para el reto navideño del server 'Blossom Coffee', el prompt es 'la familia que eliges'.
Para ser un osezno rubio torpe, Sigrun consiguió salir de casa sin que su padre se enterase.
Sus transformaciones gracias a su magia eran todavía impredecibles, ligadas a sus emociones en vez de a su juicio, por lo que Sygbjörn había pasado los últimos dos días criando a un osezno con el pelaje color miel y ojos entre azul y verde como los suyos debido a ello. Aquello le causaba mucha risa al hombretón, que con paciencia y fuerza hacía frente al panorama.
De todos modos, ahora mismo el jarl Emmrik había decidido quedarse de brazos cruzados y no deshacerse de los saqueadores que estaban minando cada día más los límites de influencia del clan. Eso significaba que, como Sygbjörn, muchos estaban en sus casas intentando no pasar hambre y lidiando con la impotencia de no poder hacer nada por su pueblo, bajo la amenaza de ni siquiera pasar hambre ni esa misma impotencia nunca más.
Pero eso eran cosas que Sigrun, con sus seis años y sus muchos pensamientos, no debía saber. Aunque había sido quizás ese hambre lo que había hecho que Sygbjörn no se despertase, porque llevaba un par de días a base de melaza y agua para que a su pequeña hija no le faltase el alimento.
Mientras tanto, lo que le importaba a Sigrun era alejarse un poco de su pequeña casucha, llegar al bosque era su meta. Para una niña aquella distancia era insalvable, para un osezno torpón que apenas se acostumbraba a los sentidos y a sus patas incluso más, la realidad era que se plantó entre los abedules y los robles en linde de su parcela relativamente rápido.
Seguida siempre de su única y fiel compañera, Klyn, que más que gallina parecía perro de presa.
Una vez que no vio sus pequeños terrenos, Sigrun se sentó sobre las hojas cerca de una pequeña laguna que se formaba en aquella orilla del río Bermejo, cerrando los ojos y concentrándose en la forma que su extraño corazón latía. Y poco a poco dejó de ser osezna para volver a ser niña, con su piel tostada y sus manitas con hoyuelos, con el suave pelo color miel que contrastaba tanto con el rojo oscuro de su padre pero con la promesa de ser igual de recio. Klyn se acercó a Sigrun, acomodándose en su regazo, y la niña le sonrió mellada y divertida.
Sygbjörn tampoco debía saber que Sigrun si sabía revertir su magia, igual que tampoco debía saber que Sigrun había descubierto que de esa manera tenía menos hambre y su padre podía comer un poco más.
"A ver Klyn, ponte aquí."
Fue un pequeño susurro, acompañado de que dejó a su amiga a su derecha con mucho cuidado. La gallina observó como Sigrun sacó del pequeño bolsillo de su túnica un trozo de pan plano y ennegrecido, junto a un par de avellanas, y lo dejó en el lecho del bosque frente a ella.
"Señora Siggfrid," fue una petición infantil y tímida, que hizo a Sigrun fruncir el ceño un poco. "No, Madre de los Caminos." negó con la cabeza, eso era muy…adulto, y Sigrun no era muy entusiasta de ellos, no cuando trataban mal a su padre. "Ah, es más fácil cuando padre lo hace, Klyn."
Eso le arrancó un breve cloqueo a Klyn, como dándole la razón, pero se acercó más a su humana como para infundirle fuerzas. La única superviviente del incidente de las gallinas era muy sabia, o esa pensaba Sigrun.
Tomó una respiración honda, llenando sus pequeños pulmones con el aire del otoño.
"Madre," puso sus manos sobre las hojas húmedas y dejó que su voz llenara el espacio, cómo le había enseñado su padre. "No me gusta pedirte nada, solo quiero que aceptes mi ofrenda. Gracias por protegernos," tragó un poco de saliva y cerró los ojos. "Pero…¿puedes mandarle a padre alguien? Una persona que le ayude," sintió las lágrimas en los ojos. "Que esté con él y pueda hablar, no sé, quien tu creas mejor…pero por favor," cascó con una piedrecilla las avellanas y las puso sobre el pan, empujándolo hacia la orilla del agua. "¿Quizás puedes venir tú?"
Con aquella pregunta, pegó su frente al suelo húmedo, con los brazos a cada lado de la cabeza y esperando de que viniera algo, cualquier cosa. Los ojos cerrados de forma fuerte, deseando con todo su corazón de niña que su madre estuviera allí y que las dificultades fueran menos, más llevaderas.
Cuando Sigrun abrió los ojos, el bosque frente a sus ojos no era el de Reykjarholl pues los robles estaban acompañados de cipreses y madroños, el rio que discurría frente a ella no era el Bermejo y había otro detalle más.
Sigrun ya no tenía seis años, tenía cuarenta y seis.
Y lo que pedía no era que le dieran compañía a su padre, pedía que alguien rompiera la maldición de sus hijos de una vez por todas por millonésima vez.
Cuando era pequeña su madre había escuchado, se había llevado sus ofrendas cuando la vieja Klyn salió corriendo poniendo un huevo a la desesperada y Sigrun había tenido que perseguirla, y a las semanas había aparecido un enano que amaba seguir vivo tanto como el hidromiel que le gustaba, haciendo que Sygbjörn encontrara en Harran no solo trabajo si no el mejor amigo que alguien se podía echar en la cara.
Pero desde que habían vuelto del viaje a las Marcas hace siete años, Siggfrid parecía tener problemas para escuchar a Sigrun.
"Madre, mira, he encontrado un montón de castañas," la voz de su hijo la sacó del pozo antes de que metiera el pie en él y Sigrun vio en los ojos verdes grisáceo del niño la emoción. "¿Podremos asarlas y comerlas esta noche?"
El manto de völva le pesaba aquel día tanto como lo había hecho todos estos años, pero ver la sonrisa leve en los labios de su Unnar, de aquel niño que era todo suyo, le devolvió algo de su calor al pecho.
"Claro, mi vida," sintió que fue un susurro cansado pero hizo que el rostro de Unnar se iluminara aún más. "¿Por qué no te adelantas y le dices a tu padre que busque el recipiente para hacerlas?"
Normalmente Unnar era en extremo obediente ante las palabras de su madre, pero aquella vez no lo fue. Quedó pensativo por un segundo demasiado largo y se giró para ponerse a su lado y tomarle de la mano. Sigrun sonrió un poco, ese gesto que le costaba tanto muchos días, y apretó su manita con cariño, esperando que dijera algo.
"No, quiero pasear contigo, vine a pasear contigo," tan terco como ella, con su cabello color miel clara y su nariz que indicaba que sería tan carismática como la de propia y la de Sygbjörn. "Lo buscamos luego, no importa."
En otro día solamente hubiera dejado pasar aquello, pero teniendo en cuenta lo nostálgica que estaba y como su magia aún no parecía querer desconectar del ritual que acababa de llevar a cabo, Sigrun se quedó pensativa.
Era cierto que en su niñez, en su deseo infantil y profundo no solo había pedido por su padre, sino también había pedido para ella sin palabras. Había estado tan sola siempre, se había sentido excluida y había remendado tantas veces aquella herida, que lo único que había pedido para ella era alguien afín.
El destino había puesto en su camino a Eytri, otro niño que no encajaba con el mundo que el clan del Jabalí veía, pero el tiempo y los dioses los habían separado irremediablemente aún si hoy en día tenían buena relación; también le había enviado a Illa, tan confusa, efímera y ardiente como solo ella sabía ser pero que siempre había sentido que tenían una pequeña brecha entre ellas insalvable; luego vino Brook, que traía una bolsa de problemas y remiendos que hoy en día aún trabajaban en ello; y finalmente había traído a Azizela, que lo de ellas ni siquiera podía llamarse amistad, pues era un cúmulo de decisiones en conjunto como si de madres divorciadas se tratase.
Ninguno de ellos se sentía así, sin embargo su corazón tenía un hueco enorme para que ellos vivieran cómodos y a gusto.
El resto de gente que conocía solamente había seguido la estela que alguien mejor que ella traía consigo y dejaba en el mundo para los demás. Sin duda un buen líder, un buen hombre y un buen padre.
Sigrun a veces se preguntaba si su madre había puesto a Hakon en su camino por algo en especial o porque era parte del gran esquema que ellos mortales no debían estar al tanto siquiera.
Se habían conocido por pura casualidad, en tiempos de guerra, en bandos contrarios, pero sus corazones y sus pensamientos habían ido de la mano hacia un mismo fin. Por eso estaban allí, en su hogar, y no en el continente. Hakon había dejado todo atrás con la esperanza de volver a verlos algún día pero con el sueño de crear un sitio dónde todo el mundo tuviera su lugar. Había dejado incluso a una princesa élfica atrás para seguirla, ¡ni más ni menos!
Un cúmulo de decisiones que les habían llevado a formar un asentamiento, un pueblo, un clan nuevo.
Durante el trayecto a casa desde el santuario, su mente quiso volver a aquel dilema varias veces, pero Unnar decidió ser el hablador de los dos aquella mañana de otoño y Sigrun decidió no ahondar más en ello de momento, poniendo toda su atención en el menor de sus cuatro hijos.
Pero no fue hasta que entraron en la plaza de Grynholm, aquel lugar edificado para todas esas personas que habían buscado un lugar al que pertenecer, que Sigrun pudo ver el peso de sus elecciones frente a sus ojos y también en sus oídos. La gente les quería por lo que eran, les respetaban, les saludaban y luchaban con ellos por cosas mejores.
Quizá era por el peso de sus hombros que llegado a un punto todo le parecía ruido, aún si de forma automática ella les daba la sonrisa cálida, les ayudaba con lo que podía en el trayecto hasta la casa comunal. Pero estaba empezando a asfixiarse.
Y entonces, entre aquellos sentimientos que amenazaban con conducirla a un ataque de pánico, apareció Hakon.
Hakon, con el cabello blanco que antaño había sido oscuro como el de su hijo Eirik, con sus ojos verdes como el verano los cuales su Ori había heredado, con el hoyuelo en la mejilla izquierda que Iona también dejaba ver en sus pillerías, con la presencia protectora que Unnar había a tan corta edad mostraba.
Hakon, que la miraba como si en vez de en mitad de su asentamiento y entre el gentío, estuvieran solos. Cómo si lo único importante en aquel instante eran ellos dos y nadie más.
"¿Cómo fue el ritual, hermosa?" Hakon dejó que sus hijos, que su suegro, organizaran a la gente para seguir con las preparaciones del banquete de la cosecha. "¿Cómo estaba Asterion?"
"Fue como siempre, esposo," la solemnidad y formalidad hizo a Hakon reír y arrugar un poco la nariz, haciendo que pronto la tuviera entre sus brazos. "No hay respuesta, pero las ofrendas están colocadas y listas, cómo siempre," sintió a Hakon frotando una mejilla contra la suya. "Asterion un poco de lo mismo, me comentaba que a uno de los terneros ya se le iban a caer las primeras gemas."
"Tendremos que ocuparnos de eso estos días," no le quito importancia a aquello último, pero Hakon aligeró esa carga de su esposa. "Pero ahora, esposa mía, es momento de que descanses."
Sigrun le miró con una ceja enarcada, pensando si de repente se le había ido la pinza a su marido, pero lo único que encontró en sus ojos fue aquel brillo tenaz y de amor que solo tenía para ella. Un brillo que también lo achacaba a que algo más había detrás de esa suave orden.
"Hay mucho que hacer, aún hay que preparar todo el salón para dar cabida a la gente, la plaza…"
"¿Y qué?"
"¿Cómo qué y qué?" la voz de Sigrun fue una de pequeña alarma e intentó zafarse de los brazos de su esposo, pero quedó nada más en eso, un intento. "¡Hakon, no puedo quedarme así y ya!"
"¿Cómo que no, mujer?" sabía que aquello la hacía mirarlo con las ganas de darle una toba en la frente. "Puedes hacerlo, y lo harás. Tú ya hiciste suficiente, deja que los demás hagan el resto, este año no ha sido benevolente contigo y todos están de acuerdo en que deberías aparecer en la cena y ya."
Con aquello, un suave frescor se instaló en el aire y Sigrun dejó de pelear. Sólo pudo quedarse en los brazos de Hakon, mirándole a los ojos como si fuera la primera vez que le veía.
¿Favor divino o el azar?
Sigrun estaba decidiendo cual de los dos había sido, hasta que Hakon se la llevó en volandas al apartamento que tenían en la casa comunal.
Ya no era el hecho de que hubiera organizado a todo su pueblo en algo que debía organizar ella, cómo todos los años; era el hecho de que lo había decidido así solo para darle un respiro de las miles de responsabilidades que caían en sus hombros, de que pudiera disfrutar un poco de la vida por la que tan duro había trabajado.
Y es por eso que, después de cuarenta años, Sigrun sintió de verdad que su madre sí había hecho caso a su plegaria silenciosa.
Le había enviado a Hakon porque era el único que capaz de aún la miraba como si fuera aquella joven druida que quiso matarlo a golpes la primera vez que se vieron; porque no pensaba en ella como la jarlskona, como la völva del pueblo, cómo alguien de la que dependían. No pensaba en ella como la hija de una diosa.
Pensaba en ella como solamente Sigrun.
Sigrun, que veía todo a través de una lente de pura intuición, de sensaciones; que era sensible, que era callada, que lo único que buscaba era una paz y tranquilidad que raramente en el mundo de los mortales podría ser encontrada.
Sigrun, la mujer con la que había hecho la promesa más hermosa del mundo, la mujer que le había dado cuatro razones para seguir adelante o quemar el mundo si hacía falta.
"Eres el mejor, ¿lo sabes, verdad?" murmuró mientras Hakon la dejaba con la suavidad de las nubes sobre su cama matrimonial.
Sí, que los dioses le hubieran dado a Hakon era una muy buena forma de explicar esto.
"Nha, no lo soy," Hakon sonrió de esa forma que tenía cuando callaba más de lo que hablaba. "Es solo que tu me ves con muy buenos ojos, preciosa," le dio un beso en la frente, otro en los labios. "Duerme algo de siesta cariño, no has dormido bien en días."
Hakon, desde su lado de las cosas, solo pudo pensar que lo único que había podido hacer bien en su vida fue decidir.
Decidir que no dejaría a otros llevar su destino, decidir que su camino había estado siempre allí.
Pero por sobretodo, Hakon había decidido hace mucho tiempo, que lo único que importaba de verdad había sido tomar la decisión de elegir a Sigrun.
Sigrun y la red de personas que se formaban tras ellos dos de una forma que su esposa no era capaz de ver, del mundo que habían creado sin comerlo ni beberlo. Puede que el dolor que generaba en Sigrun el no hallar la única respuesta en la vida que no había tenido la estuviera nublando el juicio, su visión, pero no pasaba nada.
No pasaba nada porque Hakon había decidido que seguiría a su lado sin importar el qué.
Porque Sigrun no sabía que, hacía cuarenta años, un pequeño Hakon de seis años tambi
én había pedido algo y se había cumplido.
Quién iba a decir que las estrellas fugaces funcionaban tan bien como cualquier Dios.
Para ser un osezno rubio torpe, Sigrun consiguió salir de casa sin que su padre se enterase.
Sus transformaciones gracias a su magia eran todavía impredecibles, ligadas a sus emociones en vez de a su juicio, por lo que Sygbjörn había pasado los últimos dos días criando a un osezno con el pelaje color miel y ojos entre azul y verde como los suyos debido a ello. Aquello le causaba mucha risa al hombretón, que con paciencia y fuerza hacía frente al panorama.
De todos modos, ahora mismo el jarl Emmrik había decidido quedarse de brazos cruzados y no deshacerse de los saqueadores que estaban minando cada día más los límites de influencia del clan. Eso significaba que, como Sygbjörn, muchos estaban en sus casas intentando no pasar hambre y lidiando con la impotencia de no poder hacer nada por su pueblo, bajo la amenaza de ni siquiera pasar hambre ni esa misma impotencia nunca más.
Pero eso eran cosas que Sigrun, con sus seis años y sus muchos pensamientos, no debía saber. Aunque había sido quizás ese hambre lo que había hecho que Sygbjörn no se despertase, porque llevaba un par de días a base de melaza y agua para que a su pequeña hija no le faltase el alimento.
Mientras tanto, lo que le importaba a Sigrun era alejarse un poco de su pequeña casucha, llegar al bosque era su meta. Para una niña aquella distancia era insalvable, para un osezno torpón que apenas se acostumbraba a los sentidos y a sus patas incluso más, la realidad era que se plantó entre los abedules y los robles en linde de su parcela relativamente rápido.
Seguida siempre de su única y fiel compañera, Klyn, que más que gallina parecía perro de presa.
Una vez que no vio sus pequeños terrenos, Sigrun se sentó sobre las hojas cerca de una pequeña laguna que se formaba en aquella orilla del río Bermejo, cerrando los ojos y concentrándose en la forma que su extraño corazón latía. Y poco a poco dejó de ser osezna para volver a ser niña, con su piel tostada y sus manitas con hoyuelos, con el suave pelo color miel que contrastaba tanto con el rojo oscuro de su padre pero con la promesa de ser igual de recio. Klyn se acercó a Sigrun, acomodándose en su regazo, y la niña le sonrió mellada y divertida.
Sygbjörn tampoco debía saber que Sigrun si sabía revertir su magia, igual que tampoco debía saber que Sigrun había descubierto que de esa manera tenía menos hambre y su padre podía comer un poco más.
"A ver Klyn, ponte aquí."
Fue un pequeño susurro, acompañado de que dejó a su amiga a su derecha con mucho cuidado. La gallina observó como Sigrun sacó del pequeño bolsillo de su túnica un trozo de pan plano y ennegrecido, junto a un par de avellanas, y lo dejó en el lecho del bosque frente a ella.
"Señora Siggfrid," fue una petición infantil y tímida, que hizo a Sigrun fruncir el ceño un poco. "No, Madre de los Caminos." negó con la cabeza, eso era muy…adulto, y Sigrun no era muy entusiasta de ellos, no cuando trataban mal a su padre. "Ah, es más fácil cuando padre lo hace, Klyn."
Eso le arrancó un breve cloqueo a Klyn, como dándole la razón, pero se acercó más a su humana como para infundirle fuerzas. La única superviviente del incidente de las gallinas era muy sabia, o esa pensaba Sigrun.
Tomó una respiración honda, llenando sus pequeños pulmones con el aire del otoño.
"Madre," puso sus manos sobre las hojas húmedas y dejó que su voz llenara el espacio, cómo le había enseñado su padre. "No me gusta pedirte nada, solo quiero que aceptes mi ofrenda. Gracias por protegernos," tragó un poco de saliva y cerró los ojos. "Pero…¿puedes mandarle a padre alguien? Una persona que le ayude," sintió las lágrimas en los ojos. "Que esté con él y pueda hablar, no sé, quien tu creas mejor…pero por favor," cascó con una piedrecilla las avellanas y las puso sobre el pan, empujándolo hacia la orilla del agua. "¿Quizás puedes venir tú?"
Con aquella pregunta, pegó su frente al suelo húmedo, con los brazos a cada lado de la cabeza y esperando de que viniera algo, cualquier cosa. Los ojos cerrados de forma fuerte, deseando con todo su corazón de niña que su madre estuviera allí y que las dificultades fueran menos, más llevaderas.
Cuando Sigrun abrió los ojos, el bosque frente a sus ojos no era el de Reykjarholl pues los robles estaban acompañados de cipreses y madroños, el rio que discurría frente a ella no era el Bermejo y había otro detalle más.
Sigrun ya no tenía seis años, tenía cuarenta y seis.
Y lo que pedía no era que le dieran compañía a su padre, pedía que alguien rompiera la maldición de sus hijos de una vez por todas por millonésima vez.
Cuando era pequeña su madre había escuchado, se había llevado sus ofrendas cuando la vieja Klyn salió corriendo poniendo un huevo a la desesperada y Sigrun había tenido que perseguirla, y a las semanas había aparecido un enano que amaba seguir vivo tanto como el hidromiel que le gustaba, haciendo que Sygbjörn encontrara en Harran no solo trabajo si no el mejor amigo que alguien se podía echar en la cara.
Pero desde que habían vuelto del viaje a las Marcas hace siete años, Siggfrid parecía tener problemas para escuchar a Sigrun.
"Madre, mira, he encontrado un montón de castañas," la voz de su hijo la sacó del pozo antes de que metiera el pie en él y Sigrun vio en los ojos verdes grisáceo del niño la emoción. "¿Podremos asarlas y comerlas esta noche?"
El manto de völva le pesaba aquel día tanto como lo había hecho todos estos años, pero ver la sonrisa leve en los labios de su Unnar, de aquel niño que era todo suyo, le devolvió algo de su calor al pecho.
"Claro, mi vida," sintió que fue un susurro cansado pero hizo que el rostro de Unnar se iluminara aún más. "¿Por qué no te adelantas y le dices a tu padre que busque el recipiente para hacerlas?"
Normalmente Unnar era en extremo obediente ante las palabras de su madre, pero aquella vez no lo fue. Quedó pensativo por un segundo demasiado largo y se giró para ponerse a su lado y tomarle de la mano. Sigrun sonrió un poco, ese gesto que le costaba tanto muchos días, y apretó su manita con cariño, esperando que dijera algo.
"No, quiero pasear contigo, vine a pasear contigo," tan terco como ella, con su cabello color miel clara y su nariz que indicaba que sería tan carismática como la de propia y la de Sygbjörn. "Lo buscamos luego, no importa."
En otro día solamente hubiera dejado pasar aquello, pero teniendo en cuenta lo nostálgica que estaba y como su magia aún no parecía querer desconectar del ritual que acababa de llevar a cabo, Sigrun se quedó pensativa.
Era cierto que en su niñez, en su deseo infantil y profundo no solo había pedido por su padre, sino también había pedido para ella sin palabras. Había estado tan sola siempre, se había sentido excluida y había remendado tantas veces aquella herida, que lo único que había pedido para ella era alguien afín.
El destino había puesto en su camino a Eytri, otro niño que no encajaba con el mundo que el clan del Jabalí veía, pero el tiempo y los dioses los habían separado irremediablemente aún si hoy en día tenían buena relación; también le había enviado a Illa, tan confusa, efímera y ardiente como solo ella sabía ser pero que siempre había sentido que tenían una pequeña brecha entre ellas insalvable; luego vino Brook, que traía una bolsa de problemas y remiendos que hoy en día aún trabajaban en ello; y finalmente había traído a Azizela, que lo de ellas ni siquiera podía llamarse amistad, pues era un cúmulo de decisiones en conjunto como si de madres divorciadas se tratase.
Ninguno de ellos se sentía así, sin embargo su corazón tenía un hueco enorme para que ellos vivieran cómodos y a gusto.
El resto de gente que conocía solamente había seguido la estela que alguien mejor que ella traía consigo y dejaba en el mundo para los demás. Sin duda un buen líder, un buen hombre y un buen padre.
Sigrun a veces se preguntaba si su madre había puesto a Hakon en su camino por algo en especial o porque era parte del gran esquema que ellos mortales no debían estar al tanto siquiera.
Se habían conocido por pura casualidad, en tiempos de guerra, en bandos contrarios, pero sus corazones y sus pensamientos habían ido de la mano hacia un mismo fin. Por eso estaban allí, en su hogar, y no en el continente. Hakon había dejado todo atrás con la esperanza de volver a verlos algún día pero con el sueño de crear un sitio dónde todo el mundo tuviera su lugar. Había dejado incluso a una princesa élfica atrás para seguirla, ¡ni más ni menos!
Un cúmulo de decisiones que les habían llevado a formar un asentamiento, un pueblo, un clan nuevo.
Durante el trayecto a casa desde el santuario, su mente quiso volver a aquel dilema varias veces, pero Unnar decidió ser el hablador de los dos aquella mañana de otoño y Sigrun decidió no ahondar más en ello de momento, poniendo toda su atención en el menor de sus cuatro hijos.
Pero no fue hasta que entraron en la plaza de Grynholm, aquel lugar edificado para todas esas personas que habían buscado un lugar al que pertenecer, que Sigrun pudo ver el peso de sus elecciones frente a sus ojos y también en sus oídos. La gente les quería por lo que eran, les respetaban, les saludaban y luchaban con ellos por cosas mejores.
Quizá era por el peso de sus hombros que llegado a un punto todo le parecía ruido, aún si de forma automática ella les daba la sonrisa cálida, les ayudaba con lo que podía en el trayecto hasta la casa comunal. Pero estaba empezando a asfixiarse.
Y entonces, entre aquellos sentimientos que amenazaban con conducirla a un ataque de pánico, apareció Hakon.
Hakon, con el cabello blanco que antaño había sido oscuro como el de su hijo Eirik, con sus ojos verdes como el verano los cuales su Ori había heredado, con el hoyuelo en la mejilla izquierda que Iona también dejaba ver en sus pillerías, con la presencia protectora que Unnar había a tan corta edad mostraba.
Hakon, que la miraba como si en vez de en mitad de su asentamiento y entre el gentío, estuvieran solos. Cómo si lo único importante en aquel instante eran ellos dos y nadie más.
"¿Cómo fue el ritual, hermosa?" Hakon dejó que sus hijos, que su suegro, organizaran a la gente para seguir con las preparaciones del banquete de la cosecha. "¿Cómo estaba Asterion?"
"Fue como siempre, esposo," la solemnidad y formalidad hizo a Hakon reír y arrugar un poco la nariz, haciendo que pronto la tuviera entre sus brazos. "No hay respuesta, pero las ofrendas están colocadas y listas, cómo siempre," sintió a Hakon frotando una mejilla contra la suya. "Asterion un poco de lo mismo, me comentaba que a uno de los terneros ya se le iban a caer las primeras gemas."
"Tendremos que ocuparnos de eso estos días," no le quito importancia a aquello último, pero Hakon aligeró esa carga de su esposa. "Pero ahora, esposa mía, es momento de que descanses."
Sigrun le miró con una ceja enarcada, pensando si de repente se le había ido la pinza a su marido, pero lo único que encontró en sus ojos fue aquel brillo tenaz y de amor que solo tenía para ella. Un brillo que también lo achacaba a que algo más había detrás de esa suave orden.
"Hay mucho que hacer, aún hay que preparar todo el salón para dar cabida a la gente, la plaza…"
"¿Y qué?"
"¿Cómo qué y qué?" la voz de Sigrun fue una de pequeña alarma e intentó zafarse de los brazos de su esposo, pero quedó nada más en eso, un intento. "¡Hakon, no puedo quedarme así y ya!"
"¿Cómo que no, mujer?" sabía que aquello la hacía mirarlo con las ganas de darle una toba en la frente. "Puedes hacerlo, y lo harás. Tú ya hiciste suficiente, deja que los demás hagan el resto, este año no ha sido benevolente contigo y todos están de acuerdo en que deberías aparecer en la cena y ya."
Con aquello, un suave frescor se instaló en el aire y Sigrun dejó de pelear. Sólo pudo quedarse en los brazos de Hakon, mirándole a los ojos como si fuera la primera vez que le veía.
¿Favor divino o el azar?
Sigrun estaba decidiendo cual de los dos había sido, hasta que Hakon se la llevó en volandas al apartamento que tenían en la casa comunal.
Ya no era el hecho de que hubiera organizado a todo su pueblo en algo que debía organizar ella, cómo todos los años; era el hecho de que lo había decidido así solo para darle un respiro de las miles de responsabilidades que caían en sus hombros, de que pudiera disfrutar un poco de la vida por la que tan duro había trabajado.
Y es por eso que, después de cuarenta años, Sigrun sintió de verdad que su madre sí había hecho caso a su plegaria silenciosa.
Le había enviado a Hakon porque era el único que capaz de aún la miraba como si fuera aquella joven druida que quiso matarlo a golpes la primera vez que se vieron; porque no pensaba en ella como la jarlskona, como la völva del pueblo, cómo alguien de la que dependían. No pensaba en ella como la hija de una diosa.
Pensaba en ella como solamente Sigrun.
Sigrun, que veía todo a través de una lente de pura intuición, de sensaciones; que era sensible, que era callada, que lo único que buscaba era una paz y tranquilidad que raramente en el mundo de los mortales podría ser encontrada.
Sigrun, la mujer con la que había hecho la promesa más hermosa del mundo, la mujer que le había dado cuatro razones para seguir adelante o quemar el mundo si hacía falta.
"Eres el mejor, ¿lo sabes, verdad?" murmuró mientras Hakon la dejaba con la suavidad de las nubes sobre su cama matrimonial.
Sí, que los dioses le hubieran dado a Hakon era una muy buena forma de explicar esto.
"Nha, no lo soy," Hakon sonrió de esa forma que tenía cuando callaba más de lo que hablaba. "Es solo que tu me ves con muy buenos ojos, preciosa," le dio un beso en la frente, otro en los labios. "Duerme algo de siesta cariño, no has dormido bien en días."
Hakon, desde su lado de las cosas, solo pudo pensar que lo único que había podido hacer bien en su vida fue decidir.
Decidir que no dejaría a otros llevar su destino, decidir que su camino había estado siempre allí.
Pero por sobretodo, Hakon había decidido hace mucho tiempo, que lo único que importaba de verdad había sido tomar la decisión de elegir a Sigrun.
Sigrun y la red de personas que se formaban tras ellos dos de una forma que su esposa no era capaz de ver, del mundo que habían creado sin comerlo ni beberlo. Puede que el dolor que generaba en Sigrun el no hallar la única respuesta en la vida que no había tenido la estuviera nublando el juicio, su visión, pero no pasaba nada.
No pasaba nada porque Hakon había decidido que seguiría a su lado sin importar el qué.
Porque Sigrun no sabía que, hacía cuarenta años, un pequeño Hakon de seis años tambi
én había pedido algo y se había cumplido.
Quién iba a decir que las estrellas fugaces funcionaban tan bien como cualquier Dios.