Para el reto primaveral del server Blossom Coffee, con la prompt 'el sol regresara, igual que tú'.
Los sollozos se le agolpaban en la garganta, en pos de ahogarla en el proceso de sacarlos, pero eso no le impedía seguir adelante.
Sus pasos seguían siendo seguros sobre la arena mojada, arena llena de la sangre de su pueblo. Los supervivientes de la batalla intentaban sacar a los caídos del mar, las monturas intentaban sacar a otras, incluso los civiles de Albiora buscaban ayudar tanto como podían.
Esto había sido una masacre en toda regla.
Pero quizás lo más impresionante no había sido como las fuerzas imperiales se habían rebelado contra la gente de Allende, si no como en su afán de volverlos dóciles, de acallar las voces que buscaban la verdad, habían perpetrado un crimen mayor. Uno del que Deirdre sabía que serían culpados y castigados por ello.
Jamás, en el resto de su existencia, olvidaría como la gran Shezzieth había caído del cielo, envuelta en fuego de ácido, con medio cuello cercenado por una balista y un arpón de guerra atravesando su gran pecho.
La muerte de la dragona plateada joven hizo que una onda expansiva abarcara toda la costa, incluso llegando hasta los límites del Valle de los Ángeles, un brisa de viento salado y amable que a su gente le dio consuelo y fuerza, mientras que a sus enemigos más cercanos los redujo a partículas de existencia y al resto les dio de lleno, desperdigados por la fuerza si no ahogados para la fuerte marejada creada.
Sin embargo, sin que nadie lo supiera, la muerte de Shezzieth también había despertado a alguien…o más bien a algo. La magnitud de los eventos, de cómo se movía la tierra ante la tristeza y la furia del pueblo de Allende, evitaban que vieran como en la distancia uno de los riscos empezaba a desprenderse.
Y mientras caminaba por la arena, seguida de su guardia personal, solo hubo algo que salió de sus labios con una ira que no movía montañas, si no que levantaba los mares para engullir todo. Ella que solo había mostrado amabilidad al mundo, que con su luz había protegido e iluminado a su pueblo en esta desdicha tan grande.
"¡Encontrad al príncipe!" los soldados más cercanos se despertaron del shock, mirando a la mujer. "¡Encontrad a la familia real!"
Era tan impersonal, tan desapegada de lo que sus verdaderos sentimientos le decían, pero algo en ella había cambiado. Y era de esas cosas que no se recuperaban con facilidad, porque no estaba rota, simplemente había desaparecido de sí misma. Vio como aquellos que no sabían qué hacer se pusieron manos a la obra, todos juntos a su futura princesa.
Demasiado obvio, demasiado doloroso, pero aquella batalla había forzado algo que nunca debió ser.
Deirdre solo quería gritar, sacar todo el pánico y el miedo a través de un grito capaz de romper la tierra, y suplicar que sus padres y su hermana estuvieran a salvo.
En aquella búsqueda se forjaria la confianza, la lealtad, de un pueblo que hasta ahora había susurrado y dudado. Pero eso aún no lo sabían, al igual que no sabían que en ellos despertaba la chispa de algo más fuerte y que su patrona Shezzieth, la Dama Plateada, les había otorgado en su muerte.
La libertad.
Las fuerzas de luchar por aquello que Kaylas Am Ezhebi les había legado.
Un lugar al que pertenecer.
Primero habían encontrado a su madre, la princesa consorte Cornelia. Su dragón lloraba su pérdida en tan mal estado como lo estaba ella, pero él sanaría para su desgracia. Su hermana, la infanta heredera Selena, no aparecía por ninguna parte.
Y su padre…
Enrryk IV, el Extraño, montaba sobre el dragón de su tío junto a este, pues le sujetaba para que no cayera. Eóvvhar Hagsdabi, gran infante, con sus ojos de sol y su cabello de cobre batido, guiaba a su Diantha hacia la playa para entregar el cuerpo a su sobrina nieta.
Un hilo de consciencia se negaba a abandonar al príncipe de Bahía Ancestral. Su eterna sonrisa solo flaqueó al ver al amor de su vida yacer sobre la arena con expresión apacible a pesar de su estado y cuando sus ojos verdes como la primavera que empezaba, débiles y ya viendo borroso, vieron a su amada hija pareció romperse del todo.
Deirdre sintió como su cuerpo se quedaba de nuevo vacío, frío a pesar de que parecía que el sol estaba por despuntar sobre la espesa bruma de la costa de Albiora. Sus brazos rodearon a su padre de inmediato, intentando omitir cómo la herida en su vientre no tenía remedio ya.
"Todo va a salir bien," jadeó Enrryk, sujetando sus vísceras para que no salieran. "Mi vida, todo va a salir bien."
"No, calla, no digas nada," las lágrimas quemaban en sus mejillas y sus ojos fueron de su padre hasta su prometido, que bajaba de su dragona en ese momento y se acercaba a pasos apresurados. "¡Sigurd, ayúdame!"
El infante de la Bahía Sacra vio a su prometida y supo que él poco podía hacer ya. Había mandado a lo que quedaba de su pelotón a seguir buscando a Selena, pero él había vuelto para enfrentarse a lo inevitable.
"Tienes que hacer lo correcto," Enrryk no quería morir sin darle algo de aliento a su bebé, a la niña de sus ojos y sus sueños. "Tienes que…"
Aquellas palabras se las tragó el estruendo de una montaña romperse, del rugido de un dragón que puso a los supervivientes en guardia al momento, formando un círculo protector alrededor de los pedazos que quedaban de la familia real. Era un rugido que cantaba al mismo ritmo que latía el corazón de Deirdre, y el batir de las alas sonaba cómo el movimiento entre placas tectónicas.
Enrryk miró en la distancia como se acercaba lo que podía ser un trozo gigante de las amadas costas de su Dominio, con el sol sacando brillos de esperanza sobre los cuarzos que componían la espalda del dragón, y rio de forma cascada.
"Mi heredera," exhaló con esfuerzo, moviendo su otra mano para empujar la daga entre sus dedos hacia la mano de Deirdre. "Que la luz vuelva a brillar sobre nosotros…"
Abruptamente, como había sido la muerte de su padre y la aparición de Zyraxes, Deirdre abrió los ojos para poder observar lo que tenía frente a ella.
No era la costa ensangrentada de la Bahía Ancestral, si no lo que quedaba del Templo Mayor de la Cima del Mundo, dónde una vez derrocaran la tiranía del dios-emperador. Y frente a ella no se encontraba el sol y la bruma, si no la gran Hyelith, la Dama Índigo, dándole a elegir algo que removía los últimos treinta años de existencia.
"Y bien, hija de Allende, ¿qué elegirás?" Hyelith, con sus ojos serpentinos del color de las brasas llenos de sabiduría, seguía con ambas manos tras la espalda. "Habéis cumplido vuestro último encargo, habéis logrado con éxito retejer lo que tejieron para vosotros el día de vuestro nacimiento," paseó la mirada por la familia de los ahora duques. "Este mundo, este continente, podrá seguir adelante de una forma u otra, sin embargo no puedo mentir y decir sobre lo que yo haría."
Deirdre y Sigurd se miraron un momento, de aquella forma que tenían en la que se entendían sin necesidad de más. Luego, a sus hijos, que se aferraban a ellos sin saber que iba a pasar pero en sus ojos estaba la determinación de la juventud.
"Devuelve nuestra magia al mundo, Hyelith," Deirdre habló con decisión, de la misma forma en que había hablado eones atrás frente a una mesa de guerra, frente a sus súbditos. "Se lo debemos, después de robárselo por intentar darle un futuro mejor."
Hyelith sonrió, y lo hizo siendo ella y otra versión de sí misma que le acompañaría sin importar lo que ocurriera. Ella, que había visto todas las opciones excepto una; ella, que había hecho planes para prácticamente todas las situaciones que se desarrollaran a raíz de esto. Estaba preparada para las consecuencias, fueran las que fueran.
Porque no podía negar que hasta ella tenía esa llama de ilusión, de esperanza, rugiendo en su interior.
Lo siguiente que ocurrió no vino precedido de grandes palabras, pero sí que coincidió con el momento en que las luces del norte empezaron a brillar con mayor fuerza.
Para Sigurd empezó como un dolor en la columna, primero suavemente hasta que terminó desgarrando hasta la base de su cráneo, como si algo antiguo y malvado se resquebrajara para liberarlo. Cayó jadeando en el suelo, gritando, intentando no tumbarse y agarrándose con fuerza a las malas hierbas que poblaban el templo. Su hija, su pequeña luz, se asustó con razón cuando la magia púrpura de su padre empezó a aparecer brillando por todo su cuerpo. Sigurd empezó a sentir el peso del mundo en sus huesos de nuevo.
Para Deirdre, en cambio, sintió la explosión desde dentro, como lo había sentido la primera vez que se manifestó. Nadie excepto Sigurd sabía que había empezado a sufrir de la vista, de que las sombras que tanto le aterraba en sueños querían arrebatarle la única luz real que tenía ya; pero en ese momento empezó a ver con total claridad de nuevo, sus ojos libres de la neblina que los aquejaba. Sin embargo, de forma consecuente, cayó de rodillas sintiendo como la misma tierra se la quería tragar mientras veía como sus hijos, casi a la vez que ellos, también caían entre dolores y gritos a su lado.
Hyelith tenía la vista vuelta al cielo, dónde podía ver a su amado con sus ancestros entre la aurora, cabalgando las luces como si su sitio siempre hubiera estado ahí. Su corazón cansado empezó a latir con la fuerza de todos los dragones que estaban reviviendo en aquel momento, su magia burbujeando alegre en vez de llenarla de agonía como a la familia real de Alviora.
Qué tuviste que hacer, en que te convertiste, para ponerles tan terrible maldición al morir, hermano.
Fue con ese pensamiento apenas terminando que empezó a ver a su pueblo reaccionar. En la distancia podía ver haces de luz que se unían a la aurora, poco a poco, como luces titilantes que después de una eternidad vuelven a tener todo su corazón puestas en ellas. Pero se centró en cómo los haces de luz de Deirdre y Sigurd parecían batallar más que ningún otro.
Incluso los niños, que habían nacido mucho después del Gran Cataclismo, parecía que sufrían también de la llamada de los dragones. Sus magias uniéndose a las de todos los supervivientes del Imperio.
Dragones que no habían nacido, dragones que esperaban en el éter para unirse a almas que habían nacido para albergarlos.
Hyelith se preocupó porque liberar la maldición que había sobre todo un pueblo no parecía tener un efecto real todavía. Había algo que estaba deteniendo lo inevitable.
Para Deirdre, para Sigurd, estaba siendo más que sus magias revolviéndose en su interior. Ellos, que habían luchado tanto contra los Exiliados en pos de romper la maldición, tenían algo añadido. Sus almas se habían fusionado con la de sus compañeros alados, habían latido al mismo compás hasta que fueron uno y no dos, como el resto. Porque para ellos la maldición no fue que sus dragones desaparecieran, que una pequeña fracción estuviese escondida y durmiente en sus cuerpos; Grodanth fundió sus almas con su magia, retorció su vínculo hasta que no quedaba nada de la barrera entre hombre y bestia.
Deirdre volvió al día que había encontrado a Zyraxes, siendo una adolescente. Atrapada a su vez dentro de la propia montaña, en aquella cueva que se había convertido en refugio a pesar de que la dragona apenas y por años se había dado cuenta de su existencia. Pero ambas estaban una frente a la otra, con el pánico en sus miradas sabiendo que estaban ante lo inevitable.
Sigurd volvió también, era apenas un niño que protegía en sus brazos la enorme cabeza de una Irinra llena del miedo de perder aquello que había protegido con fiereza por años. Miedo de perder lo que habían construido, de que no volvieran a sentir el mundo bajo sus pies.
Devolver la magia al mundo significaba justamente eso, hasta la última gota sin condiciones.
Hyelith esperó por ellos, esperó que tomaran la decisión final, esperó que superasen la última barrera.
Habían luchado contra el mal personificado, podían contra esta necedad.
Vaerloth, a su lado, vibraba con la energía de alguien que había añorado extender las alas y surcar los cielos sin control alguno pero a su vez miraba con dolor a los niños, que no entendían qué estaba pasando. Con sus fuertes brazos los separó de sus padres, les acogía y los protegía, recibiendo la magia de forma pura sin ningún tipo de consecuencia.
Dentro de la cabeza de Deirdre, en aquel espacio en que Zyraxes y ella se habían escondido, todo parecía desmoronarse a cada segundo.
"No podemos prolongarlo más, pequeña," la voz antigua, ligeramente femenina pero a la vez tan abisal, de Zyraxes reverberó en el pecho de Deirdre a través de su vínculo. "Decidiste por algo."
"Lo sé," fue la suave respuesta, contenida en un sollozo, de Deirdre. "Solo que hemos tenido tan poco tiempo…"
"Y para mi ha sido el más maravilloso desde que Tyalas desapareció," los ojos irisados de Zyraxes se movieron hacia ella, llenos de un cariño que iba más allá de lo decible. "No lo cambiaría por nada del mundo. La niña que despertó a una montaña, mi jinete."
Deirdre rio y abrazó el gran hocico de su compañera, las lágrimas cayendo sobre aquellas escamas parecidas a la roca que tanto había cuidado durante años. Deirdre había pensado que encontró una estatua por aquel entonces y lo había convertido en su proyecto secreto, había ido desenterrando el cuerpo durmiente de Zyraxes como si fuera un gran tesoro.
"Pase lo que pase, búscame," masculló Deirdre apretándose un poco más contra ella. "Aunque seas un grillo, un camello, un bronto…"
Zyraxes rugió una carcajada que llenó su mente, su magia. Si morían y renacían, estaba segura de que no escogería nada de eso.
"Nunca se me ocurriría dejarte de nuevo."
El día que los dragones regresaron a Hrafnafell fue uno que no pasó desapercibido, sin embargo, algo en el ambiente hizo que la gente no pareciera darle la importancia correcta.
¿Tu vecino se convertía en un faro viviente? Cosas más raras podían pasar, hombre.
Solo unos pocos supieron lo que significaba, gente que había perdido el rumbo lo volvió a encontrar, gente que no tenía más sueños volvió a sentir que los días eran mejores. En un extremo del continente incluso, una mujer que surcaba los mares sobre el caparazón de una gran tortuga, se permitió gritar con una alegría contagiosa aunque nadie más que su acompañante la escuchase.
Pero lo más importante fue que, cuando Deirdre Am Ezhebi, princesa de la Bahía Ancestral, abrió los ojos tras lo que pareció una eternidad pudo ver lo que su corazón más anhelaba.
Junto al sol que despuntaba en el alba de aquel nuevo día, no solo la luz regresó, bañando a su familia con un nuevo amanecer y esperanza. También lo hizo su mayor deseo.
Sigurd se permitió dar incluso un grito de júbilo mientras Deirdre solo podía derramar lágrimas sin control.
El sol regresó, la magia regresó, y con ello también lo hizo la Bahía Irisada y la Estrella Caída.
Zyraxes e Irinra resplandecían ta
nto cómo los dos pequeños dragones que les acompañaban y sus rugidos hicieron que la Cima del Mundo pareciera cobrar vida una vez más.
Los sollozos se le agolpaban en la garganta, en pos de ahogarla en el proceso de sacarlos, pero eso no le impedía seguir adelante.
Sus pasos seguían siendo seguros sobre la arena mojada, arena llena de la sangre de su pueblo. Los supervivientes de la batalla intentaban sacar a los caídos del mar, las monturas intentaban sacar a otras, incluso los civiles de Albiora buscaban ayudar tanto como podían.
Esto había sido una masacre en toda regla.
Pero quizás lo más impresionante no había sido como las fuerzas imperiales se habían rebelado contra la gente de Allende, si no como en su afán de volverlos dóciles, de acallar las voces que buscaban la verdad, habían perpetrado un crimen mayor. Uno del que Deirdre sabía que serían culpados y castigados por ello.
Jamás, en el resto de su existencia, olvidaría como la gran Shezzieth había caído del cielo, envuelta en fuego de ácido, con medio cuello cercenado por una balista y un arpón de guerra atravesando su gran pecho.
La muerte de la dragona plateada joven hizo que una onda expansiva abarcara toda la costa, incluso llegando hasta los límites del Valle de los Ángeles, un brisa de viento salado y amable que a su gente le dio consuelo y fuerza, mientras que a sus enemigos más cercanos los redujo a partículas de existencia y al resto les dio de lleno, desperdigados por la fuerza si no ahogados para la fuerte marejada creada.
Sin embargo, sin que nadie lo supiera, la muerte de Shezzieth también había despertado a alguien…o más bien a algo. La magnitud de los eventos, de cómo se movía la tierra ante la tristeza y la furia del pueblo de Allende, evitaban que vieran como en la distancia uno de los riscos empezaba a desprenderse.
Y mientras caminaba por la arena, seguida de su guardia personal, solo hubo algo que salió de sus labios con una ira que no movía montañas, si no que levantaba los mares para engullir todo. Ella que solo había mostrado amabilidad al mundo, que con su luz había protegido e iluminado a su pueblo en esta desdicha tan grande.
"¡Encontrad al príncipe!" los soldados más cercanos se despertaron del shock, mirando a la mujer. "¡Encontrad a la familia real!"
Era tan impersonal, tan desapegada de lo que sus verdaderos sentimientos le decían, pero algo en ella había cambiado. Y era de esas cosas que no se recuperaban con facilidad, porque no estaba rota, simplemente había desaparecido de sí misma. Vio como aquellos que no sabían qué hacer se pusieron manos a la obra, todos juntos a su futura princesa.
Demasiado obvio, demasiado doloroso, pero aquella batalla había forzado algo que nunca debió ser.
Deirdre solo quería gritar, sacar todo el pánico y el miedo a través de un grito capaz de romper la tierra, y suplicar que sus padres y su hermana estuvieran a salvo.
En aquella búsqueda se forjaria la confianza, la lealtad, de un pueblo que hasta ahora había susurrado y dudado. Pero eso aún no lo sabían, al igual que no sabían que en ellos despertaba la chispa de algo más fuerte y que su patrona Shezzieth, la Dama Plateada, les había otorgado en su muerte.
La libertad.
Las fuerzas de luchar por aquello que Kaylas Am Ezhebi les había legado.
Un lugar al que pertenecer.
Primero habían encontrado a su madre, la princesa consorte Cornelia. Su dragón lloraba su pérdida en tan mal estado como lo estaba ella, pero él sanaría para su desgracia. Su hermana, la infanta heredera Selena, no aparecía por ninguna parte.
Y su padre…
Enrryk IV, el Extraño, montaba sobre el dragón de su tío junto a este, pues le sujetaba para que no cayera. Eóvvhar Hagsdabi, gran infante, con sus ojos de sol y su cabello de cobre batido, guiaba a su Diantha hacia la playa para entregar el cuerpo a su sobrina nieta.
Un hilo de consciencia se negaba a abandonar al príncipe de Bahía Ancestral. Su eterna sonrisa solo flaqueó al ver al amor de su vida yacer sobre la arena con expresión apacible a pesar de su estado y cuando sus ojos verdes como la primavera que empezaba, débiles y ya viendo borroso, vieron a su amada hija pareció romperse del todo.
Deirdre sintió como su cuerpo se quedaba de nuevo vacío, frío a pesar de que parecía que el sol estaba por despuntar sobre la espesa bruma de la costa de Albiora. Sus brazos rodearon a su padre de inmediato, intentando omitir cómo la herida en su vientre no tenía remedio ya.
"Todo va a salir bien," jadeó Enrryk, sujetando sus vísceras para que no salieran. "Mi vida, todo va a salir bien."
"No, calla, no digas nada," las lágrimas quemaban en sus mejillas y sus ojos fueron de su padre hasta su prometido, que bajaba de su dragona en ese momento y se acercaba a pasos apresurados. "¡Sigurd, ayúdame!"
El infante de la Bahía Sacra vio a su prometida y supo que él poco podía hacer ya. Había mandado a lo que quedaba de su pelotón a seguir buscando a Selena, pero él había vuelto para enfrentarse a lo inevitable.
"Tienes que hacer lo correcto," Enrryk no quería morir sin darle algo de aliento a su bebé, a la niña de sus ojos y sus sueños. "Tienes que…"
Aquellas palabras se las tragó el estruendo de una montaña romperse, del rugido de un dragón que puso a los supervivientes en guardia al momento, formando un círculo protector alrededor de los pedazos que quedaban de la familia real. Era un rugido que cantaba al mismo ritmo que latía el corazón de Deirdre, y el batir de las alas sonaba cómo el movimiento entre placas tectónicas.
Enrryk miró en la distancia como se acercaba lo que podía ser un trozo gigante de las amadas costas de su Dominio, con el sol sacando brillos de esperanza sobre los cuarzos que componían la espalda del dragón, y rio de forma cascada.
"Mi heredera," exhaló con esfuerzo, moviendo su otra mano para empujar la daga entre sus dedos hacia la mano de Deirdre. "Que la luz vuelva a brillar sobre nosotros…"
Abruptamente, como había sido la muerte de su padre y la aparición de Zyraxes, Deirdre abrió los ojos para poder observar lo que tenía frente a ella.
No era la costa ensangrentada de la Bahía Ancestral, si no lo que quedaba del Templo Mayor de la Cima del Mundo, dónde una vez derrocaran la tiranía del dios-emperador. Y frente a ella no se encontraba el sol y la bruma, si no la gran Hyelith, la Dama Índigo, dándole a elegir algo que removía los últimos treinta años de existencia.
"Y bien, hija de Allende, ¿qué elegirás?" Hyelith, con sus ojos serpentinos del color de las brasas llenos de sabiduría, seguía con ambas manos tras la espalda. "Habéis cumplido vuestro último encargo, habéis logrado con éxito retejer lo que tejieron para vosotros el día de vuestro nacimiento," paseó la mirada por la familia de los ahora duques. "Este mundo, este continente, podrá seguir adelante de una forma u otra, sin embargo no puedo mentir y decir sobre lo que yo haría."
Deirdre y Sigurd se miraron un momento, de aquella forma que tenían en la que se entendían sin necesidad de más. Luego, a sus hijos, que se aferraban a ellos sin saber que iba a pasar pero en sus ojos estaba la determinación de la juventud.
"Devuelve nuestra magia al mundo, Hyelith," Deirdre habló con decisión, de la misma forma en que había hablado eones atrás frente a una mesa de guerra, frente a sus súbditos. "Se lo debemos, después de robárselo por intentar darle un futuro mejor."
Hyelith sonrió, y lo hizo siendo ella y otra versión de sí misma que le acompañaría sin importar lo que ocurriera. Ella, que había visto todas las opciones excepto una; ella, que había hecho planes para prácticamente todas las situaciones que se desarrollaran a raíz de esto. Estaba preparada para las consecuencias, fueran las que fueran.
Porque no podía negar que hasta ella tenía esa llama de ilusión, de esperanza, rugiendo en su interior.
Lo siguiente que ocurrió no vino precedido de grandes palabras, pero sí que coincidió con el momento en que las luces del norte empezaron a brillar con mayor fuerza.
Para Sigurd empezó como un dolor en la columna, primero suavemente hasta que terminó desgarrando hasta la base de su cráneo, como si algo antiguo y malvado se resquebrajara para liberarlo. Cayó jadeando en el suelo, gritando, intentando no tumbarse y agarrándose con fuerza a las malas hierbas que poblaban el templo. Su hija, su pequeña luz, se asustó con razón cuando la magia púrpura de su padre empezó a aparecer brillando por todo su cuerpo. Sigurd empezó a sentir el peso del mundo en sus huesos de nuevo.
Para Deirdre, en cambio, sintió la explosión desde dentro, como lo había sentido la primera vez que se manifestó. Nadie excepto Sigurd sabía que había empezado a sufrir de la vista, de que las sombras que tanto le aterraba en sueños querían arrebatarle la única luz real que tenía ya; pero en ese momento empezó a ver con total claridad de nuevo, sus ojos libres de la neblina que los aquejaba. Sin embargo, de forma consecuente, cayó de rodillas sintiendo como la misma tierra se la quería tragar mientras veía como sus hijos, casi a la vez que ellos, también caían entre dolores y gritos a su lado.
Hyelith tenía la vista vuelta al cielo, dónde podía ver a su amado con sus ancestros entre la aurora, cabalgando las luces como si su sitio siempre hubiera estado ahí. Su corazón cansado empezó a latir con la fuerza de todos los dragones que estaban reviviendo en aquel momento, su magia burbujeando alegre en vez de llenarla de agonía como a la familia real de Alviora.
Qué tuviste que hacer, en que te convertiste, para ponerles tan terrible maldición al morir, hermano.
Fue con ese pensamiento apenas terminando que empezó a ver a su pueblo reaccionar. En la distancia podía ver haces de luz que se unían a la aurora, poco a poco, como luces titilantes que después de una eternidad vuelven a tener todo su corazón puestas en ellas. Pero se centró en cómo los haces de luz de Deirdre y Sigurd parecían batallar más que ningún otro.
Incluso los niños, que habían nacido mucho después del Gran Cataclismo, parecía que sufrían también de la llamada de los dragones. Sus magias uniéndose a las de todos los supervivientes del Imperio.
Dragones que no habían nacido, dragones que esperaban en el éter para unirse a almas que habían nacido para albergarlos.
Hyelith se preocupó porque liberar la maldición que había sobre todo un pueblo no parecía tener un efecto real todavía. Había algo que estaba deteniendo lo inevitable.
Para Deirdre, para Sigurd, estaba siendo más que sus magias revolviéndose en su interior. Ellos, que habían luchado tanto contra los Exiliados en pos de romper la maldición, tenían algo añadido. Sus almas se habían fusionado con la de sus compañeros alados, habían latido al mismo compás hasta que fueron uno y no dos, como el resto. Porque para ellos la maldición no fue que sus dragones desaparecieran, que una pequeña fracción estuviese escondida y durmiente en sus cuerpos; Grodanth fundió sus almas con su magia, retorció su vínculo hasta que no quedaba nada de la barrera entre hombre y bestia.
Deirdre volvió al día que había encontrado a Zyraxes, siendo una adolescente. Atrapada a su vez dentro de la propia montaña, en aquella cueva que se había convertido en refugio a pesar de que la dragona apenas y por años se había dado cuenta de su existencia. Pero ambas estaban una frente a la otra, con el pánico en sus miradas sabiendo que estaban ante lo inevitable.
Sigurd volvió también, era apenas un niño que protegía en sus brazos la enorme cabeza de una Irinra llena del miedo de perder aquello que había protegido con fiereza por años. Miedo de perder lo que habían construido, de que no volvieran a sentir el mundo bajo sus pies.
Devolver la magia al mundo significaba justamente eso, hasta la última gota sin condiciones.
Hyelith esperó por ellos, esperó que tomaran la decisión final, esperó que superasen la última barrera.
Habían luchado contra el mal personificado, podían contra esta necedad.
Vaerloth, a su lado, vibraba con la energía de alguien que había añorado extender las alas y surcar los cielos sin control alguno pero a su vez miraba con dolor a los niños, que no entendían qué estaba pasando. Con sus fuertes brazos los separó de sus padres, les acogía y los protegía, recibiendo la magia de forma pura sin ningún tipo de consecuencia.
Dentro de la cabeza de Deirdre, en aquel espacio en que Zyraxes y ella se habían escondido, todo parecía desmoronarse a cada segundo.
"No podemos prolongarlo más, pequeña," la voz antigua, ligeramente femenina pero a la vez tan abisal, de Zyraxes reverberó en el pecho de Deirdre a través de su vínculo. "Decidiste por algo."
"Lo sé," fue la suave respuesta, contenida en un sollozo, de Deirdre. "Solo que hemos tenido tan poco tiempo…"
"Y para mi ha sido el más maravilloso desde que Tyalas desapareció," los ojos irisados de Zyraxes se movieron hacia ella, llenos de un cariño que iba más allá de lo decible. "No lo cambiaría por nada del mundo. La niña que despertó a una montaña, mi jinete."
Deirdre rio y abrazó el gran hocico de su compañera, las lágrimas cayendo sobre aquellas escamas parecidas a la roca que tanto había cuidado durante años. Deirdre había pensado que encontró una estatua por aquel entonces y lo había convertido en su proyecto secreto, había ido desenterrando el cuerpo durmiente de Zyraxes como si fuera un gran tesoro.
"Pase lo que pase, búscame," masculló Deirdre apretándose un poco más contra ella. "Aunque seas un grillo, un camello, un bronto…"
Zyraxes rugió una carcajada que llenó su mente, su magia. Si morían y renacían, estaba segura de que no escogería nada de eso.
"Nunca se me ocurriría dejarte de nuevo."
El día que los dragones regresaron a Hrafnafell fue uno que no pasó desapercibido, sin embargo, algo en el ambiente hizo que la gente no pareciera darle la importancia correcta.
¿Tu vecino se convertía en un faro viviente? Cosas más raras podían pasar, hombre.
Solo unos pocos supieron lo que significaba, gente que había perdido el rumbo lo volvió a encontrar, gente que no tenía más sueños volvió a sentir que los días eran mejores. En un extremo del continente incluso, una mujer que surcaba los mares sobre el caparazón de una gran tortuga, se permitió gritar con una alegría contagiosa aunque nadie más que su acompañante la escuchase.
Pero lo más importante fue que, cuando Deirdre Am Ezhebi, princesa de la Bahía Ancestral, abrió los ojos tras lo que pareció una eternidad pudo ver lo que su corazón más anhelaba.
Junto al sol que despuntaba en el alba de aquel nuevo día, no solo la luz regresó, bañando a su familia con un nuevo amanecer y esperanza. También lo hizo su mayor deseo.
Sigurd se permitió dar incluso un grito de júbilo mientras Deirdre solo podía derramar lágrimas sin control.
El sol regresó, la magia regresó, y con ello también lo hizo la Bahía Irisada y la Estrella Caída.
Zyraxes e Irinra resplandecían ta
nto cómo los dos pequeños dragones que les acompañaban y sus rugidos hicieron que la Cima del Mundo pareciera cobrar vida una vez más.
