CAPITULO 2
Cuando llegamos a la estación, Sirius intenta alejarse de inmediato, pero nuestro padre apoyó una mano firme sobre su hombro y apretó. Sirius hizo una mueca apenas perceptible.
—Tus primos los esperarán para que se unan a ellos en el vagón —indicó madre, acomodándose los guantes—. Esperaré noticias de ustedes cada semana. Noticias respetables —añadió, con énfasis.
Sirius se burló en silencio, una sonrisa ladeada, pero no dijo nada. Yo miré a madre y asentí.
—Espero buenas notas —continuó, y luego dirigió su atención hacia mí—. Mañana me dirás quiénes son tus compañeros de habitación en Slytherin.
—Sí, madre —respondí.
Levanté mi baúl y ajusté la jaula de la lechuza que me habían comprado la semana anterior en el Callejón Diagon, asegurándome de que no se balanceara.
—¿Podemos irnos ya? —preguntó Sirius, sin molestarse en ocultar su impaciencia.
Madre giró lentamente hacia él.
—No toleraré que traigas vergüenza a esta familia, Sirius. Te alejarás de los traidores de sangre y te relacionarás con la gente adecuada —sentenció.
Sirius sonrió, desafiante.
—Mírame hacerlo.
El agarre de nuestro padre se volvió más fuerte. Sirius giró el rostro para mirarlo.
—Espero que este año te decidas, de una vez por todas, a honrar tu apellido —dijo—. No querrás sufrir las consecuencias de tus actos.
Lo soltó.
—Vayan.
Tomé la mano de Sirius antes de que pudiera responderle y tiré de él en dirección al tren. Con la otra, empujé mi baúl, que levitaba a nuestro lado con la jaula encima.
Sirius nos condujo por los vagones, deteniéndose en algunos para saludar a un par de personas mientras revisaba el interior. Cuando no encontraba lo que buscaba, me arrastraba al siguiente vagón.
No me importó; lo seguí sin quejarme, ignorando todo a mi alrededor. Sirius abrió otra puerta justo cuando yo bostezaba. No había dormido en semanas. Aún no entendía cómo el tiempo podía sentirse tan lento. A veces me preguntaba dónde estaba realmente mi cuerpo. Seguramente no seguía con los inferí; si así fuera, este sueño ya debería haber terminado. ¿Tal vez estaba en San Mungo's, inconsciente por las heridas?
—Finalmente —se quejó Sirius mientras entraba al vagón y me jalaba con él.
Oh. Allí estaba él.
Llevaba el cabello en todas las direcciones, como si tuviera dos remolinos en su cabello peleando entre sí. Sonreía con facilidad mientras miraba a Sirius.
—¡Sirius! — prácticamente se lanzó hacia él en cuanto lo vio entrar, Sirius soltó mi mano y se inclinó hacia adelante, rodeando con los brazos un cuello que conocía demasiado bien. Había pasado mi boca por ese mismo cuello innumerables veces. Luego escuché una risa despreocupada, llena de felicidad, y sentí un nudo apretarse en mi garganta—. No puedo creer que por fin estés aquí, pensé que este verano no iba a terminar nunca.
Su olor me alcanzó al tenerlo tan cerca, y las manos comenzaron a temblarme con la necesidad de alcanzarlo, de encerrarlo contra mi pecho. No podía hacer esto.
El tiempo pasaba rápido y lento al mismo tiempo. Mis ojos se quedaron en el chico frente a mí, tan cerca y tan lejos del que había amado.
Después de intercambiar palabras con Sirius a las que no había prestado atención su atención se centró en mí y sentí que volvía a respirar después de todo este tiempo.
—Hola, soy James —dijo, estirando la mano—. Sirius habló mucho de ti, así que es bueno ponerte cara al fin—. Añadió enseguida, sonriendo en mi dirección.
La miré un segundo antes de estrechar su mano con la mía. Estaba cálida.
—Regulus —saludé, soltándolo enseguida. Enterré las uñas en la palma; el dolor físico siempre funcionaba mejor para olvidar el emocional.
—Vamos, Reggie, siéntate —sonrió Sirius mientras intentaba jalarme al asiento a su lado.
Remus estaba en la esquina junto a la ventana, un libro gastado entre las manos. Una cicatriz le cruzaba el rostro, y había un par más, apenas visibles.
Peter estaba a su lado, un juego de ajedrez sobre las piernas, murmurando mientras movía las piezas contra sí mismo.
Le devolví una sonrisa torpe a Sirius.
—Ah… de hecho, iré a buscar a mis amigos —me excusé, enterrando un poco más las uñas, con cuidado de que no se notara.
No les di tiempo de detenerme. Me despedí de forma vaga y salí del compartimiento con toda la calma que logré reunir. Una vez fuera, jadeé y caminé lo más rápido posible, sin llegar a correr para evitar llamar la atención, hasta encontrar un compartimiento vacío.
Cerré la puerta detrás de mí y me dejé caer al suelo, con las rodillas pegadas al pecho. Las rodeé con los brazos y hundí el rostro entre ellas.
"No sabía que había alguien aquí arriba."
"No tendrías por qué saberlo."
"¿Qué haces, Reggie?"
"No me llames así."
—Mierda… contrólate —murmuré.
El corazón me latía desbocado y las manos me sudaban. Los recuerdos seguían llegando, de una época en la que fui la estrella de un león.
Entonces empecé a contar. Dorcas me había enseñado a calmarme cuando estaba así: comenzaba en cien y retrocedía de siete en siete. Si no bastaba, iniciaba de nuevo en doscientos.
"¿Por qué no vienes conmigo?"
"No voy a irme, Potter."
"Déjame cuidarte."
"No soy Sirius."
—Cien… noventa y tres… ochenta y seis… setenta y nueve…
"¿Qué te hizo ella?"
"Ella no hizo nada."
"Muéstrame el brazo."
—Cincuenta y uno... cuarenta y cuatro... treinta y siete...
Los recuerdos seguían llegando, y yo seguí contando, devolviéndolos a sus cajas: una para los besos, otra para las noches volando en escoba, y al fondo, la más grande de todas.
La caja del día en que me dejó
y corrió a los brazos de la pelirroja Evans.
Entonces conté y seguí contando hasta que perdí la noción del tiempo y todo en lo que podía pensar eran números.
La puerta del compartimiento donde me había escondido se abrió de un tirón. Alcé la mirada y encontré a un chico mirándome fijamente. Jadeaba; el cabello le caía sobre los ojos y las ojeras marcaban su rostro. En cuanto me vio, su cuerpo se relajó.
Lo recordé en el suelo del Ministerio, ahogándose en su propia sangre tras recibir la maldición de un auror.
Recordé cómo, con su último aliento, me pidió que protegiera a su hermana. Que no dejara que Barty hiciera una locura. Le prometí que me cuidaría.
Al final, no había podido cumplir ninguna promesa.
—Hola, Evan —saludé, con un nudo en la garganta.
Su mirada seguía siendo penetrante cuando cruzó la puerta y se dejó caer a mi lado antes de lanzarse hacia mí, enterrando el rostro en mi cuello.
—Oh —solté, sorprendido, con las manos rígidas a los costados.
Empezó a temblar, así que le permití estrujar mi ropa. Su respiración era pesada, desordenada, contra mi piel.
—Gritos —dijo al fin—. Has estado gritando mucho.
Su frente descansó contra mi cuello mientras miraba al suelo.
—Pandora no podía verte.
"Creo que estoy volviéndome loco."
"¿Pensé que ya lo sabías?"
"No dejo de escuchar cosas."
"¿Como fantasmas?"
"Como cosas que aún no han sucedido."
"¿Te refieres al futuro?"
"A veces cosas que ya pasaron… pero yo no estaba allí."
"Eso suena loco."
"Pues joder que suena loco."
—Lo siento, Evan —murmuré.
Al fin lo rodeé con los brazos y enterré el rostro en su cuello. Respiré hondo. Las ganas de llorar me apretaron el pecho.
Entonces, un segundo cuerpo se estrelló contra la puerta y se detuvo de golpe.
—¡Mierda! —exclamó Barty, entrando a trompicones—. Salió corriendo y casi lo pierdo de vista.
Se limpió el sudor de la frente, respirando agitado —Nueva regla —añadió—: no corremos sin dar explicaciones primero.
Evan soltó una pequeña risa antes de suspirar y apartarse. Se sentó frente a mí en el suelo. Barty lo imitó, todavía algo confundido.
—¿Dónde está Pandora? —pregunté, respirando con más calma mientras apoyaba la espalda contra la pared, junto a la ventana.
—Alguien tenía que cuidar el vagón —explicó Barty antes de bostezar y recargarse sobre Evan—. Probablemente deberíamos regresar. Dirá que no es caballeroso dejarla sola.
—No está equivocada —defendió Evan, empujándolo un poco. Barty se rió.
—No dije que lo estuviera.
—Vamos, no hay que hacerla esperar más —ordené mientras empezaba a levantarme.
Una mano rodeó mi muñeca. Alcé la mirada y me encontré con los ojos de Evan.
—¿Estás bien?
Asentí con un suspiro.
—Estoy bien.
—Bien.
Barty nos observó con curiosidad, pero sabiamente no comentó nada. Se levantó después de empujar a Evan una vez más.
—A veces no los entiendo —murmuró entre dientes.
—Oh, Barty, no te preocupes —lo molestó Evan mientras salíamos del vagón y avanzábamos por el pasillo—. Sé que no entiendes muchas cosas.
—Jódete, Evan —respondió con una sonrisa.
Los alcancé y los empujé ligeramente. Barty me devolvió el empujón y me reí.
No me importó tanto tener que mantener las apariencias.
Esto no era real.
Entré al compartimiento detrás de Barty y le sonreí a la rubia cuando giró para mirarme desde su asiento, donde estaba jugando distraídamente con su varita.
—¡Regulus! ¡Ahí estás! —exclamó.
Se levantó de inmediato, me besó la mejilla y me jaló para sentarme a su lado.
—Te voy a mostrar un truco.
—Hola, Pans —saludé.
Abrió su baúl y empezó a sacar cosas sin ningún orden, arrojándolas a un lado mientras buscaba algo en el fondo.
—Uff —se quejó Evan cuando uno de los objetos le dio en el pecho.
Finalmente, Pandora sacó una pequeña maceta.
—Sostén esto —me la tendió mientras volvía a guardar sus pertenencias sin cuidado alguno. Hice una leve mueca ante el desorden—. Herbivicus —dijo, apuntando a la maceta con la varita.
Di un pequeño salto cuando una plantita brotó de la tierra. Apenas un tallo verde.
—¿Te lo enseñó tu madre? —pregunté, observándola con curiosidad.
—Ese y algunos trucos más —respondió Evan mientras empujaba de nuevo al baúl algunos objetos de Pandora—. Lleva todo el verano entusiasmada con Hogwarts.
—El mío igual —murmuró Barty antes de bostezar—. Estaba eufórico por deshacerse de mí.
Le envié una mirada de entendimiento que el devolvió, regresé a mirar a Pandora, que seguía inclinada sobre el baúl.
—¿Tienes algún truco más?
—Pues sí —respondió, señalando la maceta con la varita desde donde estaba agachada.
La maceta dio una sacudida.
—Eh… ¿qué hiciste? —pregunté.
No tuvo tiempo de responder. La planta se retorció de repente y salió disparada hacia arriba. Solté la maceta con un grito ahogado y salí despedido del asiento.
—¿Qué carajo? —jadeó Barty mientras se ponía de pie.
La planta seguía creciendo.
—Mierda, mierda…
Evan tomó a Pandora del brazo y la empujó delante de él, hacia la puerta.
—¿Qué carajo, Pans?
—¡Regs quería ver otro truco! —se excusó ella mientras la sacaban del compartimiento.
—Joder… —cerré la puerta detrás de mí.
La maldita planta no parecía tener intención de detenerse.
—¿Tal vez deberíamos advertir a alguien? —pregunté, sin dirigirme a nadie en particular.
La planta empezó a presionar contra el cristal de la puerta.
No hizo falta avisar a nadie. El alboroto atrajo la atención de los demás compartimientos; algunos se asomaron y salieron huyendo casi de inmediato.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó un prefecto al acercarse. Llevaba una túnica con los bordes amarillos.
—Creo que mi planta se salió de control —suspiró Pandora—. Solo empezó a crecer.
El cristal se rompió con un crujido cuando una rama lo atravesó justo después de que hablara.
Al final, llamaron a alguien más, que logró someter la planta y arreglar el desastre. Tras una breve charla, les permitieron volver a su vagón.
Nadie tuvo el valor de reprender a Pandora después de que se disculpara con la mirada en el suelo.
La pequeña manipuladora.
Una voz retumbó dentro del tren un rato después.
—Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren; será trasladado por separado al colegio.
Poco después, el tren se detuvo en Hogsmeade con un chirrido suave de las vías. Nos levantamos de nuestros asientos mientras el movimiento comenzaba a fluir hacia las puertas.
—¡Estoy tan entusiasmada! —aplaudió Pandora con una sonrisa, tomando la mano de Barty y jalándolo hacia afuera. Él rió sin oponer resistencia.
Sonreí y los seguí, con Evan pisándome los talones. Los alumnos empezaban a bajar de los vagones en pequeños grupos, hablando todos al mismo tiempo.
—¿Estás emocionado? —preguntó Evan al bajar del tren, un segundo después que yo. Más adelante, Pandora iba subida a la espalda de Barty.
—Me gustaría estarlo más —respondí.
Era difícil entusiasmarse cuando no era algo nuevo, pero no lo dije en voz alta.
Evan me observó con atención.
—Creo que necesitamos hablar. ¿Hay algo, verdad?
Asentí y solté un suspiro.
—Mañana.
Pareció aceptar la respuesta mientras caminábamos hacia donde nos llamaban. No había vuelto a ver a Sirius. Tampoco lo había buscado.
—¡Primer año! ¡Los de primer año, por aquí!
El hombre alto —¿Hegard?— nos condujo por un sendero hasta que el castillo apareció a lo lejos. Evan y yo íbamos casi al final del grupo, así que escuchamos primero los murmullos de asombro de los demás.
Observé el lago con un escalofrío y respiré hondo, intentando ignorarlo.
Nos acomodaron en botes para cruzar el agua. Cuando llegamos al frente del grupo, Pandora y Barty nos esperaban con impaciencia.
—Pues sí que se tomaron su tiempo —se quejó Barty antes de subir a un bote, seguido por Evan.
—Siento hacerte esperar, Pans —me disculpé mientras ayudaba a Pandora a subir.
Ella le restó importancia con un gesto.
—Es agradable observar el lago —intenté estar de acuerdo, pero volví a sentir incomodidad al pensar en el lago.
Cuando todos estuvimos en los botes, estos comenzaron a moverse al mismo tiempo, avanzando hacia una cortina de plantas que conducía a un túnel bajo el castillo.
Pandora soltó pequeñas risitas.
—¿Crees que podamos ver un hada? —preguntó.
—Seguro que sí —respondió Evan con una sonrisa.
—Me sorprende que nadie se haya caído al agua —murmuró Barty, decepcionado.
Sonreí, recordando.
—Seguro que alguien se cae.
Apenas bajamos del bote, Barty hizo lo mismo… y tropezó. Cayó de frente al agua. Los más cercanos saltaron hacia atrás para no mojarse, y luego él emergió con un jadeo.
—Eh, ¿estás bien? —preguntó el hombre mientras Barty salía del lago gruñendo.
—Ah, bueno, seguro que la ropa se te seca rápido —añadió sin darle importancia antes de darse la vuelta y guiarnos hacia unas escaleras.
Crucé miradas con Evan y resoplamos al mismo tiempo. Barty volvió a gruñir.
—Ni una palabra de esto.
—Oh, Barty, no te preocupes —dijo Pandora con dulzura—. Leí que es de buena fortuna darse un baño antes de un evento importante.
Evan estalló en carcajadas.
Hegard nos hizo esperar fuera del Gran Comedor mientras llamaba a la puerta. Al cabo de unos segundos, esta se abrió y la profesora McGonagall salió al pasillo, cerrándola tras de sí con un movimiento firme.
—¿Creen que habrá tarta? —preguntó Barty, impaciente, balanceándose ligeramente sobre los talones, había un charco debajo de sus pies.
Antes de que pudiera responderle, la profesora habló y dirigí la mirada hacia ella.
—Bienvenidos a Hogwarts —dijo la profesora McGonagall—. El banquete de comienzo de año se celebrará dentro de poco, pero antes de que ocupéis vuestros lugares en el Gran Comedor deberéis ser seleccionados para vuestras casas.
Su voz resonaba clara y severa en el pasillo silencioso.
—La Selección es una ceremonia muy importante porque, mientras estéis aquí, vuestras casas serán como vuestra familia en Hogwarts. Tendréis clases con el resto de la casa que os toque, dormiréis en sus dormitorios y pasaréis el tiempo libre en la sala común.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Las cuatro casas se llaman Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Cada una tiene su propia noble historia y ha producido notables brujas y magos. Mientras estéis en Hogwarts, vuestros triunfos conseguirán que vuestras casas ganen puntos, y cualquier infracción de las reglas hará que los pierdan. Al finalizar el año, la casa con más puntos será premiada con la Copa de las Casas, un gran honor. Espero que todos seáis un orgullo para la casa que os toque.
Sus ojos recorrieron al grupo con atención.
—La Ceremonia de Selección tendrá lugar dentro de pocos minutos, frente al resto del colegio. Os sugiero que, mientras esperáis, os arregléis lo mejor posible.
Le dedicó una fugaz mirada a Barty y al agua que aún chorreaba de su ropa. Barty levantó el mentón al notarlo.
—Volveré cuando lo tengamos todo listo para la ceremonia. Por favor, esperad tranquilos.
La profesora se retiró y Barty murmuró una maldición por lo bajo.
—No te preocupes —lo consoló Pandora—. Yo secaré tu ropa.
Barty chilló cuando Pandora lo apuntó con su varita y se escondió de inmediato detrás de Evan.
—Ah, no, Pans, no creo que sea necesario —se excusó con nerviosismo.
—Suéltame, Barty —se quejó Evan, intentando apartarse de la dirección en la que apuntaba Pandora.
Barty chilló aún más cuando Evan logró liberarse y salió corriendo, colocándose detrás de mí. Tropecé ligeramente cuando me empujó para esconderse.
Suspiré y miré a Pandora.
—No te preocupes, Pans. Lo arreglaré yo.
Saqué la varita de la manga de mi túnica y tiré suavemente de la ropa de Barty.
—No seas cobarde —le susurré.
Pandora guardó la varita, satisfecha, y se acercó a su hermano.
—Vivir me gusta lo suficiente como para no arriesgarme a ser quemado por mi amiga, la que hace crecer plantas sin control —murmuró Barty, deteniéndose frente a mí.
—Idiota —rodé los ojos.
Él me sacó la lengua y no pude evitar sonreír levemente. Murmuré el hechizo y, al instante, su ropa quedó completamente seca.
—En marcha —dijo una voz aguda—. La Ceremonia de Selección va a comenzar.
La profesora McGonagall había vuelto.
—Ahora formad una hilera y seguidme.
Evan y Pandora se acercaron y juntos caminamos a través de las puertas del Gran Comedor. Los alumnos de las cuatro casas se giraron para observar al grupo de niños de once años con abierta curiosidad.
Nunca me había gustado llamar la atención. Aquello me hizo sentir incómodo al instante.
Dirigí la mirada hacia la cabecera del Gran Comedor y me obligué a no reaccionar al encontrar a Dumbledore observándonos con interés. Aparté la vista rápidamente.
La profesora nos hizo formar una fila a espaldas de la mesa de profesores. A su lado, sobre un taburete, descansaba el sombrero.
Un movimiento llamó mi atención y giré el rostro hacia la mesa de Gryffindor. Sirius agitaba la mano mientras empujaba con el codo a James, que parecía demasiado ocupado hablando con la pelirroja.
Suspiré y regresé la mirada a la profesora McGonagall, que ahora sostenía un pergamino.
El sombrero se movió y una rasgadura se abrió en el borde antes de que comenzara a cantar.
Oh, no te rías de mis costuras
ni de mi forma irregular,
he visto siglos pasar sentados
sobre cabezas como la tuya, ¿qué tal?
He oído sueños, miedos y promesas,
secretos que no dijiste jamás.
Antes de que abras bien los ojos,
yo ya sé quién eres en realidad.
No hay pensamiento que se me escape,
ni deseo que puedas esconder,
ponme y escucha con atención:
tu lugar está a punto de nacer.
Si tu corazón arde con fuego,
sí enfrentas el miedo sin mirar atrás,
Gryffindor abre sus puertas
a quienes se atreven a luchar.
Si valoras la lealtad sincera,
el esfuerzo diario y la verdad,
Hufflepuff será tu casa,
donde el trabajo es orgullo y paz.
Si tu mente busca preguntas,
si aprender es tu mayor placer,
Ravenclaw te espera en lo alto,
donde pensar es un deber.
Y si la ambición guía tus pasos,
si sabes cuándo actuar y esperar,
en Slytherin hallarás aliados
que no temen ganar para avanzar.
Así que acércate, no dudes más,
no muerdo… aunque podría intentar.
Confía en mí, pequeño aprendiz,
que yo te diré dónde empezar.
Porque no soy solo un sombrero viejo,
ni una canción sin razón:
soy la voz que elige destinos,
soy Hogwarts hablando en tu corazón.
El comedor estalló en aplausos y algunos silbidos provenientes de la mesa de Gryffindor. Pandora se rió delante de mí, balanceándose sobre las puntas de los pies y luego sobre los talones.
—Cuando yo os llame, deberéis poneros el sombrero y sentaros en el taburete para que os seleccionen —dijo la profesora McGonagall—. ¡Avery, Junniper!
La niña avanzó, se sentó y el sombrero cayó sobre sus ojos.
—¡Slytherin! —declaro el sombrero casi al instante.
La mesa de Slytherin aplaudió levemente mientras Junniper se dirigía hacia ella y saludaba a un chico que ya estaba allí.
Claro. La hermana de Julian Avery.
Un alumno más fue llamado antes de que llegara mi turno.
—¡Black, Regulus!
Camino hacia el taburete cuando mencionan mi nombre. El murmullo de la sala se apaga a cada paso. Me siento en el banco y la profesora McGonagall coloca el sombrero sobre mi cabeza, cubriéndome los ojos.
Mmmm… no es tu primera vez aquí, ¿no es así?
Me enderezo en el asiento al escuchar la voz en mi cabeza y aprieto las manos sobre el regazo.
Qué escena tan curiosa. Una pequeña serpiente buscando a qué casa pertenece, cuando nunca ha tenido ninguna.
—Soy de Slytherin —respondo en voz baja, esperando que mencione la casa sin más.
Ohhh… ¿pero lo eres?
La risa resuena dentro de mi mente, no es fuerte, pero se queda. Se clava. Aprieto la mandíbula.
—¿Qué quieres decir?
Ambición. Astucia. Sí, están ahí —concede—.
Pero no eres solo eso, pequeño Black, ¿o sí?
Exhalo despacio y trato de ignorarlo. No importaba. Todo esto no era real.
¿Eso esperas? ¿Que no sea real?
No lo es. No es real. Despertaría en San Mungo´s y todo esto sería solo un sueño.
La risa vuelve, más clara.
Para lo inteligente que eres, no se puede negar que también puedes ser idiota. Es divertido que no quieras admitir que sabes que esta es tu realidad ahora.
—¿De qué estás hablando? —murmuro.
Esta es tu realidad. Un cuerpo de once años con una conciencia que ha regresado en el tiempo donde había vivido hasta los dieciocho.
Siento un nudo en el estómago.
—No… no es—
Ciertamente hay mucho de Slytherin en ti —interrumpe—,
pero incluso tú deberías saber que repetir el mismo camino sería… imprudente. —continúa el sombrero.
El corazón me golpea el pecho.
—No, espera, ¿qué estás dicien—
Lo mejor será que vayas a…
—¡Ravenclaw! —exclama el sombrero ante todo el comedor.
El sombrero es retirado de mi cabeza. La luz me devuelve el mundo y, en ese instante, mi vida cambia por completo.
El aplauso llenó el comedor, pero me llega amortiguado, como si aun estuviera bajo el agua. Caminé hacia la mesa de Ravenclaw con la espalda recta y la cabeza alta, repitiéndome que debía hacerlo bien, que nadie podía notar el temblor en mis manos.
Las caras a mi alrededor eran desconocidas. Amables, curiosas. No busque a Sirius. Me limité a sentarme, a llevar comida a la boca sin probarla, a asentir cuando alguien me habló. Todo dentro de mí seguía resonando con una sola palabra.
Futuro.
Esa noche, en el dormitorio, me quedé mirando el dosel de la cama mientras las respiraciones ajenas se volvían profundas y regulares. Cada vez que cerraba los ojos, veía el borde del taburete, sentía el peso del sombrero. El corazón no dejaba de golpearme el pecho.
Cuando comprendí que no iba a dormir, supe también a quién debía buscar.
Una vez que observo a mis compañeros ya dormidos en sus camas, me escabullo de la mía con cuidado, procurando no despertar a nadie y evitar preguntas sobre por qué me voy la primera noche.
Bajo a la sala común, donde Pandora ya me espera sentada en uno de los sillones frente a la chimenea. Se pone de pie en cuanto me ve acercarme.
—¿Qué hiciste, Regulus? —pregunta mientras me toma del brazo y me jala para sentarme con ella. Parece nerviosa; se inclina hacia mí apenas me siento, sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca, cálidos, inquietos.
—No sé qué está pasando, Pans —confieso en un hilo de voz—. Voy a volverme loco.
Ella no responde de inmediato. Aprieta mis manos entre las suyas y acerca la frente, obligándome a mirarla.
—Cambiaste algo importante. Se suponía que estarías en Slytherin, yo lo vi —susurra—. ¿Qué sucedió?
Trago saliva. El labio inferior me tiembla y aprieto sus manos de regreso.
—No lo sé —murmuro—. Creo que morí.
Pandora se queda inmóvil un segundo. Luego suelta un jadeo y, sin pensarlo, se sube a mi regazo y me rodea con los brazos. La abrazo también; su cabello me roza la nariz y huele a flores y jabón.
—El sombrero dijo que mi conciencia fue regresada en el tiempo —añado, con la voz apagada.
Ella se separa lo justo para mirarme. Frunce el ceño, curiosa, ladeando la cabeza.
—¿Qué significa eso?
Niego despacio.
—No sé qué se supone que debo hacer ahora.
—¿Moriste? —pregunta, casi en un susurro. Luego añade—. ¿Eres del futuro?
Asiento despacio.
—Eso creo. Es decir… sí. Recuerdo toda una vida hasta los dieciocho. Recuerdo cómo se sintió morir.
La miro a los ojos. Su expresión cambia; aprieta la mandíbula, los ojos le brillan, duros.
—Entonces lo evitaremos —dice—. No pasará esta vez.
—Tú fuiste la que me dijo que no debíamos joder con el tiempo —respondo, esbozando una sonrisa débil.
Ella parpadea.
—No recuerdo haber dicho eso.
—No… bueno, aún no lo has dicho —desvío la mirada hacia el suelo. Mis ojos se quedan en sus calcetines con orejitas de conejo y exhalo despacio.
Pandora sigue mi mirada y vuelve a abrazarme, esta vez con más fuerza.
—No lo dije esta vez —murmura—. No dejaré que vuelva a pasar. Y tú tampoco.
Pandora no se separa enseguida. Permanece así unos segundos más, con la frente apoyada en mi hombro, respirando despacio, como si también estuviera ordenando sus ideas.
—Si esto es real —dice al fin—, entonces lo supiste antes de hoy.
—No quería —admito—. Creí que si ignoraba todo lo suficiente… No sería real.
Ella niega suavemente, apretando un poco más los brazos a mi alrededor.
—Las cosas no desaparecen por ignorarlas, Reg —murmura.
—Tengo miedo —confieso—. No de cambiarlo… sino de hacerlo mal otra vez.
Pandora se aparta lo justo para mirarme. Sus manos siguen firmes en mis brazos.
—Entonces no lo harás solo —dice—. No esta vez.
—Entonces… ¿vamos a joder con el tiempo? —pregunto, bajando la voz.
Pandora sostiene mi mirada un segundo antes de asentir, decidida.
—Vamos a joder con el tiempo —asegura.