ʀᴇᴛꜱᴜ ᴋɪʀɪꜱᴀᴋɪ
[Int: 01] [Lvl 30]
Al principio, había intentado pelear por salir apenas me sentí lo suficientemente bien como para reincorporarme al servicio. Pero, a pesar de todas las apelaciones que presenté, todas mis solicitudes fueron negadas. Entendía las razones, claro, pero eso no hacía que dejara de molestarme estar quieto mientras las cosas seguían sucediendo fuera de las murallas de Konoha. No me quedó otra opción que aceptar la situación y darme el tiempo necesario para recuperarme, aunque esa inactividad forzada me carcomía por dentro.
Mientras tanto, las noticias llegaban a mí a través de los rumores de otros ninjas. Rumores sobre lo que sucedía fuera de nuestra aldea, como lo ocurrido en Takigakure. Me contaron cómo un duelo singular decidió el destino de la aldea, con el Raikage como vencedor. Lo sorprendente fue que obtuvo tres títulos por lo que sucedió allí, algo que no era común en absoluto, al menos no según lo que yo sabía.
Luego, me enteré de lo ocurrido en Iwagakure y su lucha contra Amegakure. El nombre de Hanzō se elevó como una figura legendaria, alguien que, según decían, podría rivalizar con la fuerza de cualquier Kage, si no superarla. Fue tan formidable que Iwa se vio obligada a retirarse del país, aunque no sin antes atacar países vecinos para llevar algo de vuelta a su aldea.
También escuché sobre cómo lograron sofocar un intento de rebelión en Sunagakure y su alianza con el País de los Ríos. Pero lo que realmente me tenía confundido era todo lo relacionado con el Jinchuriki del Shukaku. ¿Estaba vivo o no? Los rumores eran contradictorios. Algunos decían que había muerto, otros que había ascendido a un alto cargo. Me preguntaba si todo eso sobre su ascenso no sería solo una cortina de humo para ocultar que ya no estaba entre los vivos. Era difícil saber en qué creer en medio de tanto caos.
Después de aquello, llegó una de las semanas más... depresivas, al menos para mí. Tuvimos que contabilizar las bajas que había sufrido la aldea, ver cómo las familias eran notificadas una a una. Y luego, ver el nuevo cementerio de la Hoja, algo que me golpeó fuerte, porque me hizo recordar cómo hace tiempo el antiguo cementerio había sido destruido en ese ataque que sufrimos. Fue en ese mismo incidente donde mi sensei perdió la vida, y no podía evitar sentir cómo eso me calaba hasta el alma. Así que fui principalmente para honrar su memoria, llevando un poco de incienso, y me quedé ahí, mirando su nombre escrito en la lápida.
Me puse a hablar al aire, como si él pudiera escucharme desde donde estuviera. Le conté todo tipo de cosas, desde las más tranquilas y buenas, como el hecho de que, poco a poco, había empezado a tener amistades genuinas. Le confesé que al principio, esas cosas no me importaban realmente, y que no entendía por qué en la Hoja le daban tanta importancia a esas cosas. Pero con el tiempo, empecé a sentir lo que de verdad se debía proteger.
Le hablé de Sakura e Izumi, que estuvieron ahí desde el inicio. Al principio, solo las veía como compañeras de entrenamiento. Sakura, esa chica explosiva con un temperamento corto que siempre me regañaba por hacer tonterías, pero con la que, a pesar de todo, me reía mucho. Y aunque no lo hubiera admitido antes, de verdad apreciaba que estuviera ahí en los momentos difíciles. Le conté cómo Izumi fue alguien con quien, sorprendentemente, pude conectar de una manera especial. Ella me compartió sus preocupaciones, sus sentimientos sobre el pasado y su familia, y yo le conté sobre la desaparición de mi propia familia. Recordé cómo hablamos por horas, sintiendo que había encontrado a alguien que realmente entendía mi dolor.
Le hablé de las nuevas amistades también, como Ino. Aunque recientemente habíamos empezado a tratarnos más, me sentía cómodo con ella. Le conté cómo me había salvado junto a Sakura en más de una ocasión, y cómo eso me hacía sentir que no estaba solo. Y luego, le hablé de Minato. Alguien a quien apenas conocí, pero después de ver su vida, después de saber cómo nos ayudó, sentí como si lo conociera de toda la vida. Me sentía bastante a gusto con su presencia y esperaba que pudiéramos seguir en contacto. De alguna manera, ya lo consideraba un amigo.
Pero también le confesé mis preocupaciones por Agatha, sintiendo cierta culpa en todo esto. Sabía que ella y yo podríamos acabar por tener que enfrentarnos, y tal vez uno tendría que dar muerte al otro. Y, sinceramente, no quería hacer eso. Si pudiera, si fuera posible, quisiera que ella pudiera salvarse. Pero no sabía cómo eso podría afectar a la aldea si tuviera que dejarla ir. Era una situación complicada, y mientras hablaba con mi sensei, sentí que esos pensamientos me pesaban más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Ese mes, cuando parecía que las cosas no podían empeorar, llegó una noticia que hizo que todo se sintiera aún más incierto. En una reunión de los daimyō de Ionia, se anunció, en pocas palabras, que ahora todos tenían la libertad de hacer lo que quisieran en el ámbito militar. Soltaron las riendas a todos, permitiendo que cada aldea tomara las decisiones que considerara necesarias. Esto desencadenó una serie de alianzas entre las aldeas menores y las aldeas mayores, con todos buscando mantenerse seguros bajo la protección de las grandes aldeas.
Entre esas alianzas, se decidió que el País de la Luna se uniría a nosotros en Konoha, lo que nos daba un nuevo aliado en esta guerra que no parece tener fin. Las demás aldeas menores también tomaron sus decisiones sobre a quién aliarse, todas excepto una: la del País de la Lluvia. Ellos se negaron a participar en la guerra, lanzando un desafío a cualquier aldea que se atreviera a enfrentarse a ellos. Esa declaración resonó con fuerza, mostrando que no todos estaban dispuestos a ser arrastrados por el caos que estaba consumiendo a Ionia.
Además, se supo que el representante de los Uzumaki se había aliado con la Hoja. Aunque inicialmente no tenían la intención de participar en esta guerra, después del ataque de Kiri, sabían que no podían confiar en las demás aldeas. Esto, de alguna manera, nos daba un poco más de seguridad, pero al mismo tiempo, añadía otra capa de complejidad a la ya tensa situación en la que nos encontrábamos.
Sin embargo, aun entre tanta incertidumbre y la declaración de una guerra como nunca habíamos visto antes, hubo algunas cosas que me permitieron festejar, aunque fuera por unos momentos. La primera fue mi ascenso a jounin, algo que sinceramente me tomó por sorpresa. No esperaba que fuera a ascender tan rápido a este puesto, y aunque me sentí orgulloso, no fue la única sorpresa que me llevé. Después de eso, fui nombrado como maestro de academia, aunque a tiempo parcial para poder seguir apoyando en las misiones.
Mis días en la academia son una mezcla de entrenamientos duros y conversaciones más profundas. Me pusieron a cargo de las clases de Taijutsu y Kenjutsu, lo cual está bien porque es donde realmente puedo mostrarles de qué estoy hecho. Esos chicos llegan sin saber apenas cómo mover los pies, y ver cómo poco a poco van mejorando, cómo van agarrando confianza, es algo que no esperaba disfrutar tanto. No solo se trata de enseñarles a pelear, sino de hacerles entender que ser un ninja de Konoha es mucho más que solo saber golpear fuerte.
De vez en cuando, me piden que hable con los estudiantes sobre lo que significa realmente ser un ninja de la Hoja. Les cuento lo que mi sensei me enseñó, aunque en su momento no entendí una mierda. Algunos de esos mocosos me miran con escepticismo, igual que yo lo hacía cuando era más joven, algo que de cierta forma me da un poco de gracia por la ironía del asunto, yo, de entre todas las personas, hablando de estas cosas cuando yo mismo estuve del otro lado en su tiempo. Me tomo mi tiempo para contarles las cosas que he pasado, cómo al principio también era impaciente y quería acelerar las cosas, pero que con el tiempo aprendí que la verdadera fuerza no está solo en el poder, sino en saber cuándo y cómo usarlo. Les hablo de cómo las ideas cambian con la experiencia, y que la paciencia y la determinación son tan importantes como cualquier técnica que puedan aprender, pues ellos eran el futuro que buscábamos proteger, y si íbamos a salir adelante de esto, necesitaban creer que había algo en lo que creer.
.
Dirigiéndome al puesto de ramen, donde solía ir con Izumi, sentía una mezcla de nostalgia y calma. Era curioso cómo algo tan simple como una comida se había convertido en una tradición entre nosotros. Solíamos venir aquí después de entrenar, compartiendo risas y historias mientras disfrutábamos de un buen tazón de ramen. Hoy, sin embargo, estaría solo. Izumi estaba en una misión, y aunque me alegraba por ella, no podía evitar sentir su ausencia.Cuando llegué al puesto de ramen, me senté en uno de los taburetes y pedí lo de siempre. Aunque el lugar estaba más vacío de lo habitual, la familiaridad del entorno me reconfortó. Mientras esperaba mi comida, miré a mi alrededor, pensando en cómo, a pesar de todo, Konoha seguía siendo el hogar que siempre había conocido, un lugar donde, incluso en tiempos difíciles, encontraba un sentido de pertenencia.Hoy no sería un día de batallas ni de misiones, sino un momento para reflexionar, para recordar lo que había sido y lo que aún estaba por venir. Y aunque Izumi no estaba allí para compartir el momento, su presencia se sentía en cada rincón de ese pequeño puesto de ramen, como un recordatorio de lo que realmente importaba.
Mientras comía mi ramen, los pensamientos comenzaron a divagar inevitablemente hacia Sakura. Siempre era así; cada vez que pensaba en Izumi, Sakura se colaba en mis pensamientos como una sombra persistente. Era extraño, casi incómodo, porque sabía que sentía algo más que amistad por ambas, pero descifrar qué exactamente me resultaba difícil.
Después de la batalla en HQ, había formado muchas nuevas amistades, y eso me hacía más consciente de mis sentimientos. Izumi y Sakura no eran como el resto. Eran diferentes, y aunque no quería admitirlo del todo, sabía que algo en mí cambiaba cuando estaba cerca de ellas. Recordé aquel abrazo que Sakura me dio junto a Ino, un momento que me hizo sentir algo que no podía explicar del todo, algo que aún resonaba en mi mente.
El ramen, que siempre me había reconfortado, ahora tenía un sabor diferente, mezclado con esa maraña de sentimientos que no sabía cómo manejar. Me sentía "raro", como si algo dentro de mí estuviera en conflicto, y por mucho que intentara ignorarlo, no podía escapar de esa sensación. Era algo más profundo que cualquier batalla, algo que no podía resolver con fuerza o técnica. Pero ahí estaba, latiendo en el fondo de mi mente, mientras trataba de disfrutar de mi comida en ese puesto de ramen.