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One-Shot La Pesadilla (Beyblade Burst | Sin ship)

Historia corta en la sección de literatura
Fandom
Beyblade Burst
Pareja
Sin ship
Relacion
  1. Gen
Genero
  1. Amistad
  2. Angts
  3. Hurt & Comfort
Clasificación
Adolescentes y Adultos
Advertencias
Recuerdos de muerte de personajes
Sinopsis
Sin saberlo Daina soñaba con aquel fatídico día, por el que tanto se esforzaba por reprimirse en ese tipo de fechas, era lo que elegía hacer en un intento por escapar del dolor, a lo que su mente esta vez decidió contestarle obligándolo a revivir el pasado. Después de todo, si tú no hablas, tu cuerpo lo hará por ti.

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Sin saberlo Daina soñaba con aquel fatídico día, el que tanto se esforzaba por reprimir en ese tipo de fechas; el cumpleaños de su padre, de su madre y, en este caso, el aniversario de la muerte de sus padres. Desde luego reprimir sus emociones no hacía sino empeorarlo todo, sin embargo era lo que elegía hacer en un intento por escapar del dolor, a lo que su mente esta vez decidió contestarle obligándolo a revivir el pasado. Después de todo, si tú no hablas, tu cuerpo lo hará por ti.

La señora Kurogami acababa de arrullar a Sota, con apenas cuatro años, para que tomara su siesta, mientras Daina jugaba con su padre en medio de la sala después de hacer sus tareas. Hasta que, por capricho de la naturaleza, la tierra empezó a temblar con fuerza y el techo comenzó a caerse.

Se cubrió con sus brazos y se agachó en donde estaba mientras escuchaba los gritos de sus padres y el llanto de Sota. Cuando todo terminó, a su alrededor no había nada más que escombros y oscuridad sobre lo que alguna vez fue su hogar. Palideció sin poder creer lo que estaba viendo.

—¡Mamá! ¡Papá! —llamó espantado— ¡¿Dónde están?!

Su distorsionado eco fue la única respuesta que tuvo, hasta que escuchó el llanto de Sota provenir de alguna parte. Corrió en busca de su pequeño hermano que estaba oculto bajo lo que quedaba de la mesa cubierta de escombros; parecía una pequeña cueva. Lo tomó entre sus brazos para calmarlo.

—Aquí estoy, Sota…

—¿Y mamá y papá? —habló mientras aún lloraba.

—No… No sé… —Agachó la cabeza— Voy a buscarlos.

Dejó a Sota ahí mismo y empezó a buscar a sus padres entre los escombros, hasta que dio con una de sus manos, frías y pálidas, como si llevaran mucho tiempo muertos aunque solo hubieran pasado unos pocos minutos, en teoría. Aunque, bueno, ¿acaso el tiempo fluye igual en un sueño?

Al ver eso, Daina palideció y sintió que el alma se le salía del cuerpo ante su aterrador descubrimiento, tanto así que despertó gritando.





Mientras tanto, Clio realizaba unos cánticos para la protección y la prosperidad en medio de la madrugada cuando, gracias al silencio y estar justo al lado, pudo escuchar los gritos.

—¡¿Daina?! —Interrumpió su trabajo, le asustó escucharlo pero no podía dejar que eso lo detuviera. Abandonó el incienso que estaba quemando y corrió a ver a su querido amigo.

Entró sin avisar y lo encontró llorando hecho bolita en su cama hecha un desastre, probablemente se agitó mucho al dormir. Todo eso con la luz del exterior y sus ojos adaptados a la oscuridad.

Clio sintió presión en el pecho y puso una cara larga al verlo así de mal. «Daina...» Caminó hacia él.

—¿Daina? ¿Qué ocurre? —Apoyó una mano sobre su hombro.

Siguió sollozando antes de decir nada.

—N-no es nada, solo… un mal sueño —minimizó entrecortado.

Sobraba decir que esta respuesta no conformaba a Clio, un mal sueño no podía hacer llorar a alguien si no era a raíz de algo de gravedad. Tomó aire, si quería que su amigo se abriera, tenía que encontrar la manera sin que se sintiera obligado a ello.

—¿Hay algo —pausó de forma intencional— que te pueda estar estresando o preocupando? —Tomó asiento en la cama.

De nuevo hubo silencio, Daina no deseaba hablar de ello con absolutamente nadie pero, si Clio ya lo había descubierto en ese estado, no tenía más remedio que ser sincero.

—Ho-hoy… —gimoteó— hoy hace otro año desde que murieron mis padres…

«Por eso estabas tan raro hoy en la mañana.» razonó. Había estado disperso, como si solo existieran Daina y sus pensamientos, incluso tuvieron que llamarlo varias veces pero él juraba estar bien, que sólo estaba adormilado.

—¿Quieres hablar de eso?

Negó con la cabeza.

—No quiero ponerme peor…

—Bien… —Clio lo pensó un momento y tomó aire— No te pediré que me cuentes todo, solo… deja ir tus emociones.

De pronto Daina abrazó a Clio mientras seguía soltando algunos lloriqueos. El vampiro-mago se sobresaltó al ver su reacción, mas no le dijo nada.

—Los extraño mucho… —chilló con un hilo de voz, hasta algunas lágrimas cayeron sobre la capa de Clio.

Finalmente Clio le dio unas palmadas en la espalda. «Le ofrecería mi ouija pero no es el momento.»

—Mientras los recuerdes, jamás se irán de tu lado.

—Gracias… —habló con la voz todavía quebrada.

—¿Te preparo algo de té o leche caliente?

—Un poco de leche estará bien —Asintió.

—Volveré antes de que te des cuenta —Sonrió un poco.

Corrió a la cocina con unos pies tan ligeros que parecía flotar, apenas se notaban sus pisadas por toda la mansión hasta allá en busca de un vaso, una taza de acero y la leche.

Mientras Clio preparaba la bebida con la taza de acero sobre una hornalla, Daina veía entre sus manos la única foto que pudo rescatar de aquel desastre: una foto de él junto a sus padres y Sota recién nacido.

—Sota… ¿Estarás pensando en ellos también? —Miró hacia su ventana a dos metros de su cama, luego miró su celular— Debería llamarlo mañana y… —Agitó la cabeza en negación— No quiero que piense en eso.

En lugar de tomar su teléfono, agarró a Deathscyther entre sus manos en busca de su compañía y sin notarlo dejó caer otra lágrima. Tenía miles de pensamientos, entre ellos, las palabras de su amigo resonaban en su mente como una conciencia, una que intentó ignorar hasta que al final decidió acceder a conversar todo con Clio en cuanto volviera.

El vampiro-mago tardó diez minutos en estar de regreso con la bebida, misma que la ofreció servida en un vaso. Daina tomó unos cuantos sorbos antes de hablar y Clio permanecía ahí brindando su compañía silenciosa.

—Clio… —habló.

—¿Sí?

—Creo… —Miró a su amigo a los ojos— que prefiero hablar de esto —declaró.

—Cuando estés listo, te escucho —Clio se sentó junto a él.

Daina tomó aire y repensó en lo que estaba a punto de decir.

—Nunca hablé de esto antes porque creía que así no me lastimaría —empezó—, ni siquiera le digo nada a Sota, y él jamás dice nada del tema…

—Lo entiendo. Sé que es duro, pero ignorarlo no te dejará terminar con el duelo.

—¿Debería… llamarlo? —recordó lo que dijo antes a solas.

—Ah... Mejor luego —aconsejó Clio— ¿Kensuke lo sabe?

—Sí —Daina asintió y bebió otro poco—. Nos contábamos casi todo cuando estábamos en La Academia Beigoma.

—Entonces sabrá cuidar de Sota —intentó calmarlo—. Mañana pueden hablarlo con calma.

—Sí —respondió e hizo otra pausa—. También… yo… —Presionó el vaso medio lleno— ¿Cómo lo explico?

—Tómate el tiempo que necesites —respondió con suavidad.

Así fue, Clio permanecía atento a su capitán quien permanecía pensativo hasta que terminó ensimismado, hasta la leche se le había enfriado.

—Eh… ¿Daina? —Agitó su mano frente a él, llevaba demasiado tiempo estático.

—¡Ah! —dio un brinco— ¿Qué estabas diciendo?

—Yo nada, ibas a decir algo pero necesitabas tiempo para pensar.

—Ah, cierto —recordó y volvió a mirar su taza—. Decía que, bueno —vaciló—, a veces me gustaría haber podido despedirme o poder decirles algo. Quiero que veas algo —añadió y bajó de la cama para luego dejar la taza e ir a su escritorio—. Algo que ni siquiera Ken o Sota saben.

Clio abrió bastante los ojos de la sorpresa y lo observó ir a buscar lo que fuera. «¿Qué puede ser tan fuerte que ni su hermanito y uno de sus más cercanos tienen idea?»

—Vamos… ¿Dónde están? —Daina rebuscaba en su escritorio, o eso parecía por el ruido y lo mucho que tardaba, junto a algunos murmullos en japonés— No pude haberlas perdido si… ¡Aquí están!

Cerró con cuidado el escritorio pero lo realmente llamativo era que sacó una caja negra opaca como si se tratara de un objeto sagrado, al verla de cerca, tenía escrito en letra dorada su apellido: Kurogami, en kanjis estilizados a la antigua, una especie de cursiva. Clio pensó en una palabrota en rumano de la impresión. «¡No me digas que traes ahí las cenizas!» pensó en el escenario más extremo.

Daina abrió la caja y en ella habían un montón de cartas apretadas, tan así que casi se salían de su sitio al retirar la tapa. Cada una estaba sellada en un sobre blanco con un sello negro con su apellido, como si se tratara de una entrega formal.

—Durante mucho tiempo —empezó a explicar sin dejar de ver las cartas— estuve escribiendo cartas para mis padres, contándoles todo lo que pasaba, lo mucho que los extraño y… —se le quebró la voz un instante— buscando algún consejo que, bueno, nunca podrían responderme… O tal vez alguna señal —agregó con una pequeña esperanza en sus ojos.

Esta era una de las contadas veces en las que Clio no tenía respuesta, ni siquiera usando la mejor de sus improntas. No era un comportamiento extraño ni algo perturbador como su alocada imaginación le hizo pensar, tal vez también el estilo fúnebre de la caja, sin embargo, eso le daba un indicio de lo mucho que la situación afectaba a su amigo. Incluso consideró ofrecerle su ouija en ese mismo instante, aunque, por otro lado, no sabía si Daina creía en ese tipo de prácticas. Era algo supersticioso pero no tanto.

—Es ridículo, ¿verdad? —Agachó la cabeza ante el silencio.

—¡No! —gritó y se puso de pie— ¡Para nada! —Miró directamente a los ojos de Daina— Es tu forma de sobrellevarlo, y no tengo dudas de que tus padres sí reciben las cartas, en cierto modo.

—¿De qué hablas? —Hizo una mueca, de no ser por que era Clio, habría pensado que se estaban burlando de él.

—Verás, los muertos velan por sus seres queridos y —miró las cartas— pueden estar en contacto con la naturaleza y enviar señales, a veces hasta en sueños —siguió—, o algo tan simple como esos pensamientos que llegan a nuestra cabeza de la nada.

—¿De-de verdad? —Abrió mucho los ojos y volvió a ver el interior de la caja.

—Así es —Asintió—. Tal vez no los veas, pero están más cerca de lo que piensas. Es lo que siempre decimos los Delon, y en muchas creencias.

Daina sonrió conmovido, hasta su corazón latía más contento, por último, unas lágrimas se asomaron por sus ojos.

—Gracias, Clio —dijo en un hilillo de voz—. De verdad.

—Para eso estoy, mi querido amigo —Sonrió con calidez y lo abrazó de los hombros— ¿Gustas algo más o prefieres volver a descansar?

Daina miró el reloj digital en su mesita, no faltaba mucho para que fuese de día, tan temprano como acostumbraba a levantarse en Japón.

—Ya casi suena la alarma así que… —Cerró la caja— Podría terminar la leche y luego desayunar juntos, ya que estamos.

—Como desees, mi estimado —se llevó una mano al corazón e hizo una leve reverencia— ¿Unas torrejas y un café estarán bien?

—Agrégale un tazón de cereales para no tener hambre tan pronto y dalo por hecho.

—Muy bien, guarda esas preciosas cartas y yo iré a preparar todo.
 
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