se puso a enlistar todas las cosas que las chicas harían y no harían. Cómo Bela se llevaría libros para tener una excusa, cómo Cassandra diría que no quería ir pero ya tendría todo preparado para el viaje, cómo Daniela fingiría a voces que el agua no estaba fría pero definitivamente sí lo estaba. De cómo Vera usaría su gran capacidad de logística para hacer feliz a todos y que no se preocuparan de nada más.

Entre todas aquellas cosas tan domesticas, Adriana sintió que el pecho se le abría con una gratitud casi ridícula. Tanto que sus labios formularon lo que su corazón gritaba con una voz suave y pequeña, su mano ya acariciando con dulzura el antebrazo de Alcina.

"Y tú podrías sentarte al sol, sin fingir que nos estás supervisando a todas."

Escuchar a Alcina negarse solo lo hizo peor, le hinchó el pecho de la calidez que intentaba siempre controlar para no parecerle demasiado, para no llenarle de más preocupaciones. Amaba cuando se ponía en ese modo específico que Adriana sabía sólo ella le despertaba, cómo si quisiera pelear cada comentario banal con la fuerza de un ejército de caballería.

La sonrisa de Alcina al fin apareció apenas, sintiéndose cómo un lujo. Pasó algo en el exterior que hizo titilar la luz que entraba por la ventana y Adriana tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no perder el hilo de la conversación porque capturó el momento en que la luz iba y venía sobre el rostro de su amada.

Cualquier cuadro pintado hasta el momento daba vergüenza ante la belleza de Alcina Dimitrescu.
De forma conciliadora, Adriana la escuchó planificar todo con un cariño extraterrenal, incidiendo lo mínimo y guiando aún menos, más acompañándola en el terreno en el que se sentía segura. Eso se le daba bien cuando se esforzaba con sus ciento cuarenta y cinco años cómo ancla.

Y aunque era cierto que la grieta seguía ahí, no había desaparecido, pero por primera vez en días, quizá semanas, no parecía una grieta en la que avanzaban solas. Era algo que ambas podían mirar.

"¿Por qué ahora?" quiso saber finalmente Alcina, habiendo tomado la mano de Adriana de forma inconsciente y masajeando la zona entre sus nudillos.

"Porque esta mañana me fui, porque si me quedaba teníamos que hablar," suspiró muy despacio, de forma controlada, y ahora fue ella quien empezó a masajear los dedos de Alcina de la misma forma pero obteniendo mayor satisfacción porque ella si sufría debido a su mutación. "Porque si hablábamos aquí, en esta cama, en este castillo, con olor a sangre y con las chicas intentando no escuchar desde los pasillos, íbamos a decir cosas con los dientes y de eso tenemos demasiado."

La verdad cruda solía estar en las palabras de Adriana y en ningún momento se había vuelto más fácil de escuchar, pero era algo que se debían agradecer.

"Y quizás tenemos que decirlas…pero no quiero que lo único que nos rodee cuando ocurra sea esto."

Hizo un gesto breve con la mano, cómo si de esa manera abarcase desde el despacho hasta los límites del estado Dimitrescu.

"Necesito agua, necesito sol," rió un poco porque eso era muy de su raíz más básica, la que la ataba a mil ochocientos veintiseis y apenas tenía cinco años. "Una mesa dónde Daniela pueda poner demasiada comida. Vera en una puerta que no tenga que defender de nada. Bela leyendo cómo si odiara estar cómoda. Cassandra calculando cuántas horas faltan para que alguien se ahogue por imprudencia. Tú quejándote del polvo. Yo fingiendo no saber que tú te quejas cuando estás empezando a relajarte."

"Muy específica esa última parte." Alcina bajó la mirada pero se estaba relajando por el masaje.

"Llevo tiempo pensándolo," apenas recibió una mirada entre pestañas espesas. "Desde que entendí que el castillo nos estaba enseñando a hablarnos sólo cuando algo sangraba," su tono decreció aún más si era posible. "No quiero que nuestras hijas aprendan eso."

Aquel nuestras entró en Alcina cómo una mano dulce sobre una herida. No porque fuera nueva, si no porque allí y en ese contexto sonó casero, a decisión no autorizada por una líder cultista que les jodía la existencia desde hace demasiado tiempo.

"No son hijas fáciles de trasladar," salió de ella de forma ahogada, una nota pequeña en una sinfonía.
"Nosotras no somos mujeres fáciles de amar y mira qué lejos hemos llegado, iubi."

Aquello hizo que Alcina se apartara del escritorio, caminando hacia la ventana. Adriana la siguió primero con la mirada, embelesada otra vez, pero esta vez con una ternura más triste que hambrienta. La vio apoyar la mano en el marco de la ventana abierta y casi supo lo que iba a decir ahora.

"Si vamos, no será una fuga," dijo lentamente, sus manos acomodándose al alféizar caliente. "No será una declaración contra Miranda," Adriana se estranguló mentalmente para no decir una barrabasada que estropeara el momento. "Será descanso, familia…y hablar."

Adriana no pudo hacer otra cosa que tragar saliva de forma inconsciente y demasiado humana para lo inmortal e innecesario que era, lo suficiente para poder unirse a Alcina en la ventana.

"Incluso si es incómodo," Alcina miraba al frente con empeño. "Incluso si nos enfadamos," y tan terribles que eran en su enfado, tan carnales y dramáticas. "Incluso si no puedo prometerte que no voy a intentar dirigirlo todo."

Estuvo tentada enormemente de posar la mano en su espalda bajo para consolarla, pero solo pudo poner las manos en el alféizar junto a ella.

"Si no intentaras dirigirlo todo, cara mía, llamaría a un médico." eso hizo a Alcina reír un poco y llenó de sol el corazón de Adriana. "Serán tres días."

La afirmación del plan dejó a Adriana paralizada por un segundo, parpadeó rápido por si se lo perdía y al girar la cabeza de forma brusca hacia Alcina, pareció en extremo joven. Alcina pensó que la sorpresa en el rostro de su amada le quedaba tan hermoso cómo cada lunar que la tocaba.

"Tres días en la casa del lago," Adriana no respiraba pero Alcina lo hizo por ambas. " Si Miranda vuelve antes, regresamos," vio el asentimiento en el brillo de sus ojos, casi febril. "Si hay una orden directa, regresamos," ahora fue asentimiento de verdad. "Si Karl ha dejado algún artefacto explosivo en mi propiedad, lo ahogaré personalmente," Adriana asintió con gravedad, 'totalmente justo' dijo con la misma severidad. "Y no permitiré que Daniela se meta en el lago sin comprobar la temperatura y si se ve el fondo."

Fue ahí que Alcina vio el principio de todo lo que podía sentir Adriana con respecto a ella, la adoración pura que parecía manar de ella de forma tan natural que se preguntó si el castillo la estaba cegando y privando de sus sentidos demasiado a menudo.

"Ahí estás," susurró con reverencia, una sonrisa en sus labios que no estaba llena de la picardía habitual. "Mi mujer, planificando la felicidad cómo si fuera una operación militar."

Alcina no quería admitir que aquello la había desarmado y, a su vez, le había hecho sentir un calor demasiado agradable en la punta de las orejas.

Tras aquello, dejaron las bases esenciales del viaje habladas, temas que para ellas era un mero trámite administrativo, pero que la cercanía entre ambas lo convirtió casi en un secreto de habitación. Hubo incluso una broma sobre hacerlo una luna de miel, a lo cual Alcina casi le da un paro cardíaco, Adriana lo reformuló a 'luna de miel familiar' y entonces Alcina casi le provocó a Adriana el paro para que lo retirase de inmediato.

El aire empezaba a oler a todas las cosas buenas que la casa del lago les ofrecía y menos a traición. Las flores, por fin, adquirieron un significado real a lo que ambas sentían en aquel momento. Lo único que pudo salir de los labios de Adriana fue un 'gracias' sutil, acompañado de un cariño en la mano a modo de uñas pasando ligeramente sobre la piel de Alcina.

Aquel gracias fue por muchas casas, pero por sobretodo lo fue por no convertir la propuesta en delito. Por entender que 'marchémonos' no siempre quería decir escapar. A veces solamente quería decir: vayamos a un lugar dónde pueda encontrarte sin tener que atravesar primero todos los pasillos de nuestra casa de los horrores.

Alcina murmuró a cambio que habría reglas y también reglas sobre las reglas, pero que por sobretodo, hablarían. Y aquello suavizó del todo a Adriana, a su sonrisa que se volvió ligeramente cansada pero pronto perdió propósito porque Alcina se agachó para robarle un beso.

Un beso travieso, un beso pícaro, un beso de 'nos volvemos a encontrar'.

Puede que se hubieran perdido la una a la otra por mucho tiempo, pero allí en la ventana del despacho parecía que el camino había vuelto bajo sus pies.

El sol de los Cárpatos no solo fue testigo de dos mujeres volviéndose a mirar cómo cuando se conocieron, allí por el año cuarenta y cinco y con una Guerra Mundial terminando.

Fue testigo de que a veces las cosas todavía se pueden salvar si se rema hacia el mismo destino.
 
Por qué no las dejan ser felices? Es el destino de las lesbianas tristes 😭😭😭😭😭😭
Me encantó, estuvo hermoso.
Ya suelta a las niñas Sullivan!!
Merecen ser felices 😭😭😭😭😭😭
A veces me da gusto llevar la razón -la señala mientras mira a Leah-

Si te tranquiliza, tengo un AU dónde son humanas y se quedan juntas para siempre, muy serie de Netflix de estas que van de cosas que ocurren en un pueblo peque.

Ahí si que habrá alta actividad lésbica con slow burn.
 
Quizá es porque me acostumbre a sufrí pero mi mente ha decidido quedarse toda de Awww tomando simplemente el hecho de que aún si son dos pendejas gritándose (y vaya que gritándose) lograron encontrar ese punto medio en plena discusión en medio de esa casa de los horrores donde Miranda susurra en cada esquina

Puta Miranda


Y es que me releí todo incluso lo que ya leí, y sigo pensando que necesitan dejarse llevar por los mimos y cariñitos, y me sigue matando como sucumbió ante el vestido y las joyas porque hay poder en la tela abrazando el cuerpo (??

Ganas hasta de leer los tres días en la cabaña aun si solo es una leyendo, otra quejándose del polvo, otra fingiendo que no sabe el porqué se queja del polvo, otra hija queriendo tirarse al agua y otra hija bajando la tensión full

hedmosl
 
Y es que me releí todo incluso lo que ya leí, y sigo pensando que necesitan dejarse llevar por los mimos y cariñitos, y me sigue matando como sucumbió ante el vestido y las joyas porque hay poder en la tela abrazando el cuerpo (??
Y vaya cuerpo, Jesús María y José. Pero si, también pensaba hacer un one-shot de full cariñitos lesbianos vampiricos. A ver si no estoy muy oxidada con eso.

Ganas hasta de leer los tres días en la cabaña aun si solo es una leyendo, otra quejándose del polvo, otra fingiendo que no sabe el porqué se queja del polvo, otra hija queriendo tirarse al agua y otra hija bajando la tensión full
Técnicamente tengo el esqueleto de los tres días por lo que podría hacerlo si te interesa, la verdad. Puedo encajarlo en cada prompt sencillo, creo yo.

Al menos ya tengo un día encajado.

Muchas gracias por leerlo, me da mucho ilusión que leáis lo que escribo~
 
Y vaya cuerpo, Jesús María y José. Pero si, también pensaba hacer un one-shot de full cariñitos lesbianos vampiricos. A ver si no estoy muy oxidada con eso.


Técnicamente tengo el esqueleto de los tres días por lo que podría hacerlo si te interesa, la verdad. Puedo encajarlo en cada prompt sencillo, creo yo.

Al menos ya tengo un día encajado.

Muchas gracias por leerlo, me da mucho ilusión que leáis lo que escribo~
Do it, do iiiit
Sin miedo al éxito
Además así Annie sufre menos antes la adversidad de lesbianas tristes viendo lesbianas cariñosas
 
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