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En emisión RELOJ BLACK (James Potter x Regulus Black)

  • Iniciador del tema Iniciador del tema Natasha
  • Fecha de inicio Fecha de inicio
Fandom
Harry Potter
Genero
  1. Romance
  2. Angts
  3. Fantasia
Clasificación
Explícito
Advertencias
Sangre, Muerte, etc
Sinopsis
Regulus viaja en el tiempo a sus once años, justo después de su trágica muerte en la cueva, enfrentando un pasado que creía perdido para siempre. Ahora, con una segunda oportunidad en sus manos, ¿qué decisiones tomará? ¿Hasta dónde estará dispuesto a arriesgarse para cambiar su destino? ¿Cuál es el misterio que lo ha llevado a emprender este viaje en el tiempo?
Mensajes
31
Puntos de reacción
20
Puntos
60
PROLOGO

La sed me quemaba la garganta y el fuego las venas mientras me sujetaban la mandíbula, obligándome a beber. Lloré sin poder respirar, mientras tragaba aquel líquido mortal.

—Basta, por favor —rogué cuando el cuenco se vació en mi interior. Mis manos temblaban tanto que parecían no ser mías, y aun así intenté empujar al elfo lejos de mí—. Me duele, por favor…

Escuché un sollozo, alguien que hablaba mientras me hacía beber más.

—Duele, mamá… duele, por favor suéltame…

Me inclinaron la cabeza hacia atrás. El borde del cuenco me cortó el labio. Tragué porque no tenía opción.

—No me toques… lo haré mejor… ¡no me toques!

El líquido bajaba como fuego líquido, quemándome desde la boca hasta el estómago. Por segundos podía pensar, apenas, antes de que me hicieran beber más y el dolor me vaciara por dentro. Una mano pequeña me agarró de los hombros; mi cuerpo se convulsionaba como si quisiera escapar de mi propia piel.

—¿Maestro Regulus?…

Solté un pequeño quejido al escuchar mi nombre y abrí la boca.

—No hay más. Está vacío, maestro.

Me llevé una mano a la garganta. La piel estaba caliente, tensa, como si fuera a desgarrarse.

—Agua… por favor… agua… —jadeé mientras la quemazón empeoraba—. ¡Dame agua!

Me incliné hacia la fría piedra y presioné mi frente contra ella. Tenía la cabeza pesada, costaba mantenerme sentado.

—Debemos irnos —intentó tomar mi mano, y gemí mientras lo empujaba—. Le daré agua cuando salgamos, maestro.

Intentó acercarse y, al levantar la cabeza para pedir más agua, vi el agua a sus espaldas. Me arrastré a cuatro patas, torpe, desesperado. El elfo trató de detenerme, pero lo aparté como pude. La garganta me quemaba tanto que creí que iba a abrirse.

—¡Maestro Regulus!

Me detuve a un segundo de hundir la cabeza. Debajo de la superficie pude ver a alguien observándome.

—¿Jamie?…

No importaba. Me lancé hacia adelante, hundí la cara en el agua y bebí como si pudiera arrancarme la agonía a sorbos. El frío me golpeó los dientes. Quise seguir, pero unas manos me jalaron de atrás y salí del agua escupiendo.

Un quejido escapó de mis labios partidos mientras los veía: Siluetas borrosas sobre el agua, caminando como si el lago fuera suelo firme. Las formas cambiaban: James con su sonrisa que me aplastaba el pecho; Sirius con esos ojos que de niño eran lo único que me hacía sentir menos solo. Y yo… yo era lo que siempre había sido: el repuesto. El descarte. El hijo que sobró. El amante incapaz. El error.

Me reí. Una risa rota, absurda, que tembló entre sollozos. Me dolían las costillas.

Las siluetas avanzaron. Yo di un paso hacia ellos. Sirius me abrazaría. Tenía que hacerlo. James me miraría como antes. Era lo único que quería.
Me lancé a sus brazos como un niño hambriento de afecto.

—Volviste por mí, Sirius… sabía que no me dejarías…

Lloré con el rostro enterrado en su pecho.
Un sonido gutural salió de su garganta. Algo… equivocado.

Y entonces sentí las garras.
Se hundieron en mi carne como si fuera barro. Sentí la piel abrirse. Sentí cómo tiraban, desgarrando, queriendo arrancarme los músculos a pedazos. Otro tirón me dislocó el brazo; grité hasta que la voz se me quebró. Unos dientes fríos me perforaron el cuello y la sangre bajó caliente por mi pecho.

El dolor ayudo a despejar la cabeza y recordar, Kreacher esquivaba cuerpos que parecían animales rabiosos.

—¡Kreacher! —grité con lo que me quedaba de voz—. ¡Vete! ¡Destruye el Horrocrux! ¡No vuelvas!

El agua se volvió roja alrededor de mí cuando uno me arrastró hacia abajo. Grité tan fuerte que sentí cómo algo se rompía en mi garganta. Nadie escuchó. Nadie iba a escuchar. Sirius estaba con James. Mi madre no iba a llorarme nunca. Mi padre ya estaba muerto. Y Kreacher tenía órdenes de no regresar.

Me hundieron, arrastrándome como si mi cuerpo ya no tuviera derecho a flotar.

El agua me envolvió como una mortaja. Me entró por la boca, por la nariz, por los ojos. No podía respirar. No podía ver. Solo sentir. El frío era como fuego líquido, quemándome desde dentro. Las uñas de los muertos me abrían la cara. Los dientes me arrancaban trozos del brazo. Mis costillas crujieron. Una se partió. Luego otra. Quise gritar y solo entró más agua.

Pensé en Sirius. Pensé en lo que le había quitado al elegir a Voldemort sobre él.
Pensé en lo que él me había quitado a mí, al no mirar nunca atrás mientras me dejaba.

Y lloré.
En silencio.
Bajo el agua.
Mientras los muertos me comían vivo.
 
CAPITULO 1

Jadeé mientras me impulsaba hasta quedar sentado, como si mis pulmones se hubieran olvidado de funcionar. Mis manos temblaban sin control cuando me agarré la cabeza y la apoyé en mis rodillas. No podía respirar. Dios, no… no podía. Todo dentro de mí gritaba que seguía bajo el agua.
Un sonido escapó de mi garganta, más un gemido que un suspiro.

Jalé mechones de mi propio cabello porque necesitaba sentir algo real, algo que doliera de verdad para callar lo otro. Las imágenes—las manos frías, los cuerpos, los dientes—se repetían una y otra vez, pegadas a mis párpados. Busqué frenéticamente las heridas en mi piel, esperando encontrar la carne rota… pero solo encontré piel suave, intacta. Como si nada hubiera pasado. Como si me lo hubiera imaginado.

Di una bocanada de aire demasiado grande y me ahogué con ella, tosiendo como si quisiera arrancarme los pulmones. Llevé una mano a mi garganta. Ardía. Quería beber. Necesitaba beber. La sed seguía allí, como si aún estuviera tragando aquel líquido quemante.

Me obligué a respirar despacio. Uno, dos… aunque todo en mí temblaba. Levanté la mirada y estudié la habitación como si no fuera mía. Era mi cuarto. Lo era. Pero se sentía extraño, como si lo hubieran movido todo medio centímetro.
¿Kreacher… Kreacher había vuelto por mí? ¿Me había sacado de allí?

Me arrastré hacia el borde de la cama. Las piernas no me respondían, así que al intentar ponerme de pie me fui directo al suelo, arrastrando la sábana conmigo. Un golpe seco, demasiado fuerte para mi gusto.
Contuve el aire de inmediato. No quería que mi madre despertara. No quería verla. No quería escuchar su voz. No podía soportarlo ahora.

¿El Señor Oscuro sabría lo que había hecho? ¿Lo que había intentado?
El pensamiento me cortó la respiración otra vez. No sabía si quería vomitar o llorar.
Esperé un par de segundos en silencio, conteniendo la respiración, intentando escuchar pasos en las escaleras o en el pasillo. Nada. Ni un crujido. Solo mi corazón golpeando demasiado rápido.

Lentamente me puse en pie, apoyando una mano en el colchón para no caer otra vez. Miré a mi alrededor buscando mi varita. Pero no estaba.

Un vacío helado me apretó el estómago. ¿La había perdido en la cueva? ¿O… mi madre la tenía? No sabía cómo había salido de allí, ni quién me había traído a casa, pero iba a descubrirlo. Tenía que hacerlo.
Si el Señor Oscuro sabía lo que había hecho… me sorprendía seguir vivo. Esa idea me dejó la garganta seca otra vez. Si seguía respirando era porque alguien, por alguna razón, había decidido no matarme aún.
Y eso me daba más miedo que morir.

Caminé hacia el armario buscando algo que ponerme, cualquier cosa que no fuera este pijama. Ni siquiera quise pensar quién me había cambiado de ropa. No tenía fuerzas para procesarlo.
Abrí las puertas del armario.

Me quedé congelado.

No había nada mío allí. Ninguna camisa, ningún pantalón, nada. En su lugar, el armario estaba lleno de ropa delicada, pequeña, perfectamente doblada… y extrañamente familiar.

Sentí un pinchazo en el pecho, como si alguien jalara de un recuerdo que no terminaba de formarse. No sabía qué significaba aquello y, honestamente, no tenía cabeza para entenderlo. Lo ignoré. Lo empujé a un rincón de mi mente que ya estaba demasiado lleno.

Si no había ropa para mí, debía haber una razón. Y la única persona que sabía todas las razones en esta casa era mi madre.

Me froté los ojos con la mano temblorosa y salí de la habitación, descalzo, con el pijama arrugado y el corazón golpeando como si fuera a escaparse del pecho.

Atravesé el pasillo y bajé las escaleras con pasos cuidadosos, obligándome a respirar despacio mientras mis sentidos se mantenían tensos. No sabía la hora exacta, pero el sol ya se filtraba débilmente por las ventanas, no era tan temprano como para andar deambulando por la casa sin rumbo, así que seguí hacia el comedor.

Me detuve justo frente a la puerta, con la mano apoyada en la madera fría. Algo en mi pecho se apretó, un presentimiento extraño, aun así, empujé y entré.

Mi madre estaba sentada a la derecha de la mesa.

Parpadeé. Ese no era su lugar. No había vuelto a sentarse ahí desde que murió mi padre… salvo cuando el Señor Oscuro nos visitaba. Un escalofrío me subió por la columna.

Y entonces lo vi.
El asiento de la cabecera —su asiento, el de mi madre— estaba ocupado por un mago que llevaba muerto más de un año.

Mi garganta se cerró con tanta fuerza que apenas pude inhalar. Me quedé congelado a mitad del comedor, como si mis pies hubieran echado raíces en el suelo. Mi mente intentaba avanzar, pero solo chocaba contra la misma imagen una y otra vez. Su postura, su perfil, la forma en que sus manos descansaban sobre la mesa… era él. Era él, exactamente como lo recordaba, excepto que no podía serlo. No debía serlo. No quedaba nada de él para imitar: ni voz, ni gestos… ni cuerpo.

No estaba segura de que la Poción Multijugos pudiera usarse con alguien que llevaba más de un año bajo tierra.
Aún así, allí estaba mi padre.

Y, como si aquello no fuera suficiente, un niño estaba sentado de espaldas a mí. No se giró. Ni siquiera reaccionó. Como si yo nunca hubiera entrado.

—Regulus, ¿qué es esa ropa? —preguntó mi madre, los labios tensos, la mirada afilada como si algo en mí le molestara profundamente.

—Ah… yo no tenía otra ropa, madre —murmuré. Mi voz salió baja, torpe. Todavía sentía la cabeza pesada, como si estuviera despertando dentro de un sueño que no acababa.
El niño, el que estaba sentado de espaldas a mí, giró lentamente. Sus ojos grises chocaron con los míos, fríos y claros… familiares. Demasiado familiares. Sentí un tirón en el estómago.

—Creo —empezó mi madre, su tono amenazante cayendo sobre mí como una sombra— que se te ha dado un armario con múltiples prendas para que puedas acudir al desayuno con el respeto que merece tu familia.

Abrí la boca para decirle que no, que mi armario estaba lleno de ropa pequeña, ropa que definitivamente no era mía, que no entendía por qué.… pero me detuve. No podía dejar de mirar al niño. Tal vez era suya. Tal vez él… ahora se suponía que vivía aquí. Tal vez yo debía saber quién era. Tenía rasgos Black, sí, pero no lograba colocar su rostro en ningún pariente que hubiese visto últimamente.

Un sonido seco —el golpe de algo contra la mesa, tal vez— me arrancó la mirada de él. Volví a mi madre, sobresaltado, como si despertara. Ella me observaba con furia contenida, y mi pecho se encogió. Solo entonces entendí que la había ignorado.

—Si no sabes usar tu boca para respetar a esta familia —sentenció—, no la usarás para nada.

—Madr—

Ni siquiera alcancé a terminar la palabra. Su varita ya estaba levantada.

Sentí mis labios cerrarse de golpe, pegándose como si estuvieran hechos de cera caliente. Un tirón seco recorrió mis mejillas. Mi mano subió de inmediato a mi rostro y solo encontró piel lisa. Lisa y extraña.
Mi corazón se desbocó. Llevé una mano a mi boca, buscando mis labios, buscando cualquier forma de hablar o respirar distinto, pero solo encontré piel plana. Nada más que piel.

Mi respiración se volvió irregular, áspera por la nariz.
El silencio dentro de mi propia boca era como un golpe.

Intenté gritar, pero no había boca que dejara salir ningún sonido. Solo aire roto saliendo por mi nariz.
El niño me miraba sorprendido cuando volví a mirarlo.
Sus ojos se abrieron un poco más, como si no esperara eso, como si algo estuviese mal incluso para él.

Volteo hacia mi madre y salió de su silla.

—Reviértelo —ordenó, enojado, las manos sobre la mesa, inclinado hacia ella. Reconocí su voz al instante. Sonaba más infantil que la última vez que la escuché, cuando soltaba insultos y golpes en mi rostro. Más aguda.

—Siéntate, Sirius —ordenó mi madre, sin levantar la voz, la boca en una línea rígida—. No querrás que lo mismo te ocurra a ti.

Sirius estaba a punto de protestar, de empujar la silla, de hacer lo que siempre hacía… cuando ella regresó su atención hacia mí.

—Ve arriba. No voy a tolerar más faltas de respeto de tu parte.

Miré una última vez hacia mi padre, que seguía leyendo el periódico como si nada estuviera pasando. Como si no estuviéramos ahí.

Entonces me di la vuelta y salí del comedor.
Y cuando estuve fuera de su vista, corrí.

Corrí por los pasillos, por las escaleras, con el corazón golpeando tan fuerte que dolía. Algo estaba mal. Muy mal. Esto no tenía sentido, nada encajaba.

Entré a mi habitación y cerré la puerta con fuerza.
En mi camino hacia la cama pasé frente a un espejo pequeño que colgaba torcido en la pared.

Me detuve tan bruscamente que casi caí. Lo tomé con manos temblorosas y lo acerqué a mi rostro.
Y lo vi.

Vi mi cara…
pero no mi boca.
Solo piel lisa donde debería estar.

Eso ya era suficiente para asustarme, pero no. No fue eso lo que me altero de nuevo.

Era yo.
Yo, de niño, con la cara que tenía años atrás. Con los mismos ojos asustados. Con el mismo miedo tonto tratando de esconderse.

Solté el espejo y retrocedí hasta chocar con la cama. Me subí de golpe y me escondí entre las cobijas, temblando. Ah, algo estaba mal. Algo estaba horriblemente mal.

Las lágrimas empezaron a caer sin que me diera cuenta. Me abracé las piernas, hundí la frente en las rodillas. Intenté gritar otra vez, pero nada salió. Solo ese vacío en la cara. Ese silencio forzado.

Esto era un castigo.
No había salido de la cueva.
No. No. No.

Estaba muriendo.
Esto era un recuerdo, una ilusión, un eco cruel que mi mente había construido mientras los inferí destrozaban mi cuerpo.

Iba a morir con el alma y el cuerpo rotos. Iba a morir así.

Lloré.
Rogué —sin voz, sin boca, solo con el corazón golpeando demasiado fuerte— que todo terminara ya. Que llegara la oscuridad de una vez. Que se acabara el sufrimiento.

¿No había sido suficiente? ¿Qué más querían de mí?
¿Por qué me estaban haciendo ver esto de nuevo?
¿Por qué tenía que morir recordando el peor lugar en el que había vivido?
La puerta se abrió lentamente y me tensé, escondido bajo las cobijas, respirando a golpes entre las lágrimas.
Pasos pequeños avanzaron por la alfombra. Por un instante quise decirle a Kreacher que se fuera, que no se acercara o lo castigarían también… pero no salió nada de mi boca.
La cobija fue tirada hacia atrás de repente, despeinando aún más mis rizos, y levanté la mirada con sobresalto.
Sirius estaba ahí, un dedo sobre sus labios, pidiendo silencio.

Le lancé una mirada molesta, aunque apenas podía mantener los ojos abiertos del ardor.
Él frunció el ceño al verme, como si no supiera por dónde empezar.

—Lo siento… —murmuró, muy bajito, sacando su varita de la manga—. Voy a intentarlo, Reggie.

El apodo me atravesó.
Las lágrimas se hicieron más pesadas, cayendo sin permiso. Sorbí por la nariz, temblando.
Recordé todas las veces que le había gritado que no me llamara así, que no era un niño, que no era su Reggie.
Pero ahora… ahora no podía importarme menos.
Porque sabía que no era real.
Porque Sirius no estaba ahí.
Porque nada de esto estaba pasando.

—Finito —susurró, moviendo la varita hacia mí.

Nada.

—Finito… finito —repitió un poco más rápido, un poco más desesperado. Otra vez, nada.

Arrugó la nariz con frustración y probó dos, tres hechizos más. Ninguno funcionó.

—Debí hacerle caso a Remo cuando dijo que teníamos que aprender hechizos de los siguientes cursos —farfulló, molesto consigo mismo, antes de mirarme otra vez—. Lo siento, Reggie… no puedo quitarlo.

Su voz se quebró un poco al final.
Y ese pequeño temblor… esa humanidad… dolió más que el hechizo.
Porque por un momento, solo un momento, quise creer que sí era él.
Que sí estaba ahí.
Que sí me estaba intentando ayudar.

Pero no era real.
Nada de esto lo era.
Y aun así… aun sabiendo que era falso, que era una ilusión cruel de una mente que estaba muriéndose… decidí tomarlo.
Solo un segundo.
Un pedacito de algo antes del final.

Me lancé de la cama sin pensar y choqué contra Sirius, que me atrapó con un sobresalto. Tropezó hacia atrás un paso, casi cayéndose, pero logró afirmarse antes de que yo me desmoronara.

Pasé los brazos alrededor de su cuello con tanta fuerza que me dolieron los músculos. Hundí la cara en el hueco cálido entre su hombro y su cuello y respiré contra su piel, dejando que mis lágrimas lo mojaran.

—Oh… —soltó, sorprendido. Se quedó quieto un segundo, como si no supiera qué hacer conmigo.
Y luego, despacio, con una torpeza que dolía de lo sincera que era, cerró los brazos alrededor de mi espalda.

—Está bien, Reggie… —susurró, bajito, como si nadie más debiera escucharlo.
Apoyó su frente en mi hombro, respirando hondo contra mí—. Está bien. Estoy aquí.

Y aunque sabía que no era él…
que jamás había estado ahí cuando más lo necesité…
que esta versión era solo un eco inventado por mi mente desesperada…
Apreté más fuerte, temblando.

Un tiempo después de haber vuelto a la cama parpadeé despacio, sintiendo el cansancio metido en los huesos. Estaba encogido, las manos sobre el estómago que me dolía de hambre y sed, y aun así lo que más me inquietaba era esa sensación constante de que el aire no me alcanzaba del todo.

Sirius seguía pasándome la mano por los rizos, con movimientos lentos que me arrullaban sin querer. Mis ojos se cerraban solos, cada vez más pesados. En algún momento esta ilusión iba a romperse, lo sabía. Iba a volver a donde realmente estaba. Pero no sabía cuándo. Podían haber pasado horas o apenas un par de segundos; mi tiempo estaba completamente torcido.

Aun así, todo se sentía real.
Demasiado real.

Sirius suspiraba de vez en cuando, su rodilla rebotaba sin descanso, arriba y abajo, arriba y abajo, y con la otra mano golpeaba suavemente su muslo.

—No debería tardar en quitarte el hechizo —murmuró otra vez, su voz ya tenía bordes filosos de frustración. Se quedó callado un instante antes de preguntar—. ¿Tienes hambre, Reggie?

Negué, aunque no era verdad.
Mi estómago retorciéndose lo delató con un gruñido débil, pero él no dijo nada.
Yo tampoco.

Me pregunté cómo podía sentir hambre aquí, donde nada era real, y sin embargo no sentir el dolor que sabía que había en mi cuerpo fuera de esta ilusión. Cómo podía existir esta calma extraña mientras los inferi… mientras todo lo demás seguía pasando. Pensé en mis pulmones ahogándose en agua fría, en mis brazos jalados hacia el fondo, en dientes y dedos helados hundiéndose en mi piel. Y sin embargo… aquí solo estaba vacío. Vacío y cansado.

Sirius no dijo nada más. Solo siguió acariciándome el cabello, paciente.
En algún momento tuvo que haberse roto la ilusión, porque lo siguiente que sentí fueron garras hundiéndose en mi piel, garras cerrándome la boca, colmillos desgarrando mi cuello. El dolor me envolvió de la misma forma que recordaba y grité.

—¡Regulus! —la voz explotó alrededor de mí mientras me incorporaba de golpe, jadeando. Había manos en mis hombros. Manos. Tantas manos.

—Calma, Reggie, estoy aquí—

Me solté de inmediato, empujándolas lejos mientras retrocedía con las sábanas enredadas en mis piernas, el corazón golpeando con fuerza descontrolada. Me arrastré hasta el borde contrario de la cama, sin pensar, solo huyendo del contacto.

—No —jadeé, alzando la mirada hacia Sirius, que se había quedado completamente quieto frente a mí—. Por favor… no me toques.

Mi voz tembló. Todavía podía sentirlas. Las manos. Las garras. Los colmillos.

Sirius tragó, levantando apenas los dedos, mostrándolos vacíos, como si temiera asustarme más.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Asentí apenas, demasiado rápido, y luego me escuché reír. Una risa nerviosa, absurda incluso para mí. Negué con la cabeza, intentando recuperar el aire.

—Una pesadilla —expliqué, aunque el temblor en mis manos me traicionaba. Me llevé los dedos al rostro… y ahí estaba. Mi boca.

Exhalé un sollozo que no supe de dónde salió.
Era tan ridículo sentirse aliviado por algo tan simple.

De verdad no entendía qué era esta ilusión. No sabía cuánto faltaba para que terminara, o si siquiera tenía un final. No sabía por qué estaba sucediendo, ni qué parte era un recuerdo o simplemente mi mente rompiéndose.

Todo se sentía demasiado real para ignorarlo… y demasiado imposible para creerlo.
 
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CAPITULO 2

Cuando llegamos a la estación, Sirius intenta alejarse de inmediato, pero nuestro padre apoyó una mano firme sobre su hombro y apretó. Sirius hizo una mueca apenas perceptible.

—Tus primos los esperarán para que se unan a ellos en el vagón —indicó madre, acomodándose los guantes—. Esperaré noticias de ustedes cada semana. Noticias respetables —añadió, con énfasis.

Sirius se burló en silencio, una sonrisa ladeada, pero no dijo nada. Yo miré a madre y asentí.

—Espero buenas notas —continuó, y luego dirigió su atención hacia mí—. Mañana me dirás quiénes son tus compañeros de habitación en Slytherin.

—Sí, madre —respondí.

Levanté mi baúl y ajusté la jaula de la lechuza que me habían comprado la semana anterior en el Callejón Diagon, asegurándome de que no se balanceara.

—¿Podemos irnos ya? —preguntó Sirius, sin molestarse en ocultar su impaciencia.

Madre giró lentamente hacia él.

—No toleraré que traigas vergüenza a esta familia, Sirius. Te alejarás de los traidores de sangre y te relacionarás con la gente adecuada —sentenció.

Sirius sonrió, desafiante.

—Mírame hacerlo.

El agarre de nuestro padre se volvió más fuerte. Sirius giró el rostro para mirarlo.

—Espero que este año te decidas, de una vez por todas, a honrar tu apellido —dijo—. No querrás sufrir las consecuencias de tus actos.

Lo soltó.

—Vayan.

Tomé la mano de Sirius antes de que pudiera responderle y tiré de él en dirección al tren. Con la otra, empujé mi baúl, que levitaba a nuestro lado con la jaula encima.

Sirius nos condujo por los vagones, deteniéndose en algunos para saludar a un par de personas mientras revisaba el interior. Cuando no encontraba lo que buscaba, me arrastraba al siguiente vagón.

No me importó; lo seguí sin quejarme, ignorando todo a mi alrededor. Sirius abrió otra puerta justo cuando yo bostezaba. No había dormido en semanas. Aún no entendía cómo el tiempo podía sentirse tan lento. A veces me preguntaba dónde estaba realmente mi cuerpo. Seguramente no seguía con los inferí; si así fuera, este sueño ya debería haber terminado. ¿Tal vez estaba en San Mungo's, inconsciente por las heridas?

—Finalmente —se quejó Sirius mientras entraba al vagón y me jalaba con él.

Oh. Allí estaba él.

Llevaba el cabello en todas las direcciones, como si tuviera dos remolinos en su cabello peleando entre sí. Sonreía con facilidad mientras miraba a Sirius.

—¡Sirius! — prácticamente se lanzó hacia él en cuanto lo vio entrar, Sirius soltó mi mano y se inclinó hacia adelante, rodeando con los brazos un cuello que conocía demasiado bien. Había pasado mi boca por ese mismo cuello innumerables veces. Luego escuché una risa despreocupada, llena de felicidad, y sentí un nudo apretarse en mi garganta—. No puedo creer que por fin estés aquí, pensé que este verano no iba a terminar nunca.

Su olor me alcanzó al tenerlo tan cerca, y las manos comenzaron a temblarme con la necesidad de alcanzarlo, de encerrarlo contra mi pecho. No podía hacer esto.

El tiempo pasaba rápido y lento al mismo tiempo. Mis ojos se quedaron en el chico frente a mí, tan cerca y tan lejos del que había amado.

Después de intercambiar palabras con Sirius a las que no había prestado atención su atención se centró en mí y sentí que volvía a respirar después de todo este tiempo.

—Hola, soy James —dijo, estirando la mano—. Sirius habló mucho de ti, así que es bueno ponerte cara al fin—. Añadió enseguida, sonriendo en mi dirección.

La miré un segundo antes de estrechar su mano con la mía. Estaba cálida.

—Regulus —saludé, soltándolo enseguida. Enterré las uñas en la palma; el dolor físico siempre funcionaba mejor para olvidar el emocional.

—Vamos, Reggie, siéntate —sonrió Sirius mientras intentaba jalarme al asiento a su lado.

Remus estaba en la esquina junto a la ventana, un libro gastado entre las manos. Una cicatriz le cruzaba el rostro, y había un par más, apenas visibles.

Peter estaba a su lado, un juego de ajedrez sobre las piernas, murmurando mientras movía las piezas contra sí mismo.

Le devolví una sonrisa torpe a Sirius.

—Ah… de hecho, iré a buscar a mis amigos —me excusé, enterrando un poco más las uñas, con cuidado de que no se notara.

No les di tiempo de detenerme. Me despedí de forma vaga y salí del compartimiento con toda la calma que logré reunir. Una vez fuera, jadeé y caminé lo más rápido posible, sin llegar a correr para evitar llamar la atención, hasta encontrar un compartimiento vacío.

Cerré la puerta detrás de mí y me dejé caer al suelo, con las rodillas pegadas al pecho. Las rodeé con los brazos y hundí el rostro entre ellas.

"No sabía que había alguien aquí arriba."
"No tendrías por qué saberlo."
"¿Qué haces, Reggie?"
"No me llames así."


—Mierda… contrólate —murmuré.

El corazón me latía desbocado y las manos me sudaban. Los recuerdos seguían llegando, de una época en la que fui la estrella de un león.

Entonces empecé a contar. Dorcas me había enseñado a calmarme cuando estaba así: comenzaba en cien y retrocedía de siete en siete. Si no bastaba, iniciaba de nuevo en doscientos.

"¿Por qué no vienes conmigo?"
"No voy a irme, Potter."
"Déjame cuidarte."
"No soy Sirius."


—Cien… noventa y tres… ochenta y seis… setenta y nueve…

"¿Qué te hizo ella?"
"Ella no hizo nada."
"Muéstrame el brazo."
Cincuenta y uno... cuarenta y cuatro... treinta y siete...

Los recuerdos seguían llegando, y yo seguí contando, devolviéndolos a sus cajas: una para los besos, otra para las noches volando en escoba, y al fondo, la más grande de todas.

La caja del día en que me dejó
y corrió a los brazos de la pelirroja Evans.

Entonces conté y seguí contando hasta que perdí la noción del tiempo y todo en lo que podía pensar eran números.

La puerta del compartimiento donde me había escondido se abrió de un tirón. Alcé la mirada y encontré a un chico mirándome fijamente. Jadeaba; el cabello le caía sobre los ojos y las ojeras marcaban su rostro. En cuanto me vio, su cuerpo se relajó.

Lo recordé en el suelo del Ministerio, ahogándose en su propia sangre tras recibir la maldición de un auror.

Recordé cómo, con su último aliento, me pidió que protegiera a su hermana. Que no dejara que Barty hiciera una locura. Le prometí que me cuidaría.

Al final, no había podido cumplir ninguna promesa.

—Hola, Evan —saludé, con un nudo en la garganta.

Su mirada seguía siendo penetrante cuando cruzó la puerta y se dejó caer a mi lado antes de lanzarse hacia mí, enterrando el rostro en mi cuello.

—Oh —solté, sorprendido, con las manos rígidas a los costados.

Empezó a temblar, así que le permití estrujar mi ropa. Su respiración era pesada, desordenada, contra mi piel.

—Gritos —dijo al fin—. Has estado gritando mucho.

Su frente descansó contra mi cuello mientras miraba al suelo.

—Pandora no podía verte.

"Creo que estoy volviéndome loco."
"¿Pensé que ya lo sabías?"
"No dejo de escuchar cosas."
"¿Como fantasmas?"
"Como cosas que aún no han sucedido."
"¿Te refieres al futuro?"
"A veces cosas que ya pasaron… pero yo no estaba allí."
"Eso suena loco."
"Pues joder que suena loco."


—Lo siento, Evan —murmuré.

Al fin lo rodeé con los brazos y enterré el rostro en su cuello. Respiré hondo. Las ganas de llorar me apretaron el pecho.

Entonces, un segundo cuerpo se estrelló contra la puerta y se detuvo de golpe.
—¡Mierda! —exclamó Barty, entrando a trompicones—. Salió corriendo y casi lo pierdo de vista.

Se limpió el sudor de la frente, respirando agitado —Nueva regla —añadió—: no corremos sin dar explicaciones primero.

Evan soltó una pequeña risa antes de suspirar y apartarse. Se sentó frente a mí en el suelo. Barty lo imitó, todavía algo confundido.

—¿Dónde está Pandora? —pregunté, respirando con más calma mientras apoyaba la espalda contra la pared, junto a la ventana.

—Alguien tenía que cuidar el vagón —explicó Barty antes de bostezar y recargarse sobre Evan—. Probablemente deberíamos regresar. Dirá que no es caballeroso dejarla sola.

—No está equivocada —defendió Evan, empujándolo un poco. Barty se rió.

—No dije que lo estuviera.

—Vamos, no hay que hacerla esperar más —ordené mientras empezaba a levantarme.

Una mano rodeó mi muñeca. Alcé la mirada y me encontré con los ojos de Evan.

—¿Estás bien?

Asentí con un suspiro.
—Estoy bien.

—Bien.

Barty nos observó con curiosidad, pero sabiamente no comentó nada. Se levantó después de empujar a Evan una vez más.

—A veces no los entiendo —murmuró entre dientes.

—Oh, Barty, no te preocupes —lo molestó Evan mientras salíamos del vagón y avanzábamos por el pasillo—. Sé que no entiendes muchas cosas.

—Jódete, Evan —respondió con una sonrisa.

Los alcancé y los empujé ligeramente. Barty me devolvió el empujón y me reí.

No me importó tanto tener que mantener las apariencias.
Esto no era real.

Entré al compartimiento detrás de Barty y le sonreí a la rubia cuando giró para mirarme desde su asiento, donde estaba jugando distraídamente con su varita.

—¡Regulus! ¡Ahí estás! —exclamó.

Se levantó de inmediato, me besó la mejilla y me jaló para sentarme a su lado.
—Te voy a mostrar un truco.

—Hola, Pans —saludé.

Abrió su baúl y empezó a sacar cosas sin ningún orden, arrojándolas a un lado mientras buscaba algo en el fondo.

—Uff —se quejó Evan cuando uno de los objetos le dio en el pecho.

Finalmente, Pandora sacó una pequeña maceta.

—Sostén esto —me la tendió mientras volvía a guardar sus pertenencias sin cuidado alguno. Hice una leve mueca ante el desorden—. Herbivicus —dijo, apuntando a la maceta con la varita.

Di un pequeño salto cuando una plantita brotó de la tierra. Apenas un tallo verde.

—¿Te lo enseñó tu madre? —pregunté, observándola con curiosidad.

—Ese y algunos trucos más —respondió Evan mientras empujaba de nuevo al baúl algunos objetos de Pandora—. Lleva todo el verano entusiasmada con Hogwarts.

—El mío igual —murmuró Barty antes de bostezar—. Estaba eufórico por deshacerse de mí.

Le envié una mirada de entendimiento que el devolvió, regresé a mirar a Pandora, que seguía inclinada sobre el baúl.

—¿Tienes algún truco más?

—Pues sí —respondió, señalando la maceta con la varita desde donde estaba agachada.

La maceta dio una sacudida.

—Eh… ¿qué hiciste? —pregunté.

No tuvo tiempo de responder. La planta se retorció de repente y salió disparada hacia arriba. Solté la maceta con un grito ahogado y salí despedido del asiento.

—¿Qué carajo? —jadeó Barty mientras se ponía de pie.

La planta seguía creciendo.
—Mierda, mierda…

Evan tomó a Pandora del brazo y la empujó delante de él, hacia la puerta.
—¿Qué carajo, Pans?

—¡Regs quería ver otro truco! —se excusó ella mientras la sacaban del compartimiento.

—Joder… —cerré la puerta detrás de mí.

La maldita planta no parecía tener intención de detenerse.

—¿Tal vez deberíamos advertir a alguien? —pregunté, sin dirigirme a nadie en particular.

La planta empezó a presionar contra el cristal de la puerta.

No hizo falta avisar a nadie. El alboroto atrajo la atención de los demás compartimientos; algunos se asomaron y salieron huyendo casi de inmediato.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó un prefecto al acercarse. Llevaba una túnica con los bordes amarillos.

—Creo que mi planta se salió de control —suspiró Pandora—. Solo empezó a crecer.

El cristal se rompió con un crujido cuando una rama lo atravesó justo después de que hablara.

Al final, llamaron a alguien más, que logró someter la planta y arreglar el desastre. Tras una breve charla, les permitieron volver a su vagón.

Nadie tuvo el valor de reprender a Pandora después de que se disculpara con la mirada en el suelo.
La pequeña manipuladora.

Una voz retumbó dentro del tren un rato después.

—Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren; será trasladado por separado al colegio.

Poco después, el tren se detuvo en Hogsmeade con un chirrido suave de las vías. Nos levantamos de nuestros asientos mientras el movimiento comenzaba a fluir hacia las puertas.

—¡Estoy tan entusiasmada! —aplaudió Pandora con una sonrisa, tomando la mano de Barty y jalándolo hacia afuera. Él rió sin oponer resistencia.

Sonreí y los seguí, con Evan pisándome los talones. Los alumnos empezaban a bajar de los vagones en pequeños grupos, hablando todos al mismo tiempo.

—¿Estás emocionado? —preguntó Evan al bajar del tren, un segundo después que yo. Más adelante, Pandora iba subida a la espalda de Barty.

—Me gustaría estarlo más —respondí.

Era difícil entusiasmarse cuando no era algo nuevo, pero no lo dije en voz alta.

Evan me observó con atención.

—Creo que necesitamos hablar. ¿Hay algo, verdad?

Asentí y solté un suspiro.

—Mañana.

Pareció aceptar la respuesta mientras caminábamos hacia donde nos llamaban. No había vuelto a ver a Sirius. Tampoco lo había buscado.

—¡Primer año! ¡Los de primer año, por aquí!

El hombre alto —¿Hegard?— nos condujo por un sendero hasta que el castillo apareció a lo lejos. Evan y yo íbamos casi al final del grupo, así que escuchamos primero los murmullos de asombro de los demás.

Observé el lago con un escalofrío y respiré hondo, intentando ignorarlo.

Nos acomodaron en botes para cruzar el agua. Cuando llegamos al frente del grupo, Pandora y Barty nos esperaban con impaciencia.

—Pues sí que se tomaron su tiempo —se quejó Barty antes de subir a un bote, seguido por Evan.

—Siento hacerte esperar, Pans —me disculpé mientras ayudaba a Pandora a subir.

Ella le restó importancia con un gesto.

—Es agradable observar el lago —intenté estar de acuerdo, pero volví a sentir incomodidad al pensar en el lago.

Cuando todos estuvimos en los botes, estos comenzaron a moverse al mismo tiempo, avanzando hacia una cortina de plantas que conducía a un túnel bajo el castillo.

Pandora soltó pequeñas risitas.

—¿Crees que podamos ver un hada? —preguntó.

—Seguro que sí —respondió Evan con una sonrisa.

—Me sorprende que nadie se haya caído al agua —murmuró Barty, decepcionado.

Sonreí, recordando.

—Seguro que alguien se cae.

Apenas bajamos del bote, Barty hizo lo mismo… y tropezó. Cayó de frente al agua. Los más cercanos saltaron hacia atrás para no mojarse, y luego él emergió con un jadeo.

—Eh, ¿estás bien? —preguntó el hombre mientras Barty salía del lago gruñendo.

—Ah, bueno, seguro que la ropa se te seca rápido —añadió sin darle importancia antes de darse la vuelta y guiarnos hacia unas escaleras.

Crucé miradas con Evan y resoplamos al mismo tiempo. Barty volvió a gruñir.

—Ni una palabra de esto.

—Oh, Barty, no te preocupes —dijo Pandora con dulzura—. Leí que es de buena fortuna darse un baño antes de un evento importante.

Evan estalló en carcajadas.

Hegard nos hizo esperar fuera del Gran Comedor mientras llamaba a la puerta. Al cabo de unos segundos, esta se abrió y la profesora McGonagall salió al pasillo, cerrándola tras de sí con un movimiento firme.

—¿Creen que habrá tarta? —preguntó Barty, impaciente, balanceándose ligeramente sobre los talones, había un charco debajo de sus pies.

Antes de que pudiera responderle, la profesora habló y dirigí la mirada hacia ella.

—Bienvenidos a Hogwarts —dijo la profesora McGonagall—. El banquete de comienzo de año se celebrará dentro de poco, pero antes de que ocupéis vuestros lugares en el Gran Comedor deberéis ser seleccionados para vuestras casas.

Su voz resonaba clara y severa en el pasillo silencioso.

—La Selección es una ceremonia muy importante porque, mientras estéis aquí, vuestras casas serán como vuestra familia en Hogwarts. Tendréis clases con el resto de la casa que os toque, dormiréis en sus dormitorios y pasaréis el tiempo libre en la sala común.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Las cuatro casas se llaman Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Cada una tiene su propia noble historia y ha producido notables brujas y magos. Mientras estéis en Hogwarts, vuestros triunfos conseguirán que vuestras casas ganen puntos, y cualquier infracción de las reglas hará que los pierdan. Al finalizar el año, la casa con más puntos será premiada con la Copa de las Casas, un gran honor. Espero que todos seáis un orgullo para la casa que os toque.

Sus ojos recorrieron al grupo con atención.

—La Ceremonia de Selección tendrá lugar dentro de pocos minutos, frente al resto del colegio. Os sugiero que, mientras esperáis, os arregléis lo mejor posible.

Le dedicó una fugaz mirada a Barty y al agua que aún chorreaba de su ropa. Barty levantó el mentón al notarlo.

—Volveré cuando lo tengamos todo listo para la ceremonia. Por favor, esperad tranquilos.

La profesora se retiró y Barty murmuró una maldición por lo bajo.

—No te preocupes —lo consoló Pandora—. Yo secaré tu ropa.

Barty chilló cuando Pandora lo apuntó con su varita y se escondió de inmediato detrás de Evan.

—Ah, no, Pans, no creo que sea necesario —se excusó con nerviosismo.

—Suéltame, Barty —se quejó Evan, intentando apartarse de la dirección en la que apuntaba Pandora.

Barty chilló aún más cuando Evan logró liberarse y salió corriendo, colocándose detrás de mí. Tropecé ligeramente cuando me empujó para esconderse.

Suspiré y miré a Pandora.

—No te preocupes, Pans. Lo arreglaré yo.

Saqué la varita de la manga de mi túnica y tiré suavemente de la ropa de Barty.

—No seas cobarde —le susurré.

Pandora guardó la varita, satisfecha, y se acercó a su hermano.

—Vivir me gusta lo suficiente como para no arriesgarme a ser quemado por mi amiga, la que hace crecer plantas sin control —murmuró Barty, deteniéndose frente a mí.

—Idiota —rodé los ojos.

Él me sacó la lengua y no pude evitar sonreír levemente. Murmuré el hechizo y, al instante, su ropa quedó completamente seca.

—En marcha —dijo una voz aguda—. La Ceremonia de Selección va a comenzar.

La profesora McGonagall había vuelto.

—Ahora formad una hilera y seguidme.

Evan y Pandora se acercaron y juntos caminamos a través de las puertas del Gran Comedor. Los alumnos de las cuatro casas se giraron para observar al grupo de niños de once años con abierta curiosidad.

Nunca me había gustado llamar la atención. Aquello me hizo sentir incómodo al instante.

Dirigí la mirada hacia la cabecera del Gran Comedor y me obligué a no reaccionar al encontrar a Dumbledore observándonos con interés. Aparté la vista rápidamente.

La profesora nos hizo formar una fila a espaldas de la mesa de profesores. A su lado, sobre un taburete, descansaba el sombrero.

Un movimiento llamó mi atención y giré el rostro hacia la mesa de Gryffindor. Sirius agitaba la mano mientras empujaba con el codo a James, que parecía demasiado ocupado hablando con la pelirroja.

Suspiré y regresé la mirada a la profesora McGonagall, que ahora sostenía un pergamino.

El sombrero se movió y una rasgadura se abrió en el borde antes de que comenzara a cantar.

Oh, no te rías de mis costuras
ni de mi forma irregular,
he visto siglos pasar sentados
sobre cabezas como la tuya, ¿qué tal?

He oído sueños, miedos y promesas,
secretos que no dijiste jamás.
Antes de que abras bien los ojos,
yo ya sé quién eres en realidad.

No hay pensamiento que se me escape,
ni deseo que puedas esconder,
ponme y escucha con atención:
tu lugar está a punto de nacer.

Si tu corazón arde con fuego,
sí enfrentas el miedo sin mirar atrás,
Gryffindor abre sus puertas
a quienes se atreven a luchar.

Si valoras la lealtad sincera,
el esfuerzo diario y la verdad,
Hufflepuff será tu casa,
donde el trabajo es orgullo y paz.

Si tu mente busca preguntas,
si aprender es tu mayor placer,
Ravenclaw te espera en lo alto,
donde pensar es un deber.

Y si la ambición guía tus pasos,
si sabes cuándo actuar y esperar,
en Slytherin hallarás aliados
que no temen ganar para avanzar.

Así que acércate, no dudes más,
no muerdo… aunque podría intentar.
Confía en mí, pequeño aprendiz,
que yo te diré dónde empezar.

Porque no soy solo un sombrero viejo,
ni una canción sin razón:
soy la voz que elige destinos,
soy Hogwarts hablando en tu corazón.


El comedor estalló en aplausos y algunos silbidos provenientes de la mesa de Gryffindor. Pandora se rió delante de mí, balanceándose sobre las puntas de los pies y luego sobre los talones.

—Cuando yo os llame, deberéis poneros el sombrero y sentaros en el taburete para que os seleccionen —dijo la profesora McGonagall—. ¡Avery, Junniper!

La niña avanzó, se sentó y el sombrero cayó sobre sus ojos.

—¡Slytherin! —declaro el sombrero casi al instante.

La mesa de Slytherin aplaudió levemente mientras Junniper se dirigía hacia ella y saludaba a un chico que ya estaba allí.
Claro. La hermana de Julian Avery.

Un alumno más fue llamado antes de que llegara mi turno.

—¡Black, Regulus!

Camino hacia el taburete cuando mencionan mi nombre. El murmullo de la sala se apaga a cada paso. Me siento en el banco y la profesora McGonagall coloca el sombrero sobre mi cabeza, cubriéndome los ojos.

Mmmm… no es tu primera vez aquí, ¿no es así?

Me enderezo en el asiento al escuchar la voz en mi cabeza y aprieto las manos sobre el regazo.

Qué escena tan curiosa. Una pequeña serpiente buscando a qué casa pertenece, cuando nunca ha tenido ninguna.

—Soy de Slytherin —respondo en voz baja, esperando que mencione la casa sin más.

Ohhh… ¿pero lo eres?

La risa resuena dentro de mi mente, no es fuerte, pero se queda. Se clava. Aprieto la mandíbula.

—¿Qué quieres decir?

Ambición. Astucia. Sí, están ahí —concede—. Pero no eres solo eso, pequeño Black, ¿o sí?

Exhalo despacio y trato de ignorarlo. No importaba. Todo esto no era real.

¿Eso esperas? ¿Que no sea real?

No lo es. No es real. Despertaría en San Mungo´s y todo esto sería solo un sueño.

La risa vuelve, más clara.

Para lo inteligente que eres, no se puede negar que también puedes ser idiota. Es divertido que no quieras admitir que sabes que esta es tu realidad ahora.

—¿De qué estás hablando? —murmuro.

Esta es tu realidad. Un cuerpo de once años con una conciencia que ha regresado en el tiempo donde había vivido hasta los dieciocho.

Siento un nudo en el estómago.

—No… no es—

Ciertamente hay mucho de Slytherin en ti —interrumpe—, pero incluso tú deberías saber que repetir el mismo camino sería… imprudente. —continúa el sombrero.

El corazón me golpea el pecho.

—No, espera, ¿qué estás dicien—

Lo mejor será que vayas a…

—¡Ravenclaw! —exclama el sombrero ante todo el comedor.

El sombrero es retirado de mi cabeza. La luz me devuelve el mundo y, en ese instante, mi vida cambia por completo.

El aplauso llenó el comedor, pero me llega amortiguado, como si aun estuviera bajo el agua. Caminé hacia la mesa de Ravenclaw con la espalda recta y la cabeza alta, repitiéndome que debía hacerlo bien, que nadie podía notar el temblor en mis manos.

Las caras a mi alrededor eran desconocidas. Amables, curiosas. No busque a Sirius. Me limité a sentarme, a llevar comida a la boca sin probarla, a asentir cuando alguien me habló. Todo dentro de mí seguía resonando con una sola palabra.

Futuro.

Esa noche, en el dormitorio, me quedé mirando el dosel de la cama mientras las respiraciones ajenas se volvían profundas y regulares. Cada vez que cerraba los ojos, veía el borde del taburete, sentía el peso del sombrero. El corazón no dejaba de golpearme el pecho.

Cuando comprendí que no iba a dormir, supe también a quién debía buscar.

Una vez que observo a mis compañeros ya dormidos en sus camas, me escabullo de la mía con cuidado, procurando no despertar a nadie y evitar preguntas sobre por qué me voy la primera noche.

Bajo a la sala común, donde Pandora ya me espera sentada en uno de los sillones frente a la chimenea. Se pone de pie en cuanto me ve acercarme.

—¿Qué hiciste, Regulus? —pregunta mientras me toma del brazo y me jala para sentarme con ella. Parece nerviosa; se inclina hacia mí apenas me siento, sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca, cálidos, inquietos.

—No sé qué está pasando, Pans —confieso en un hilo de voz—. Voy a volverme loco.

Ella no responde de inmediato. Aprieta mis manos entre las suyas y acerca la frente, obligándome a mirarla.

—Cambiaste algo importante. Se suponía que estarías en Slytherin, yo lo vi —susurra—. ¿Qué sucedió?

Trago saliva. El labio inferior me tiembla y aprieto sus manos de regreso.

—No lo sé —murmuro—. Creo que morí.

Pandora se queda inmóvil un segundo. Luego suelta un jadeo y, sin pensarlo, se sube a mi regazo y me rodea con los brazos. La abrazo también; su cabello me roza la nariz y huele a flores y jabón.

—El sombrero dijo que mi conciencia fue regresada en el tiempo —añado, con la voz apagada.

Ella se separa lo justo para mirarme. Frunce el ceño, curiosa, ladeando la cabeza.

—¿Qué significa eso?

Niego despacio.

—No sé qué se supone que debo hacer ahora.

—¿Moriste? —pregunta, casi en un susurro. Luego añade—. ¿Eres del futuro?

Asiento despacio.

—Eso creo. Es decir… sí. Recuerdo toda una vida hasta los dieciocho. Recuerdo cómo se sintió morir.

La miro a los ojos. Su expresión cambia; aprieta la mandíbula, los ojos le brillan, duros.

—Entonces lo evitaremos —dice—. No pasará esta vez.

—Tú fuiste la que me dijo que no debíamos joder con el tiempo —respondo, esbozando una sonrisa débil.

Ella parpadea.

—No recuerdo haber dicho eso.

—No… bueno, aún no lo has dicho —desvío la mirada hacia el suelo. Mis ojos se quedan en sus calcetines con orejitas de conejo y exhalo despacio.

Pandora sigue mi mirada y vuelve a abrazarme, esta vez con más fuerza.

—No lo dije esta vez —murmura—. No dejaré que vuelva a pasar. Y tú tampoco.
Pandora no se separa enseguida. Permanece así unos segundos más, con la frente apoyada en mi hombro, respirando despacio, como si también estuviera ordenando sus ideas.

—Si esto es real —dice al fin—, entonces lo supiste antes de hoy.

—No quería —admito—. Creí que si ignoraba todo lo suficiente… No sería real.

Ella niega suavemente, apretando un poco más los brazos a mi alrededor.

—Las cosas no desaparecen por ignorarlas, Reg —murmura.

—Tengo miedo —confieso—. No de cambiarlo… sino de hacerlo mal otra vez.

Pandora se aparta lo justo para mirarme. Sus manos siguen firmes en mis brazos.

—Entonces no lo harás solo —dice—. No esta vez.

—Entonces… ¿vamos a joder con el tiempo? —pregunto, bajando la voz.

Pandora sostiene mi mirada un segundo antes de asentir, decidida.

—Vamos a joder con el tiempo —asegura.
 
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