para el reto de primavera del server Blossom Coffee, con el prompt 'las luciérnagas son nuestros testigos'.
Bajo las mantas calientes, Vaegon pensó que volver a Albahiel había sido la cosa más egoísta que había hecho en los últimos años.
Sin embargo, no sintió remordimiento alguno.
En general no solía sentir ese tipo de sentimiento, siendo la última vez cuando apenas era un crío idiota que en su amargura era cruel porque sí con aquellos menos culpables de todo. Pero en su corazón, ahora que era más grande y complicado, sentía un pequeño pinchazo incómodo que le dejaba muchos días sin palabras. Observar el rostro tenuemente iluminado por las velas de Alyra le hacía sentir la necesidad de suspirar profundo, de acercarla a su pecho y no soltarla nunca.
Sus rasgos tan profundamente dornienses pero con aquellos ojos ocultos que eran tan norteños; lo hermosa que era su mente, su capacidad de llevar todo a un terreno tan primitivo como lo podrían ser las emociones. Incluso la curiosa forma que tenía de organizar todo y moverse en el día a día.
Pero por sobre todas las cosas, no quería soltarla porque le había dado algo que nunca había esperado tener.
Aeren.
Las implicaciones de que él, el olvidado vástago del rey Jaehaerys I –aunque el mismo rey era el único que no parecía olvidarle–, tuviera descendencia eran tan catastróficas que su mente había evitado de forma rotunda el tema. Pero había ocurrido, estaba allí cómo prueba de que él había querido algo más aún si fue por pura casualidad; Aeren existía, dormido y con sus mismos ojos violetas, y Vaegon lo sentía cómo uno de los extraños sueños que tenía al que no podía dar explicación.
Alyra, si estuviera despierta, le diría que solo lo disfrutara, que no desgajara la información y que dejara que poco a poco se sintetizara para poder asimilarla. Vaegon de verdad deseó que Alyra no tuviera el sueño tan profundo, porque quería poder exponerle lo que había en su cabeza para que ella le dejara con aún más preguntas que respuestas pero que al menos la expectativa de poder mover su investigación.
En sus ocho y veinte inviernos, Vaegon nunca pensó que encontraría a alguien que le produjera aquellos sentimientos. Que le hiciera sentirse nervioso o con ganas de más, de escuchar más y de ver más opciones.
Por algo lo decidieron mandar a la Ciudadela, al final del día.
Su tren de pensamiento, sin embargo, se cortó cuando sintió unos pequeños golpes en la puerta de la habitación. Con cuidado, Vaegon salió de la cama con unos reflejos que incluso a él mismo le sorprendieron, sin saber que hacer exáctamente hasta que escuchó una vocecilla clara.
"¿Madre?" Vaegon esperaba que hiciera algo para intentar entrar, pero Aeren ni debió de tocar el picaporte, solo esperaba. "Tuve un sueño."
Por un segundo quería ignorar al niño, quería que se diera cuenta de que Alyra estaba tan dormida que no podía atenderlo.
"Pasa amor mío," Alyra apenas parecía que abriera los párpados, pero Vaegon se sintió igualmente observado. "Venid a la cama."
El corazón del hombre dio un vuelco porque Alyra estiró la mano, invitándole de nuevo a no perder el calor en lo que se escuchaba la puerta abrirse lentamente y volver a cerrarse. Con cuidado, Vaegon se acercó a la cama de nuevo casi tímidamente y tocó los dedos de su amada con delicadeza antes de que Aeren le mirara cómo pidiendo permiso para poder subir.
Cuando ayudó al niño a acomodarse, pues Alyra le miraba con algo parecido al regaño y a la ternura en sus ojos, Vaegon sintió algo parecido a lo que sus hermanos debían sentir cada vez que volaban en sus dragones. El vertiginoso sentimiento de la libertad, de que el mundo era suyo y lo tenía agarrado bajo las axilas sin mucha práctica pero con el fuego de dragón ardiendo en su pecho.
Eso no hizo que estar los tres en la cama, acurrucados, fuera menos extraño y ajeno. Pero pronto el calor volvió y Vaegon encontró la posición perfecta para que Aeren estuviera cómodo en el hueco de su brazo mientras Alyra los abrazaba con el suyo a ambos. Con la misma delicadeza que lo haría con uno de los libros antiguos de la Ciudadela, se permitió el extraño lujo de acariciar los suaves rizos castaños de Aeren en los que no se vislumbraba ni una pizca de su legado.
Eso sería lo más cercano a ser una familia, pensó, por todo lo que conllevaba.
Alyra no forzó a Aeren a contarle el sueño, de hecho ninguno de los tres habló por unos minutos, aunque Vaegon quería llenarlo de preguntas para que pudieran dormir y él seguir martirizándose en silencio. Pero a los pocos segundos el niño habló, con aquella voz tan clara y pausada que le parecía tan peculiar.
"¿Las serpientes se cazan con flechas?" jugaba con sus propios deditos, tan imposiblemente pequeños en una de las manos de su padre, que tenía largos dedos. "He soñado que había unos caballeros que cazaban serpientes con flechas."
"Qué curioso, no es eficaz sin duda," la voz de Alyra estaba llena de sueño, que intentaba ganarla. "Quizá en Dorne tengan un método para ello."
"Pero no parecía que quisieran cazarlas, el caballero que cazó una de repente empezó a arder y una montaña lloró."
Vaegon sintió como Alyra esperó, tal y cómo hacía siempre que había que meditar algo un poco más de lo habitual para poder entenderlo, y dio un suave suspiro acompañado de una caricia al niño.
"A veces un sueño solo es un sueño, otras veces no," Vaegon dudaba de si la literalidad de aquello no le pasaría por encima de la cabeza a un niño tan pequeño. "¿Tú qué crees, amor mío?"
La palabra tan dulce que Vaegon se estaba de nuevo acostumbrando a escuchar alimentó el fuego que su corazón ansiaba. Sintió que la atención cambiaba por completo y, con su mano libre, se mesó la perilla un momento antes de contestar.
"En este caso, creo que estamos frente a un sueño digno de estudio," Aeren, girándose, se abrazó a su padre mientras seguía mirándole atento. "Pero primero hay que dejarlo reposar, que se asiente, y de ahí podremos saber si es importante."
Alyra dejó escapar una suave risa cómo si estuviera de acuerdo, muchísimo más dormida que despierta, y al poco tiempo quedó sin fuerzas marcando que se había vuelto a dormir. Aeren, aún con lo que Vaegon comprendía que era el susto del sueño extraño, jugueteaba con los cordones de su sencilla túnica para dormir.
Vaegon ya no podía conciliar el sueño y el fuego de su corazón le decía algo, que hablara y diera rienda suelta a esa extraña sensación que le hacía querer no abandonar nunca Albahiel y dejar la Ciudadela.
Por Aeren, lo haría, no tenía duda alguna y eso le daba miedo. Por Alyra quería pensar que lo haría, claro está, si ella se lo pedía…pero Alyra veía y sabía cosas que incluso a Vaegon se le escapaban y por alguna razón no parecía formular lo que él se podría esperar. Había vivido quince años en la corte, los suficientes como para leer y ver ese tipo de cosas sentimentales a montones. Por mucho tiempo las había despreciado, luego no le habían importado, pero conocer a la heredera de la casa Solaris le había cambiado la perspectiva en algunos puntos importantes de su ser.
Él, que había sido feliz cuando su padre lo había mandado lejos de Desembarco del Rey.
Él, que ahora empezaba a pensar que les quería dar más que una vida aislada a su pequeña familia.
"Aeren, ¿puedes guardar un secreto?" la voz de Vaegon fue suave y el niño, aún algo inquieto, le miró mientras asentía con su mejor cara de que era muy mayor y podía. "Es algo muy importante, debes prometerlo."
Aeren miró a su madre, que dormía plácidamente con una de sus manos en su pequeño pecho para que siempre supiera que estaba con él aunque no lo escuchara, y luego a su padre, que siempre parecía con miedo a tocarlo como si le pudiera ocurrir algo por su culpa. Su decisión de niño, el cual lo único que quería era estar junto a sus padres, ayudó a Vaegon a desatar el fuego del dragón que vivía muy escondido en él.
Porque cuando Aeren le abrazó con fuerza, con la promesa en aquel apretón inocente, Vaegon sintió que por un instante todo estaba bien.
"Una vez, yo también soñé con algo parecido, aunque no eran flechas," se rascó un poco la mandíbula, dónde la barba le crecía algo más fuerte. "Vi cómo un campo de libélulas era arrasado por un fuego voraz. Había una canción, lágrimas a montones saliendo de árboles blancos de hojas rojas," Vaegon no había olvidado ese sueño, nunca lo haría. "Pero lo que más recordaré es que antes de despertar, soñé con un dragón."
"¿Cómo el dragón de la reina Alyssane?" Era curioso que alguien tan pequeño conociera a Ala de Plata, el dragón de su madre. "El abuelo siempre me cuenta la historia."
Un pinchazo en el pecho, la expectativa de que Jaehaerys nunca vería a su nieto pero Elphegor Solaris lo monopolizara le dolió. Pero era mejor así…¿verdad?
"¿Qué historia?"
"La reina vino al Norte, a Invernalia, y el abuelo siempre dice que había algo en el dragón muy bonito y a la vez muy triste," las pequeñas manos de Aeren jugaban con la de Vaegon. "Empezó a volar y pasó por encima de él, y el dragón le miró y sintió que le decía cosas. Tiene un cuaderno escrito."
"Tu abuelo es un hombre sabio y que recuerda, eso es bueno," concedió Vaegon, aunque redirigió la conversación. "Pero no, no era como Ala de Plata. Este dragón venía volando desde un amanecer blanco y frío. Su escamas brillaban con la promesa del Sol y en su lomo, había un hombre que a la vez era dicho Sol."
Siempre que había intentado poner voz a su sueño, encontraba demasiado loca la explicación, pero Aeren se quedó pensativo tras escucharlo como si de verdad entendiera lo que pasaba.
Vaegon no quería pensar que le había hecho heredar a su hijo los sueños de dragón, cómo lo había llamado alguien en un texto hacía demasiado tiempo.
"¿Y es verdad el sueño, padre?" su vocecilla sonaba también adormilada. "¿O solo es un sueño?"
Por un segundo, se sintió comprendido al nivel que le hacía sentir Alyra, pero no pudo más que reír cuando su pequeño sucumbió al sueño tan rápido cómo su madre. Ahora que estaba solo con sus pensamientos, consiguió acomodar bien a su familia con el cuidado de mil manos y se levantó al pequeño escritorio que Alyra mantenía en su alcoba.
La ventana del torreón daba al lago del Amanecer, las imperturbables aguas siempre siendo un punto de anclaje en su mente. Preparó pergamino, pluma y tinta y se llevó la silla al ventanal para poder escribir allí.
En su mente aquel sueño seguía vivo, tan vivo como si fuera todavía un muchacho de ocho y diez inviernos que se despertó sudando frío y con ganas de correr de vuelta a Desembarco del Rey. Y tenerlo tan presente, le hizo dudar de cada elección.
¿Qué hubiera pasado si se hubiera quedado en la corte? Ahora que tenía más experiencia, más estudios, más tiempo para pensar, Vaegon llegó a la conclusión que habría seguido los pasos de Aemon y Baelon en convertirse en jinete dragón. Puede que él no fuera un guerrero cómo ellos, pero podría haberse dedicado a la política y haber ayudado a su padre en recorrer el reino y escuchar a la gente que lo necesitara.
Podía haber incluso formado parte del pequeño consejo del Rey.
Pero también, no habría conocido nunca a Alyra y el pronóstico de nunca haberla conocido se tornaba un tormento en la mente de Vaegon. No hubiera sido capaz de desposar a Daella, y estaba seguro de que su madre habría conseguido desposarlo con una dama sureña de una buena casa, seguro con buen corazón, pero no con lo que él necesitaba para seguir adelante.
Ahora, ¿qué pasaría si con las decisiones tomadas hasta el momento decidiera volver a la corte? Era un caso extremo y muy difícil, y aunque sabía que Alyra y Aeren podrían sobrevivir, el escrutinio al que les estaría sometiendo sería injusto y cruel.
¿Aeren sería tomado cómo bastardo? Alyra y él se habían casado, rompiendo muchas tradiciones y votos en el proceso, bajo un rito que era una mezcla tanto norteña como valyria. El bosque de los Dioses de Albahiel no tenía nada que envidiar al de otros señores, y había sido oficiado por el maestre Theomore con sus extrañas formas pero dándole peso a la existencia de su relación.
El único inconveniente es que Alyra le había dado su apellido a Aeren. Sin embargo, si volvía y aceptaba su puesto como príncipe, Vaegon le otorgaría su derecho por nacimiento. Ser un pequeño príncipe dragón.
Muy raras veces pasaba, pero la tibieza de Vaegon se convirtió en un fuego vivo y crepitante que sentía le llevaría a la locura si seguía el pensamiento. Las probabilidades de esas decisiones eran infinitas, cada una terrible y más absurda que la anterior. Y es por eso que decidió usar su mejor truco para anclarse y poder pensar con claridad.
Miró a Alyra, definió sus rasgos y sus cualidades con la precisión que le caracterizaba, y sintió que el dragón que aún habitaba en su interior se acomodara para poder elegir de forma elocuente sus próximos pasos.
La carta que escribió aquella madrugada no fue extremadamente larga, pero sí con un sentimiento puro y sencillo que sólo alguien como su madre podría entender. Quizá que la buena reina Alyssane supiera la verdad era suficiente por ahora. Quizá fue un error garrafal.
Pero Vaegon lo hizo igualmente.
Quizá porque, de forma egoísta, no quería que algo tan hermoso se quedara guardado como un secreto horrible en una catacumba olvidada. No quería que se convirtiera en una leyenda o un rumor.
Cuando se unió a su familia de nuevo, un amanecer claro y frío empezaba a asomar por la ventana. Él aún no estaba muy puesto en las tradiciones solarinas, pero los amaneceres blancos, cómo se les llamaba en Albahiel, significaban transición. Puede que aquel amanecer no era uno al completo, puesto que si no los Solaris se hubieran organizado para impartir sus ritos más antiguos, pero si era un comienzo para alguien que se estaba incorporando a un método de vida nuevo.
Antes de caer rendido al sueño, Vaegon se dijo que las cosas empezarían a cambiar, aunque le costase el resto de su vida enmendarlo.
Porque elegir a Alyra y a Aeren, era y sería siempre lo correcto.
…
Hay pocas crónicas y notas sobre el verdadero destino del archimaestre Vaegon Targaryen, muchas de ellas coinciden en que se volvió frágil con el tiempo y murió.
Sin embargo, el maestre Corwyn de la Ciudadela, experto en genealogía, quiso ir más allá.
Pero la tragedia de Corwyn no fue descubrir un secreto imposible. Fue descubrir una verdad demasiado humana sobre un hombre que todos necesitaban creer incapaz de ella.
Solo en Albahiel supieron que sus desvaríos y teorías estuvieron demasiado cerca de la verdad.
Lo que sí se hizo realidad sin que muchos se enterasen, fue el sueño dragón de Aeren Solaris, pues apenas un año después, el príncipe heredero Aemon Targaryen moriría de un flechazo en el cuello en la isla de Tarth. El príncipe Baelon, el Bravo, lloró su pérdida con la fuerza propia de un tierra olvidada y tomó represalias contra aquellos que perpetraron la fechoría.
También se haría realidad el sueño de Vaegon, sobre la tragedia de Refugio Estival, sobre la caída de los Starks; y años después sobre el último Solaris, Aurelian, el Último Amanecer, que volvió a Poniente a lomos de Nyxáris, el dragón que montaría el olvidado Vaelor Solaris durante la Danza de Dragones para ayudar a su reina legítima, Rhaenyra Targaryen.
Pero esas últimas historias pasarían desapercibidas para los protagonistas de esta historia, pues nunca sabrían que aquello sería el consecuente declive de la casa Targaryen y la llegada de una amenaza mayor que las rebeliones de los futuros Fuegoscuros.
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