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PROLOGO
Manos me agarraron de las piernas, de los brazos, de cada trozo de piel que podían encontrar. Me sacudía con toda la fuerza que tenía, mordía, arañaba, daba puñetazos, cualquier cosa para que me soltaran. Un gruñido se me escapaba de la garganta mientras les lanzaba insultos a las otras chicas, todas un poco mayores que yo.
Alguien me aplastó un trapo contra la boca. Mis gritos se volvieron un ruido ahogado. Moví la cabeza de un lado a otro, intentando evitar que lo anudaran, pero fue inútil. Me arrastraron fuera de la habitación, dejando atrás a la otra chica, la que lloraba en los brazos de una de las Madames. No me importaba su nombre. La vi con la mano en la mejilla, donde mis uñas la habían lastimado. Dos finos cortes sangraban y la piel ya se le hinchaba.
—¡Basta, detente! —se quejó una de ellas cuando le metí un codazo en el estómago.
Me llevaron al armario. Me lanzaron al interior y la puerta se cerró de un golpe antes de que pudiera darme la vuelta y escapar. Escuché dos pares de pasos alejándose mientras me quitaba el trapo de la boca. Empecé a aporrear la madera con las manos, a golpearla, a intentar abrirla a la fuerza.
—¡Sáquenme de aquí! —escuché un suspiro cansado al otro lado. Solté un gruñido de rabia. Cuando saliera de aquí, me vengaría. De esas tres y de la Madame. Se lo prometí.
—Uno pensaría que después de una docena de veces encerrada aquí, aprenderías a portarte mejor —murmuró la misma voz desde afuera, llena de hastío.
—¡Putas! ¡Todas son putas! —grité a la puerta cerrada, golpeándola con los puños y pateándola hasta que el armario entero temblaba.
—Todas lo somos o lo seremos, no te equivoques, niña —dijo la voz, y luego escuché sus pasos alejándose.
Dejé de golpear. Era inútil. Solo me sacarían cuando estuviera tranquila. Me acurruqué en un rincón, envolviendo las rodillas con mis brazos.
Una delgada raya de luz se colaba entre las maderas y dio en mis dedos. Vi un pequeño destello rojo bajo mis uñas. Me lamí la sangre seca mientras imaginaba a la otra chica llorando. Esperaba que mis marcas dejaran cicatriz. Quería que se quedaran allí para siempre.
Unos días después, la volví a ver. Dos finas líneas todavía cruzaban su mejilla. Y no se fueron. Sonreí.
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