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Se dice que finalmente el planeta se volvió tóxico después de tanta contaminación, que el aire se volvió veneno de la noche a la mañana, que el mundo se lleno de gritos cuando la gente dejó de respirar y caía al suelo muerta.
Nunca respire el aire limpio y puro, ya era veneno cuando nací en una casa con ventanas cerradas y un sistema que mantenía el aire fuera, dejándonos con uno artificial.
Durante veinte años he respirado a través de un tubo de plástico y mentiras.
La máscara me salvó de morir por el aire, pero no me protegió del otro veneno. El que se filtra por los poros. El que se disfraza de órdenes. El que te hace creer que matar es un sacrificio noble si lo haces por amor.
Nacida en un sistema donde sobrevivía el más fuerte y el resto era arrojado a la borda.
Yo maté por amor.
Y me convertí en lo que más odiaba.
Una herramienta con forma de persona.
Porque ellos…
Ellos tenían a Maia.
Mi hermana.
Mi flor en el barro.
Nueve años menor, con una voz que aún me retumba en la cabeza y salud frágil, cantando tonadas de antes del colapso. Nunca dejó de cantar. Ni cuando teníamos hambre. Ni cuando temblábamos por el frío reciclado en los refugios. Ni cuando papá dejó de moverse y nos atrapó un grupo criminal sin moral y que no temía en usar las vidas de los demás.
Ella solo sonreía y me decía:
— Cuando el aire se limpie, vamos a volar.
No podía permitir que la tocaran.
Así que obedecí. Espiaba. Mentía. Y mataba.
Pero cuando pedí verla una noche, dijeron que estaba enferma.
Que el filtro habia fallado y debía concentrarme en mi misión.
Supe que era una mentira.
Lo sentí como una puñalada en el alma.
Así que me colé en los pasillos del ala médica.
Me descubrieron antes de llegar.
Ni siquiera grité. El primer golpe me dejó sin aliento.
Una bota me aplastó el pecho y sentí cómo algo se partía dentro. Tal vez una costilla. Tal vez mi voluntad.
Traté de levantarme, pero una mano me sujetó del cabello y me tiró hacia atrás, mi cabeza chocó contra el suelo metálico con un ruido sordo. Me zumbaban los oídos. La sangre ya me bajaba por la nariz.
— ¿A dónde creías que ibas, perra? — escupió uno.
Y entonces, sin aviso, la punta de su bota se estampó contra mi rostro.
Un crujido asqueroso.
Mi nariz se partió en dos direcciones.
Todo se volvió rojo. Rojo dentro de mis ojos. Rojo en mis labios. Rojo en mi garganta.
El dolor era tan agudo que por un segundo creí que iba a vomitar.
Me tapé la cara por instinto, pero eso solo los hizo reír.
Una patada más me dobló el cuerpo. Sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones como una súplica rota.
—¿Quieres ver a tu hermanita tanto? — susurró otro, con una voz que me heló la piel — Te la mostraremos. A ver si sigues tan fiel después de esto.
Me sujetaron de los brazos, arrastrándome por el pasillo como un trozo de basura.
La máscara colgaba torcida de mi rostro. Respiraba con dificultad, tragando aire viciado por las ranuras. Me dolía cada parte del cuerpo, pero lo único que importaba era verla. A Maia. Que estuviera bien. Que estuviera viva.
Cada paso hacia esa puerta fue una tortura.
Pero no se comparó a lo que vino después.
La puerta se abrió con un chirrido metálico que pareció más un lamento que un sonido.
El olor me golpeó primero: desinfectante barato, sangre seca… y algo más. Algo que reconocí sin querer reconocer.
Uno de los soldados me tiró al suelo como a un perro enfermo. Me sujeté del marco para no desmayarme. El mareo me nublaba la vista, la sangre de mi nariz seguía goteando sobre el piso blanco.
— Ahí la tienes. — La voz sonaba satisfecha. Como si acabara de darme un regalo.
Al principio, no la vi.
Mi vista estaba borrosa.
Me arrastré. El aire escaseaba en mis pulmones. Cada respiración era un rugido dentro de mi pecho.
Y entonces la vi.
Ella.
Mi niña.
Estaba en una camilla.
Tan pequeña…
Tan quieta.
Sus brazos colgaban a los lados como si se hubieran rendido.
No tenía máscara.
Su boca estaba entreabierta, la piel de sus labios seca, agrietada, azul.
Tenía hematomas por todo el rostro, un corte en la ceja, la mejilla hinchada.
Y su cuello…
No.
No puede ser.
Una línea perfecta.
Delgada y cruel.
Justo debajo de su barbilla.
Abierta.
Silencio.
Mi mente se rompió en miles de fragmentos. No pensé, no lloré. No existía.
Me lancé sobre ella, temblando, abrazándola. Estaba fría.
Tan fría que mi piel ardía al tocarla.
— No, no, no… — murmuré contra su cabello — Estoy aquí, Maia… ya estoy… aquí…
La apreté contra mi pecho como si pudiera devolverle el calor. Como si pudiera devolverle el alma.
Le acaricié el rostro.
Le cerré los ojos con los dedos llenos de sangre.
La mecí.
Como cuando era niña y tenía fiebre.
Y luego grité.
Un grito desde las entrañas.
Uno que no sonó humano.
Uno que retumbó en las paredes de la habitación y en el alma de los que estaban presentes.
Un grito que no era solo de dolor, sino de ruptura.
— ¡¿Por qué?! — rugí, con la garganta rasgada — ¡¿Por qué a ella?!
— ¡Yo hice todo! ¡Todo lo que me pidieron! ¡Todo! ¡Ella no… ella no…!
Me agarré el cabello, me rasgué el pecho, sentí cómo mi cuerpo quería desgarrarse desde dentro.
—¡Devuélvanmela! ¡Devuelvanmela!
No hubo respuesta.
Ninguna que importara.
Solo risas.
Pasos alejándose.
Y el sonido de un alma rompiéndose en la penumbra.
Tiempo después la dejé en la camilla con manos temblorosas, cerrándole el abrigo roto sobre el pecho. Mi hermana… mi única razón.
Y me la arrebataron.
Algo dentro de mí se apagó.
No, no se apagó.
Se quebró… y luego ardió.
Esperé mi momento.
Y cuando llegó…
Fui pura venganza.
Me escabullí en la oscuridad, aún sangrando, aún rota, pero con los ojos fijos en sus cuellos.
Silenciosa.
Letal.
No necesitaba órdenes. Ni redención.
Primero, al carcelero. Le corté la garganta con su propio cuchillo.
Después, al oficial. Lo asfixié con su máscara mientras me suplicaba.
Uno a uno, hasta que sus cuerpos llenaron el suelo como sombras derramadas.
No recé. No titubeé.
La máscara de mi hermana estaba colgada en la pared.
La tomé. La limpié.
Me la puse.
Salí al exterior mientras las alarmas aún sonaban, los rostros aún marcados de horror.
Crucé las puertas rotas, los cuerpos, la sangre, la ruina.
El amanecer me recibió como si no supiera que era demasiado tarde.
El cielo, teñido de púrpura.
Me quité la máscara.
Respiré.
Me ardió la garganta.
Sangraron mis encías.
Mis pulmones suplicaron.
Pero no me detuve.
—Voy contigo, Maia —susurré.
Y sonreí mientras todo se oscurecía.
Por fin, libres.
Nunca respire el aire limpio y puro, ya era veneno cuando nací en una casa con ventanas cerradas y un sistema que mantenía el aire fuera, dejándonos con uno artificial.
Durante veinte años he respirado a través de un tubo de plástico y mentiras.
La máscara me salvó de morir por el aire, pero no me protegió del otro veneno. El que se filtra por los poros. El que se disfraza de órdenes. El que te hace creer que matar es un sacrificio noble si lo haces por amor.
Nacida en un sistema donde sobrevivía el más fuerte y el resto era arrojado a la borda.
Yo maté por amor.
Y me convertí en lo que más odiaba.
Una herramienta con forma de persona.
Porque ellos…
Ellos tenían a Maia.
Mi hermana.
Mi flor en el barro.
Nueve años menor, con una voz que aún me retumba en la cabeza y salud frágil, cantando tonadas de antes del colapso. Nunca dejó de cantar. Ni cuando teníamos hambre. Ni cuando temblábamos por el frío reciclado en los refugios. Ni cuando papá dejó de moverse y nos atrapó un grupo criminal sin moral y que no temía en usar las vidas de los demás.
Ella solo sonreía y me decía:
— Cuando el aire se limpie, vamos a volar.
No podía permitir que la tocaran.
Así que obedecí. Espiaba. Mentía. Y mataba.
Pero cuando pedí verla una noche, dijeron que estaba enferma.
Que el filtro habia fallado y debía concentrarme en mi misión.
Supe que era una mentira.
Lo sentí como una puñalada en el alma.
Así que me colé en los pasillos del ala médica.
Me descubrieron antes de llegar.
Ni siquiera grité. El primer golpe me dejó sin aliento.
Una bota me aplastó el pecho y sentí cómo algo se partía dentro. Tal vez una costilla. Tal vez mi voluntad.
Traté de levantarme, pero una mano me sujetó del cabello y me tiró hacia atrás, mi cabeza chocó contra el suelo metálico con un ruido sordo. Me zumbaban los oídos. La sangre ya me bajaba por la nariz.
— ¿A dónde creías que ibas, perra? — escupió uno.
Y entonces, sin aviso, la punta de su bota se estampó contra mi rostro.
Un crujido asqueroso.
Mi nariz se partió en dos direcciones.
Todo se volvió rojo. Rojo dentro de mis ojos. Rojo en mis labios. Rojo en mi garganta.
El dolor era tan agudo que por un segundo creí que iba a vomitar.
Me tapé la cara por instinto, pero eso solo los hizo reír.
Una patada más me dobló el cuerpo. Sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones como una súplica rota.
—¿Quieres ver a tu hermanita tanto? — susurró otro, con una voz que me heló la piel — Te la mostraremos. A ver si sigues tan fiel después de esto.
Me sujetaron de los brazos, arrastrándome por el pasillo como un trozo de basura.
La máscara colgaba torcida de mi rostro. Respiraba con dificultad, tragando aire viciado por las ranuras. Me dolía cada parte del cuerpo, pero lo único que importaba era verla. A Maia. Que estuviera bien. Que estuviera viva.
Cada paso hacia esa puerta fue una tortura.
Pero no se comparó a lo que vino después.
La puerta se abrió con un chirrido metálico que pareció más un lamento que un sonido.
El olor me golpeó primero: desinfectante barato, sangre seca… y algo más. Algo que reconocí sin querer reconocer.
Uno de los soldados me tiró al suelo como a un perro enfermo. Me sujeté del marco para no desmayarme. El mareo me nublaba la vista, la sangre de mi nariz seguía goteando sobre el piso blanco.
— Ahí la tienes. — La voz sonaba satisfecha. Como si acabara de darme un regalo.
Al principio, no la vi.
Mi vista estaba borrosa.
Me arrastré. El aire escaseaba en mis pulmones. Cada respiración era un rugido dentro de mi pecho.
Y entonces la vi.
Ella.
Mi niña.
Estaba en una camilla.
Tan pequeña…
Tan quieta.
Sus brazos colgaban a los lados como si se hubieran rendido.
No tenía máscara.
Su boca estaba entreabierta, la piel de sus labios seca, agrietada, azul.
Tenía hematomas por todo el rostro, un corte en la ceja, la mejilla hinchada.
Y su cuello…
No.
No puede ser.
Una línea perfecta.
Delgada y cruel.
Justo debajo de su barbilla.
Abierta.
Silencio.
Mi mente se rompió en miles de fragmentos. No pensé, no lloré. No existía.
Me lancé sobre ella, temblando, abrazándola. Estaba fría.
Tan fría que mi piel ardía al tocarla.
— No, no, no… — murmuré contra su cabello — Estoy aquí, Maia… ya estoy… aquí…
La apreté contra mi pecho como si pudiera devolverle el calor. Como si pudiera devolverle el alma.
Le acaricié el rostro.
Le cerré los ojos con los dedos llenos de sangre.
La mecí.
Como cuando era niña y tenía fiebre.
Y luego grité.
Un grito desde las entrañas.
Uno que no sonó humano.
Uno que retumbó en las paredes de la habitación y en el alma de los que estaban presentes.
Un grito que no era solo de dolor, sino de ruptura.
— ¡¿Por qué?! — rugí, con la garganta rasgada — ¡¿Por qué a ella?!
— ¡Yo hice todo! ¡Todo lo que me pidieron! ¡Todo! ¡Ella no… ella no…!
Me agarré el cabello, me rasgué el pecho, sentí cómo mi cuerpo quería desgarrarse desde dentro.
—¡Devuélvanmela! ¡Devuelvanmela!
No hubo respuesta.
Ninguna que importara.
Solo risas.
Pasos alejándose.
Y el sonido de un alma rompiéndose en la penumbra.
Tiempo después la dejé en la camilla con manos temblorosas, cerrándole el abrigo roto sobre el pecho. Mi hermana… mi única razón.
Y me la arrebataron.
Algo dentro de mí se apagó.
No, no se apagó.
Se quebró… y luego ardió.
Esperé mi momento.
Y cuando llegó…
Fui pura venganza.
Me escabullí en la oscuridad, aún sangrando, aún rota, pero con los ojos fijos en sus cuellos.
Silenciosa.
Letal.
No necesitaba órdenes. Ni redención.
Primero, al carcelero. Le corté la garganta con su propio cuchillo.
Después, al oficial. Lo asfixié con su máscara mientras me suplicaba.
Uno a uno, hasta que sus cuerpos llenaron el suelo como sombras derramadas.
No recé. No titubeé.
La máscara de mi hermana estaba colgada en la pared.
La tomé. La limpié.
Me la puse.
Salí al exterior mientras las alarmas aún sonaban, los rostros aún marcados de horror.
Crucé las puertas rotas, los cuerpos, la sangre, la ruina.
El amanecer me recibió como si no supiera que era demasiado tarde.
El cielo, teñido de púrpura.
Me quité la máscara.
Respiré.
Me ardió la garganta.
Sangraron mis encías.
Mis pulmones suplicaron.
Pero no me detuve.
—Voy contigo, Maia —susurré.
Y sonreí mientras todo se oscurecía.
Por fin, libres.