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[Thalassara] La Corona del Mar

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"Quien contempla Thalassara desde el horizonte comprende por qué los dioses eligieron el mar para reflejar el cielo."
— Inscripción grabada en el Anfiteatro de las Mareas​


Entre todas las ciudades de Heliomara, ninguna es tan célebre ni tan admirada como Thalassara, conocida por poetas, navegantes y mercaderes como la Corona del Mar. Situada sobre una inmensa bahía natural de aguas profundas y protegida por elevados acantilados de mármol blanco, la ciudad se alza como el mayor puerto del occidente de Aetherion y uno de los centros culturales más importantes del continente.

Sus calles descienden en amplias terrazas hacia el mar, formando un espectáculo arquitectónico que muchos consideran una obra digna de los propios dioses. Desde la distancia, los tejados blancos y los templos coronados por estatuas doradas parecen emerger directamente de las aguas, como si la ciudad hubiera sido esculpida por las manos de Poseidón y Atenea en un esfuerzo conjunto.

Durante decadas, Thalassara ha servido como punto de encuentro entre innumerables pueblos. Mercaderes procedentes de Skarðheim, exploradores del sur, emisarios de imperios lejanos y sabios de Atlantis han convertido sus muelles en uno de los lugares más cosmopolitas de toda Heliomara. Se dice que ningún idioma es extranjero en sus mercados y que ninguna mercancía es imposible de encontrar si se dispone del oro suficiente.

Sin embargo, la verdadera grandeza de Thalassara no reside únicamente en su riqueza, sino en su papel como puente entre dos civilizaciones.

Aunque la ciudad pertenece oficialmente a Heliomara, un antiguo tratado firmado hace generaciones estableció una administración compartida con Atlantis. Desde entonces, Thalassara es gobernada por dos poderes complementarios: el Consejo de Arcontes, encargado de las leyes, la defensa y la administración de la ciudad, y el Círculo de Navegantes, compuesto por representantes atlantes que supervisan las rutas marítimas, la diplomacia oceánica y el intercambio de conocimientos navales.

Este delicado equilibrio ha convertido a Thalassara en una ciudad de alianzas, debates e intrigas constantes. Ninguna decisión importante puede aprobarse sin el consenso de ambas instituciones, lo que ha dado origen a una cultura política sofisticada donde la palabra suele ser tan poderosa como la espada.

Pero incluso entre todas las maravillas de la ciudad existe una que eclipsa a las demás.
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Elevándose sobre una península que se adentra en la bahía se encuentra el legendario Anfiteatro de las Mareas, una de las construcciones más impresionantes de toda Aetherion. Sus enormes velas de mármol blanco emergen desde el agua como si fueran las alas petrificadas de criaturas celestiales. Durante el día reflejan la luz del sol hasta iluminar gran parte del puerto; durante la noche parecen lunas flotando sobre el mar.

Allí se representan tragedias y epopeyas, se celebran festivales religiosos, se proclaman leyes y se reciben embajadores extranjeros. Filósofos, músicos, poetas y oráculos consideran un honor incomparable poder actuar bajo sus cúpulas. Entre los heliomarenses existe un dicho popular: "Nadie ha conocido verdaderamente la belleza hasta escuchar una canción en el Anfiteatro de las Mareas."

La vida cotidiana de Thalassara gira alrededor de sus puertos y mercados. Los llamados Mercados Escalonados ocupan distintos niveles de la ciudad. Las terrazas inferiores, próximas al mar, albergan mercancías exóticas llegadas de todo el mundo; las superiores están reservadas para artesanos, filósofos, joyeros y comerciantes de prestigio. En las alturas, cerca de los templos y edificios gubernamentales, residen las familias más influyentes de la ciudad.

Entre las estructuras más reconocidas destacan también los Faros Cantores, enormes torres de mármol construidas sobre los extremos de la bahía. Cuando los vientos marinos atraviesan sus galerías interiores producen melodías profundas y armónicas que pueden escucharse a kilómetros de distancia. Los marineros afirman que dichas canciones son mensajes de los dioses y consideran un buen presagio oírlas antes de zarpar.

Al norte del distrito portuario se extienden los famosos Jardines Suspendidos de Nereia, un conjunto de terrazas cubiertas por olivos, laureles y flores marinas. Sus senderos serpentean entre fuentes y columnas antiguas, convirtiéndolos en uno de los lugares más visitados por enamorados, artistas y pensadores.

Más enigmática resulta la Biblioteca Oceánica, una inmensa colección de mapas, tratados filosóficos y conocimientos marítimos. Parte de la estructura se encuentra sumergida bajo el agua, conectada mediante cámaras selladas y corredores de cristal. Sus archivos contienen documentos atlantes cuya antigüedad supera la memoria de muchos reinos.

Y aun así, ninguna maravilla despierta tanta curiosidad como el secreto oculto bajo el Anfiteatro de las Mareas.

Según antiguos relatos, una enorme puerta sellada descansa en las profundidades bajo sus cimientos. Los registros atlantes afirman que conduce hacia ruinas mucho más antiguas que Atlantis, vestigios de una civilización desaparecida antes de que los dioses actuales caminaran entre los mortales. Ninguna expedición ha logrado regresar con respuestas concluyentes, y las pocas que lo intentaron desaparecieron sin dejar rastro.

Sea cual sea la verdad, los habitantes de Thalassara continúan observando el mar con la misma fascinación que sus ancestros. Porque en esta ciudad, donde la filosofía se encuentra con el comercio y donde la sabiduría de Atlantis convive con el orgullo de Heliomara, todos comprenden una verdad fundamental:

El mar siempre guarda más secretos de los que revela.


 

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Sa Horus Sahure, Qen Shemsu-Nebu (Lvl. 04)


Después de viajar durante un par de semanas, finalmente llegamos a un camino transitado por cientos de personas, tanto de día como de noche. Y, sin embargo, me sentí tan indefenso como en aquellas rutas completamente vacías donde solo el viento parecía acompañarnos. La diferencia era que, ahora, el peligro no venía del silencio, sino de la multitud.

Debía asegurarme de que nadie se acercara demasiado, de que ninguna mano curiosa rozara mis pertenencias, de que ningún ladrón con más hambre que honor decidiera que lo que llevaba encima merecía cambiar de dueño. Fue entonces cuando, honestamente, extrañé a mis sirvientes. No por sentimentalismo, desde luego, sino porque ellos habrían cargado mis cosas mientras yo me limitaba a llevar mi lanza, como debía ser.

Aunque, para ser sincero, incluso eso último empezaba a parecerme una carga innecesaria. Poco a poco, ya estaba pensando en alguna forma de asegurarme de que tampoco tuviera que llevarla conmigo todo el tiempo.

Una semana más de viaje, y aquel camino por fin nos condujo a la razón por la cual había tanta gente avanzando en la misma dirección: Thalassara.

La ciudad sobre la que había leído. La ciudad que me había interesado no solo por su importancia comercial, sino por todo lo que representaba en términos de cultura, influencia y poder. Si necesitaba apoyo de mi tierra, allí lo encontraría. No pensaba regresar, claro. Pero quizá sí podía pedir unas cuantas cosas.

Además, Thalassara también sería la clave para decidir hacia dónde demonios ir y qué demonios hacer después. Porque, a diferencia de los otros dos, parecía que yo era el único con algo parecido a un norte.

Cuando, finalmente, un mes después de que los tres nos juntáramos —y después de haber aprendido más cosas personales sobre ellos de las que probablemente habría querido admitir—, divisamos desde el lado de tierra las grandes murallas blancas de Thalassara.

Eran magníficas.

Se alzaban con una belleza casi insolente, coronadas por hermosas estatuas talladas sobre la piedra, adornadas con destellos de oro que atrapaban la luz del sol como si la ciudad tuviera derecho a reclamarla para sí. Era realmente digna de la fama que había leído sobre ella. Y, por el mero hecho de ser tan hermosa, me recordó a mi tierra. A mi hogar.

Aunque su arquitectura era completamente distinta, había algo en su grandeza, en su pulcritud, en esa forma de imponer respeto sin necesidad de levantar la voz, que me resultó dolorosamente familiar.

Mientras avanzábamos en la fila para entrar, volteé hacia mis dos acompañantes.

—¿Y qué tal? Mi plan ahora ya se ve mejor, aun si tardamos tanto, ¿no?

Lo dije con la intención de hacerlos reír, o al menos de romper un poco el hielo que el cansancio había dejado entre nosotros. En realidad, no me importaba demasiado lo que pensaran. Si no daban ideas, tendrían que atenerse a las mías. Y si tampoco les gustaban mis ideas, incluso después de no aportar ninguna, siempre podían marcharse.

Por ahora, ese no era el caso.​


 
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[Myra Hrafn (Lvl. 03)]
[Raza: Humana (Deepest Soul)]

Viajar acompañada era... curioso.

Porque ninguno de ellos era como mi hogar, no se parecían en nada al día a día que vivía con los viejos elfos, ni cuando iba al pueblo de Havnskeld por una razón u otra, era clara la diferencia cultural, he incluso, entre ellos mismos las diferencias eran muy marcadas.

Eso irremediablemente me tiró una fuerte curiosidad, una que hizo que en más de una ocasión tanto Sahure como Feanor notaran que les preguntaba cosas, cosas que quiza para nadie importaba, pero que yo soltaba como quien suelta que el día esta lloviendo: como era el paisaje donde vivieron, que les gustaba de comidas, arte, animales, si extrañaban a alguien en casa.

Hice lo posible por que durante nuestro viaje las preguntas no fueran de golpe, ocasionalmente tirándolas por aquí y por allá, todo mezclado con el hecho de que ponía especial atención a sus mañas, sus actitudes naturales... como Feanor parecía tender a enfrascarse cuando algo le llamaba lo suficiente la atención, a un nivel obsesivo que hasta podía entenderlo, pero tenía una feroz pasión orgullosa detrás también, y como Saheru era... todo en él parecía haber sido de alguien que fue criado para ser considerado importante, era absurdo, pero hasta cuando nos sentábamos en un tocón en medio de la nada, una parte de mi misma se sentía mas bárbara si lo comparaba a él.- Y aún así algo me decía que hasta podría verse mas imponente de intentarlo mientras se reía o comentaba algo.

Era curioso, e interesante para mi, y ya mi tenía a mi cabeza armando mapas mentales de como eran sus tierras, como era el sitio donde crecieron, como eran ellos.

Claro, con Feanor era más fácil esa imagen porque ya estábamos donde él nació, pero con Saheru solo podía contar con mi propia imaginación, al punto en que ocasionalmente, notarían como boceteaba, dibujos de escenarios, lugares, algunos que nos topamos en el camino, incluso si visualmente eran casi que nada misma: una puesta de sol, plantas que en casa no conocía, en fin, cualquier cosa suficiente relevante para mi misma, se iba al cuaderno que traía escondido entre las ropas, firmemente sujeto con un trozo de carbón que fungía como lapiz.

Y cantar.

Tan acostumbrada estaba a tararear por donde iba cuando consideraba que las cosas eran seguras, que si alguno de los dos puso suficiente atención, ya seguro hasta podrían decir que conocían las melodias mas comunes de Skarðheim.

Por supuesto ahora que ibamos al fin en esa ruta repleta de personas mi tarareó se cortó como si nunca hubiese existido, prefiriendo el silencio que suponía poner atención al entorno, con mis ojos interesados mirando la gente que iba de aca a allá, notando incluso el como mis compañeros reaccionaban a eso, pero mas centrada en que nadie me fuera a quitar algo que no debiese quitarme.- lo que menos me apetecía era tener que lidiar con que algún idiota amargara lo que, genuinamente, era emocionante para mi.

Ya casi estabamos ahí, podía sentirlo.

Y así fue, porque una semana más de viaje y la enorme Thalassara apareció a la distancia, con tal magnificiencia, con tal belleza apabullante, que por un momento me picaron los dedos por transformarme en ave y elevarme por los cielos para admirarla desde cada ángulo.- Jamás había visto algo así, al menos mi viaje hasta ahora no me había llevado a toparme algo equiparable, y eso solo podía acrecentar esa parte de mi misma que no temía a demostrar su pasión por todo lo que veía.

Mi sonrisa era amplia, interesada, y mientras hacíamos la fila fue que escuché a Saheru hablar, y mordisquee mis labios como quien no sabe ni si quiera por donde empezar. -Ya, concederé que el tiempo valió la pena.- devolví, directa, porque a pesar de tanto título de uno de ellos, una parte de mi cabeza los veía a los dos como... como iguales, desde cierta perspectiva, no me nacía tratarlos diferente. -Ni si quiera sé por donde empezar, voto por ir a conocer el Anfiteatro de una vez, pero como prefieran.- había... tanto de todo, que añadí, más bajo solo para los dos. -Bien puedo intentar ir como ave después de entrar mirando todo para ver que sitio está mas concurrido o tiene pinta de que pasará algo y avisarles.- ofrecí, llevando las manos tras la espalda.

Sé que de estar sola solo lo hubiese hecho, o al menos intentado, no sabía si alguna cosa bien me lo fuese a prohibir, ¿quiza un sitio así tenía mas seguridades ante esas cosas? ¿o tal vez en realidad les daba igual mientras no hicieras problemas? A saber, solo sabía que el instinto ahí estaba, susurrando tras mis orejas.​


 
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Fëanor
[Lvl.3]
El trayecto hasta la ciudad fue una experiencia mixta en mi opinion. Por un lado, la realidad de nuestro viaje es que fue un proceso lento y en ocasiones tedioso. solo podia esperar que en algún punto pudiéramos adquirir mejores opciones de transporte, el avanzar por las rutas caminando se volvía rápidamente repetitivo. Sin embargo, aun teniendo todo esto en cuenta, no puedo fingir que no lo disfrute, cada día era un nuevo lugar, lo que alimentaba ese instinto que siempre he tenido por explorar y que ahora que tengo la libertad de hacerlo es más fuerte que nunca.

Otra parte importante fueron mis compañeros de viaje, tanto Myra como Sahure. He de admitir que la primera me sorprendió, fue con la que más había estado interactuando a medida que avanzamos. Era evidente para mí que tenía una gran curiosidad, una cualidad que comparto y tiendo a apreciar, por lo que la conversación fluye de manera mas fácil. En cuanto a Sahure, era más complicado, mi opinion parecía cambiar con cada día, en algunos era buena, otros no tanto, no podia decidirme con respecto a él, objetivamente podia apreciar su presencia, en ocasiones su personalidad también podia ser algo molesta. Supongo que todo es parte de la experiencia y para mí esto también tiene su valor.

Cuando nuestro destino fue visible en el horizonte, fue un alivio para todos los presentes. No era la primera vez que veía la ciudad, di un recorrido por varias de las ciudades antes de establecerme en una antes de conocer a Sahure, pero realmente no pasé más de unos días en este lugar y principalmente en el mercado. Aun habiendo estado aquí antes, la ciudad era una vision impresionante y aunque siempre parecía estar vibrando con actividad, parece que el festival había multiplicado la cantidad de gente que normalmente se podían ver.

Mis compañeros estaban más maravillados y no podia culparlos No escucharas quejas de mi parte de por si no me molestaba viajar, aun si era tedioso e impulsado por ver este festival realmente no era un inconveniente para mí. Escuche las ideas de Myra y las considere por un momento Supondría que el mercado es el lugar más concurrido, al menos hasta el evento principal. diría que hasta entonces el anfiteatro estaría en preparaciones, aunque también era mi primera experiencia con este festival así que podia estar equivocado, pero ante la mención del ave, ahi si negué con la cabeza con bastante seguridad Es el tipo de cosa que tienes que ver con tus propios ojos no había estado adentro, ciertamente, solamente había visto la estructura en la distancia y aun así era asombroso Si preguntas mi opinion, me parece mejor explorar la ciudad e ir al anfiteatro cuando sea el momento, seguro sera todo un espectáculo después de todo en ese momento se podria apreciar la estructura en su maximo esplendor.​
 

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Sa Horus Sahure, Qen Shemsu-Nebu (Lvl. 04)


Escuché lo que planeaban hacer mientras avanzábamos, pero no añadí nada de mi parte. No todavía.

Cuando finalmente nos tocó pasar por la puerta de la muralla de Thalassara, no ocurrió nada digno de mención. La seguridad, si es que podía llamarse así, consistía en controlar el ingreso de la gente, mirarnos de arriba abajo y juzgarnos con esa indiferencia profesional de quienes han visto demasiados viajeros en un solo día. No hubo interrogatorios, ni revisiones profundas, ni alguna escena molesta que retrasara más nuestro avance.

Solo nos dejaron pasar.

Apenas cruzamos el umbral, intenté desviarme hacia una zona donde el flujo de personas fuera menor. Necesitaba hablar con más calma, sin que la marea de comerciantes, peregrinos, marineros y ciudadanos nos empujara de un lado a otro. Además, yo ya tenía mi propia idea de lo que haría principalmente estando aquí, y prefería dejarlo claro antes de que cada uno empezara a perderse entre las calles de la ciudad.

—Creo que cada uno querrá ir a visitar algún lugar, así que mi idea es justamente esa: separarnos por ahora. Yo estoy interesado en algo en específico, por lo que tomaré mi propio camino.

Mi plan era encontrar algún barco de mi hogar.

Esperaba que la fama de Thalassara fuera algo más que palabras bonitas escritas por viajeros exagerados. Si esta ciudad era realmente el gran puerto que decían, entonces alguien de mis tierras debía haber llegado hasta aquí. Y si alguien de mis tierras estaba aquí, esperaba que no fuera un simple cargamento miserable ni una embarcación sin importancia, sino algo con verdadero valor, con peso real dentro del comercio y la política.

Si tenía suerte, bastaría con mostrar mi sello de la realeza.

Con eso podría obtener lo que hubieran traído, o al menos parte de ello, y enviar algunos mensajes de vuelta para restablecer una conexión directa. Con el pasar del tiempo, empezaba a necesitar más acceso a mis tierras. No pretendía regresar, no aún, pero pocas cosas eran más rápidas y útiles que enviar noticias a través de barcos mercantes. Las rutas comerciales podían parecer lentas para los impacientes, pero para quienes sabían usarlas, eran venas abiertas entre reinos.

Y yo necesitaba que la sangre volviera a circular.

—Mmm… debe de haber algún punto donde podamos reunirnos dentro de unas… ¿cinco horas? —dije, observando alrededor, tratando de medir la ciudad con la mirada—. Seguro será suficiente para que cada uno vaya primero a donde quiera ir.

No conocía demasiado Thalassara, más allá de lo que había leído. Sabía que existían lugares importantes, puntos de interés, plazas, templos, mercados y edificios que probablemente merecían ser vistos. Pero una cosa era leer sobre una ciudad y otra muy distinta era encontrarse dentro de ella, rodeado de calles que se abrían como venas de piedra hacia todas direcciones.

Tampoco sabía qué lugar sería más fácil para reunirnos. Si elegíamos el sitio más concurrido, probablemente tardaríamos otras cuantas horas solo en encontrarnos entre la multitud. Y, siendo honesto, yo ya prefería terminar cuanto antes con mis asuntos y buscar un lugar real donde descansar. Algo mejor que el suelo, desde luego. O que esas posadas de camino que, aunque útiles, apenas podían llamarse cómodas sin insultar a la palabra.

Volví entonces la mirada hacia Feanor.

—¿Alguna idea, Feanor?


 
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Fëanor
[Lvl.3]

Me llamo la atención el anuncio de Sahure, de hecho, pensé que considerando la multitud y que nunca habían visitado la ciudad iban a preferir mantener el grupo, pero al parecer no había venido aquí solamente por el festival. Hice una nota mental al respecto, pero tampoco estaba demasiado interesado, mire alrededor de la ciudad, todo el transito de personas yendo de un lado a otro, y considere mis opciones sobre que usar con este tiempo que iba a tener por mi cuenta. Recordé un lugar que me había llamado la atención cuando estuve aquí por primera vez y no tuve oportunidad de visitar apropiadamente.

Cuando me pregunto un buen lugar para reunirnos más tarde, me cuce de brazos a considerar las opciones, los lugares más resaltantes probablemente iban a estar colapsados con personas, por lo que tenía que ser algo fácilmente accesible que todos pudiéramos encontrar. Mi mirada se desvió hacia el océano, donde vi una imponente torre de mármol que se alzaba en la costa y la señalé Con todo el movimiento tal vez los faros no estén tan concurridos, y se pueden encontrar fácilmente, me parece una buena opción. me parece que los faros también eran celebres, pero con todo el festival tal vez la gente se concentraría en otras areas de la ciudad con más actividad.

Espere a saber si estaban de acuerdo con mi sugerencia, y de ser el caso, supongo que partiríamos por nuestros propios caminos y yo tendría que comenzar a hacer memoria para descifrar como llegar a la gran biblioteca de la ciudad. Tenía que aprovechar la oportunidad para ver si descubría algo interesante, en el camino no había muchas oportunidades de consultar información y quería familiarizarme más con las criaturas celebres de este continente.​
 
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[Myra Hrafn (Lvl. 03)]
[Raza: Humana (Deepest Soul)]

Escuche los comentarios de Feanor y asentí, usando eso como alicante para suprimir ese impulso de solo sobrevolar que a veces me llamaba tan naturalmente, si tenía que ser completamente sincera... me la pasaba mas estando normal con ellos aqui que cuando estaba sola, porque tenía su chiste en pasar desapercibido siendo un animal que sobrevolaba por las copas de los árboles dejándose llevarse --incluso ocasionalmente llegué a intentar forzosamente aprender a transformarme en más cosas--.

Asi pués, entre uno mencionando explorar y luego anfiteatro, y el otro siendo sincero en que tenía sus propios intereses personales, terminé por golpear suavemente mi mentón, pues Feanor no tuvo pinta de estar en desacuerdo con eso a pesar de que hasta ahora habíamos estado de cierta forma forzosamente los tres juntos.

La curiosidad estaba, porque al final del día me había acostumbrado a eso de querer ver más de los dos, pero de momento tampoco me importaba volver temporalmente a lo que ya había vivido: caminar sola.

Así pues, el elfo mencionó el faro, el cual miré a la distancia: servía de referencia, y en el mejor de los casos debia estar menos repleto. -En la entrada de ese Faro, en cinco horas, de ahí vemos como seguir la marcha entonces - concedí, señalando el faro específico de entre las torres de marmol construidas sobre los extremos de la bahía, para que todos estuvieramos de acuerdo entonces sobre el punto. Esperé pues si Saheru tenía algo que acotar más sobre ese, pero a ciencia cierta, no sabía tanto del lugar, una torre gigante me servía bastante bien de referencia valga la redundancia de que todo era magnifico aquí.

Si todo seguía tal cual su ruta, viendo como cada uno iria por su lado, los miré, incliné mi cuerpo con una mano sobre el pecho en un gesto que era más teatro mio, menos esquiva gracias a la convivencia que nada, y hablé. -Suerte, no se metan en problemas... y si nos metemos en problemas que sean divertidos.- guiñé un ojo, sonreí entre dientes y me fui tarareando suavemente con las manos tras mi espalda.

Mis ojos enfocarían los diferentes puntos mientras caminaba al inicio sin un rumbo fijo real, casi que pensando en que cosa me generaba el suficiente interés... o más bien, donde podía descubrir gente que me enseñara un poco más de este lugar, de lo que era vivir aquí, o como vivian la situación actual aquí y fue entonces cuando los vi después de un tiempo solo caminando, de lejos, aquellas terrazas cubiertas, con sus senderos serpenteantes que brillaban a su propia forma aún si estaban lejos.

Sí, habían muchos puntos, incluso el mismo mercado de turno de cada ciudad podría servir, pero en esta ocasión, terminé por inclinarme por enfilar mis pasos hacia esos jardines suspendidos.

Tararearia suave, pero iria atenta, pues una vez mis pasos me llevaran hasta el punto, prestaría atención a ver que cosa contaba la gente cuando estaba lo suficiente tranquila en un sitio tan bello.- ¿algun rumor interesante de este mismo lugar? ¿alguna situación que este ocurriendo ahora que había tanto público? ¿quiza algun dato interesante sobre lo que se hará en honor a Poseidon que pudiera contarle a los otros dos cuando nos veamos?

Cualquiera me era válido, desde ahí seguiría escalando, me conformaba con entender un poco más el sitio donde llegamos.​


 

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Sa Horus Sahure, Qen Shemsu-Nebu (Lvl. 04)


Me retiré del lado de mis compañeros después de que decidiéramos dónde volveríamos a encontrarnos. Aunque, cuando ya nos habíamos separado y habían pasado unos cinco minutos, me detuve un instante al darme cuenta de un detalle bastante molesto.

¿Cuál de todos los faros?

Al final del día, lo había dicho en plural.

Suspiré, negando con la cabeza, reprochándome en silencio haber dejado que Feanor decidiera el punto de reunión. Aun así, preferí confiar en que la situación se resolvería por sí misma. De una forma u otra, siempre lo hacía. O al menos eso quería creer.

Dejé atrás esos pensamientos y empecé a avanzar por las calles de Thalassara, adentrándome cada vez más en la ciudad con un objetivo claro: llegar hasta alguno de sus puertos principales. Necesitaba encontrar algo, cualquier cosa, que me indicara que mi tierra no estaba tan lejos de aquí como parecía. Esperaba ver a alguien con mis rasgos, quizá algún objeto familiar, una tela, una joya, una forma de vestir o algún detalle que gritara, aunque fuera en voz baja, que pertenecía a las tierras del sur.

Me guié hacia el puerto por el sonido del mar, por el chillido áspero de las gaviotas y por simple lógica geográfica. Si uno prestaba suficiente atención, las ciudades costeras siempre parecían inclinarse hacia el agua. Las calles descendían, el aire se volvía más salado, la piedra olía a humedad y el murmullo lejano de las olas terminaba mezclándose con el rumor de las voces.

Para mí, llegar hasta allí fue fácil.

Mientras avanzaba, aproveché para observar a la gente. Había personas de distintas edades, oficios y procedencias; algunas tan diferentes entre sí que parecía imposible que compartieran la misma ciudad. Thalassara era, verdaderamente, un nexo de muchas cosas. No solo un puerto comercial, sino una mezcla viva de culturas, acentos, colores y costumbres. Incluso su propia identidad parecía formada por capas, como si la ciudad hubiera absorbido fragmentos de cada pueblo que alguna vez llegó a sus muelles.

Vi algunos rostros que se parecían más a Myra de lo normal. Pocos, sí, pero estaban allí. Y eso bastó para darme una confianza mayor en que mi plan podía funcionar.

Lo que necesitaba, principalmente, era cambiar el dinero que tenía por una moneda de mayor calidad.

El oro era el bien más preciado, y gracias a él me había mantenido durante todo este tiempo. Sobre todo porque las monedas de estas tierras —el dracma, por ejemplo— eran de simple plata. Mi oro, por tanto, había sido más que suficiente. Pero tampoco me quedaba tanto, y eso era algo que no podía permitirme.

Necesitaba acceder a la moneda más fuerte de mi reino.

En Khemetar existía una pieza de oro adornada con piedras preciosas, mucho más valiosa que una moneda común. No era solo metal acuñado: era riqueza concentrada, símbolo de autoridad y prueba tangible de poder. Una sola de esas monedas podía valer decenas de piezas de oro normales, centenas de monedas simples de plata como el dracma e incluso más que varios tetradracmas. De las monedas de bronce, ya ni valía la pena hablar.

Un Obol era una moneda de bronce, mi Kedet... No traje ni una sola de esas monedas inútiles. De lo que recordaba de Myra, lo mas cercano era su Klippr.

Un Drachma, una moneda de plata algo impura. Deben, traje un par que ya había agotado hace tanto... Para las tierras de Myra esto sería similar a un Silfmark

Un Tetradrachm, una moneda de plata bastante pura. Hedj, definitivamente me los había agotado hace un par de semanas. Aqui empezaba a sonar raro de lo que decia Myra, su supuesto Jarlring.

Y el Stater, una moneda de oro. Todavía tenía unos cuantos Rahedj, o como lo llamaba Myra, Oath-Ring.

Y finalmente estaba mi Nebu-ka, una moneda de oro puro adornado por gemas preciosas variaba un poco su valor considerando sus gemas. Entiendo tenía sus igualdades, dentro de lo posible, en las tierras de Myra y las que pisabamos, pero dudaba que fuera tan fácil de conseguir.

Y eso era clave para lo que necesitaba ahora que tenía un mejor norte y, sobre todo, seguidores a los que debía asegurarme de mantener. Seguidores que podían ser útiles, sí, pero que también podían convertirse en un estorbo si no contaba con los medios para sostenerlos.

Así que mi objetivo era simple: encontrar gente de mis tierras, gente de Khemetar, y conseguir ese dinero.

Tal vez también algo de ropa nueva, telas de mejor calidad y algunas otras cosas que pudieran servirme.

Después de todo, si uno iba a caminar hacia lo desconocido, al menos debía hacerlo vestido como alguien que todavía recordaba de dónde venía.​


 

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El camino de Sahure
Avanzando por Thalassara en dirección a sus puertos, no necesitó guía ni hubo verdadero riesgo de perderse. Conocía lo suficiente sobre diseño urbano, sabía leer la posición del cielo y tenía la clase de sentidos entrenados que no dependían únicamente de señales o indicaciones ajenas. Bastaba con escuchar el rumor distante del mar, seguir el olor de la sal entre las calles y dejar que la ciudad revelara, poco a poco, hacia dónde fluía su vida.

Pasó entre avenidas de piedra clara, edificios de columnas abiertas, mercados cubiertos por telas teñidas, fuentes públicas, estatuas, comerciantes, cargadores, sacerdotes menores, marineros, esclavos y viajeros de tierras lejanas. A su alrededor, Thalassara respiraba con la grandeza de una ciudad nacida para mirar al océano. Sin embargo, nada de aquello logró desviar su atención del único objetivo que llevaba grabado en la mente: encontrar, de una u otra manera, algún navío que viniera de Khemetar, su tierra.

La búsqueda tardó más de lo esperado. No porque la ciudad fuese imposible de recorrer, sino porque, al no detenerse a preguntar, no sabía con certeza cuál de todos los puertos era el más importante, o al menos cuál correspondía a las embarcaciones de mayor prestigio. Thalassara no recibía a todos los barcos por igual. Allí, como en toda ciudad portuaria de verdadero poder, cada muelle tenía jerarquía, propósito y vigilancia propia.

Las naves de carga común iban a ciertos sectores. Las embarcaciones pequeñas, a otros. Los barcos con mercancía valiosa, capitanes reconocidos o documentos comerciales de peso podían acceder a puertos mejor cuidados, con almacenes más seguros, cuadrillas especializadas para descargar sin agotar a la tripulación, funcionarios más atentos y guardias con armaduras demasiado limpias para pertenecer a zonas humildes. En Thalassara, incluso el mar parecía obedecer a las diferencias de rango.

En los puertos de menor estatus, la mayoría de los navíos pertenecían directamente a Heliomara. Venían de distintas ciudades, islas y costas menores, pero todos compartían, de una forma u otra, la misma raíz cultural. También vio algunos barcos diferentes. Si hubiese tenido que apostar, habría dicho que algunos procedían de las tierras de Myra: embarcaciones más pequeñas, seguramente comandadas por capitanes valerosos que buscaban abrir sus propias rutas de comercio antes de que otros nombres más poderosos ocuparan esos caminos.

Pero no había ninguno de Khemetar.

Y eso tenía sentido.

Su pueblo no era precisamente una civilización marinera. Khemetar conocía los barcos, poseía su propia flota y, si la necesidad lo exigía, podía sostener una guerra en el mar con dignidad y disciplina. Pero sus gentes no tenían esa inclinación heliomarense a lanzarse hacia horizontes ajenos solo por ambición, comercio o gloria. Khemetar era una tierra vasta, rica, antigua; una civilización acostumbrada a mirar sus ríos, sus desiertos, sus templos y sus campos como si allí estuviera contenido todo lo necesario para sostener al mundo.

Por eso, si un barco khemetarí cruzaba tanta distancia hasta Thalassara, rara vez era por capricho.

Significaba que tenía algo importante que hacer, entregar o comerciar.

Cuando finalmente encontró uno, lo reconoció casi de inmediato. No hizo falta leer manifiestos ni preguntar procedencia. Las marcas sobre la madera, ciertos trazos ceremoniales en la proa y la forma en que algunos símbolos habían sido colocados sobre el casco hablaban un idioma que solo alguien de su tierra podía identificar sin esfuerzo. Allí estaba: una porción de Khemetar anclada en un puerto extranjero.

Se dirigió de inmediato hacia los guardias heliomarenses apostados cerca del acceso. Bastó con declarar que estaba allí para hablar con el capitán. Para su buena fortuna, el hombre todavía se encontraba a bordo. El mensaje fue traspasado a un miembro de la tripulación que hacía de vigía sobre la cubierta, y este desapareció entre cuerdas, mástiles y sombras hasta traer consigo al capitán.

Entonces llegó su momento de imponerse.

El capitán no lo reconoció de inmediato. No era extraño. Su rostro no era famoso entre todos los hombres de Khemetar, y tampoco era el único posible futuro faraón de su tierra. Pero cuando mostró el sello real, aquello fue suficiente. No necesitaba una presentación más larga. Aquel símbolo lo posicionaba, como mínimo, dentro de la familia directa del Faraón.

El cambio fue inmediato.

El capitán inclinó la cabeza, ajustó su postura y se puso a sus órdenes con una obediencia casi instintiva. Incluso llegó a ofrecerle su propio cuarto en la nave si deseaba descansar, como si la mera presencia de alguien de sangre real convirtiera aquella embarcación en una extensión temporal del palacio. Antes de que el hombre pudiera seguir acumulando ofrecimientos en un intento evidente de ganar su favor, fue interrumpido con una solicitud concreta.

Dinero.

Específicamente, Nebu-ka.

El capitán guardó silencio.

No fue un silencio largo, pero sí lo bastante pesado como para sentirse distinto. Durante un instante, su rostro pareció contener una reacción que no quería mostrar del todo: sorpresa, incomodidad, quizá incluso miedo. Luego miró de reojo hacia el muelle, hacia los guardias, hacia los marineros que fingían no escuchar, y pidió que pasaran al interior del barco.

Lejos de ojos curiosos.

Lejos de oídos atentos.

Ambos avanzaron hasta el cuarto del capitán. La estancia era estrecha, ordenada con rigor práctico, impregnada de olor a madera salada, aceite, papiros sellados y telas guardadas durante demasiados días de viaje. Allí, con la puerta cerrada y la voz más baja, el capitán habló al fin.

—Mi Señor… tenemos Nebu-ka a bordo, y se lo entregaremos. Sin embargo, son apenas dos piezas. Una de esmeralda, para la buena suerte. Y una de turquesa, para la protección de la embarcación.

Se movió hacia uno de sus muebles, apartó algunos objetos sin importancia y presionó una sección casi imperceptible de la madera. Una parte falsa cedió con un sonido bajo. Del interior extrajo una pequeña bolsa, cuidadosamente cerrada, como si no contuviera simples monedas, sino algo que debía permanecer oculto incluso dentro de un barco propio.

Al abrirla, sacó dos piezas de Nebu-ka.

Tal como había dicho, una portaba esmeralda; la otra, turquesa. Ambas parecían pequeñas, pero tenían ese peso simbólico que solo poseen las cosas nacidas de una cultura antigua: no eran únicamente valor, sino intención, rito y memoria.

—Son suyas, mi Señor.

El capitán se las entregó con ambas manos e hizo una reverencia, manteniendo la cabeza gacha. Esperó en silencio, atento a cualquier gesto, cualquier palabra, cualquier señal de aprobación o disgusto.

Se veía nervioso.

Demasiado nervioso para alguien que acababa de obedecer una orden legítima.

Y aunque todavía no era posible descifrar la razón, algo en su postura, en la forma en que evitaba mirar directamente las piezas de Nebu-ka, sugería que aquellas monedas significaban más de lo que había dicho.​

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El camino de Feanor

Separándose de su grupo, Feanor emprendió el camino hacia la Biblioteca Océanica, guiándose por recuerdos antiguos, fragmentarios, de una visita ocurrida hacía ya demasiado tiempo. Habría sido mucho más sencillo detenerse a pedir indicaciones a algún ciudadano, guardia o comerciante, pero no lo hizo. En lugar de eso, dejó que la memoria trabajara a su propio ritmo, como una lámpara encendiéndose lentamente en una habitación cubierta de polvo.

Al principio, Thalassara pareció extenderse ante él como un laberinto de mármol, sal y voces. Recorrió calles que giraban hacia plazas inesperadas, descendió por avenidas donde el viento traía olor a mar, cruzó zonas comerciales llenas de toldos, escaleras amplias, patios con fuentes y edificios que, de tanto en tanto, despertaban algo en su recuerdo. Una esquina. Una estatua. La forma de una arcada. La inclinación de una calle hacia el océano.

Poco a poco, las piezas comenzaron a encajar.

Feanor recordaba, al menos, una cosa con claridad: la Biblioteca Océanica se encontraba cerca del mar. Así que bastó con seguir el borde vivo de la península que abarcaba Thalassara, recorriendo sus cercanías costeras mientras la ciudad, con paciencia casi burlona, le permitía reencontrarse con aquello que había venido a buscar.

De lo que recordaba, la Biblioteca Océanica no era un edificio menor. Su importancia provenía tanto de su tamaño como de la posición única de Thalassara, una ciudad donde viajeros, mercaderes, sabios, emisarios y navegantes de muchas tierras dejaban textos de forma gratuita, ya fuera por devoción al conocimiento, por gratitud, por prestigio o porque ciertas historias pesaban menos cuando eran entregadas a una biblioteca que cuando eran cargadas en la memoria.

El gobierno de la ciudad, por supuesto, sabía aprovechar aquello.

Thalassara no solo custodiaba esos textos: también comerciaba con copias, permisos, traducciones, registros y fragmentos autorizados. Había una ambición clara detrás de sus muros: convertir la Biblioteca Océanica en la biblioteca más grande y prestigiosa de toda Heliomara. Todavía estaba lejos de superar a los centros más antiguos y venerados de la península, pero llamarla pequeña o inútil habría sido una falta de respeto evidente. Con tiempo, suerte y poca gente alrededor, era perfectamente posible encontrar allí algo digno de atención.

Y finalmente la encontró.

Una vez llegó al sector correcto de la costa, resultó difícil perderla.

La Biblioteca Océanica se alzaba como un edificio inmenso frente al mar, pero su verdadera belleza no estaba solo en su tamaño. Lo que la volvía memorable, casi imposible de confundir, era la forma en que parecía existir entre dos mundos. Gracias a las aguas claras de aquella zona, podían distinguirse partes de la estructura descendiendo bajo la superficie: corredores sumergidos, cámaras protegidas, estatuas silenciosas y alas completas que parecían continuar bajo el agua como si la biblioteca hubiese sido construida para lectores humanos y espíritus marinos por igual.

La luz del sol se quebraba sobre el oleaje y caía en haces movedizos sobre aquellas zonas sumergidas, deformando columnas, rostros de mármol y vitrales acuáticos hasta darles un aire fantasmagórico. Por momentos, más que un edificio, parecía una ilusión sostenida por el mar; una visión que podía deshacerse si alguien parpadeaba demasiado tiempo.

Aun así, por más cercana que estuviera al agua, el acceso principal seguía siendo completamente transitable. Feanor avanzó hasta sus puertas, caminando sobre piedra clara, escuchando el rumor de las olas contra los muros bajos y el eco distante de voces que salían desde el interior.

Las grandes puertas estaban abiertas.​

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Eternamente abiertas, según decían algunos, porque el conocimiento no descansaba y porque una biblioteca digna de ese nombre jamás debía dar la impresión de cerrarse ante quienes buscaban aprender. Al cruzarlas, Feanor se encontró con un primer piso gigantesco, amplio como una plaza cubierta, sostenido por columnas y balcones interiores donde escribas, lectores y asistentes se movían con una calma casi ceremonial.

Aquella planta contenía conocimiento más básico, o al menos más común. No por falta de valor, sino por simple prudencia. El diseño de la biblioteca, con sus enormes puertas siempre abiertas y su proximidad al mar, hacía que ese nivel fuera el más expuesto a accidentes, humedad, viento, tránsito constante y manos descuidadas. Por ello, los textos verdaderamente delicados, raros o valiosos se encontraban en otros sectores más protegidos.

Aun así, incluso lo "básico" de la Biblioteca Océanica podía ocupar la vida entera de una persona común. Allí podían hallarse registros sobre edificios, genealogías de familias, historias de ciudades, crónicas de pueblos remotos, mapas parciales, tratados de navegación, catálogos comerciales, leyes antiguas, poemas menores, relatos de viajeros y miles de documentos que, en cualquier otra parte, habrían sido considerados tesoros suficientes.

Pero Feanor no había venido solo a mirar estantes comunes.

Para su fortuna, el lugar parecía encontrarse ligeramente por debajo de su capacidad habitual. No estaba vacío, ni mucho menos, pero tampoco saturado. Había suficiente espacio entre mesas, pasillos y lectores como para que moverse resultara cómodo. Eso significaba que probablemente podría encontrar a alguien capaz de orientarlo hacia una sección más útil, o al menos hacia un conocimiento que valiera realmente el viaje.

Feanor sabía, además, que la Biblioteca Océanica funcionaba bajo tres formas principales de acceso.

La primera era la más sencilla: consultar el libro, pergamino o documento dentro del edificio, sin derecho a retirarlo. La segunda consistía en comprarlo, aunque el precio variaba según la rareza, importancia o utilidad del conocimiento solicitado; en ciertos casos, no bastaba con dinero, y se exigía dejar algo de valor equivalente. La tercera era llevarse el texto bajo palabra, privilegio reservado únicamente para ciudadanos importantes de Thalassara, personas con suficiente fama, posición o reputación como para que su promesa pesara más que una cadena.

Feanor, por ahora, solo contaba con dos opciones reales.

Miró alrededor, buscando a alguien que pudiera ayudarlo sin obligarlo a perder demasiado tiempo entre normas, pasillos y mostradores. Finalmente notó a un hombre que parecía estar resolviendo dudas a varios visitantes. No tenía la rigidez de un guardia ni la solemnidad distante de un erudito encerrado en su propio orgullo; más bien transmitía la calma práctica de quien estaba acostumbrado a tratar con curiosos, estudiosos confundidos y extranjeros que no sabían por dónde empezar.

Feanor se acercó para confirmar si, efectivamente, trabajaba allí y podía orientarlo.

El hombre lo recibió con una expresión relajada y amable.

—Claro que sí, señor. ¿Qué desea de la gran Biblioteca Océanica?

Su tono no tenía impaciencia. Tampoco parecía medirlo con desprecio. Era, en apariencia, la clase de guía que podía llevarlo sin problemas hacia conocimiento común o bajo, siempre que la petición fuese razonable. Si Feanor se conducía con respeto, probablemente también podría acceder a información algo más difícil de conseguir. Y si sabía elegir bien sus palabras, si sabía mostrar interés sin parecer arrogante, incluso era posible que aquel hombre terminara guiándolo hacia sectores más reservados de la biblioteca.

Al final, en lugares como aquel, el conocimiento rara vez estaba completamente cerrado.

Solo esperaba la llave correcta.​

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El camino de Myra

Sabía a dónde quería ir. También tenía bastante clara la actitud con la que enfrentaría cualquier problema que se interpusiera en su camino. Sin embargo, una cosa era tener decisión, y otra muy distinta era encontrar un lugar que jamás había visitado en una ciudad que todavía no terminaba de conocer.

Eso se hizo evidente con el paso de las horas.

El cielo ya comenzaba a mostrar otro tono. La luz del sol había cambiado, descendiendo con esa lentitud dorada que anunciaba que el día avanzaba más rápido de lo que parecía, y Myra seguía sin encontrar ningún sitio que se pareciera a los famosos jardines de los que había terminado oyendo hablar. Thalassara, bella y amplia, podía ser amable con quien conocía sus caminos, pero para una extranjera seguía siendo una sucesión interminable de calles, escaleras, plazas, edificios blancos, fuentes, patios abiertos y avenidas que parecían prometer una dirección clara solo para desviarse un poco más adelante.

Para su suerte, o quizás por simple experiencia, Myra no era alguien que se rindiera por perder una ruta.

Era exploradora en tierra ajena. Sabía que, a veces, avanzar sin certeza también era parte del viaje. Así que siguió andando, guiándose menos por indicaciones concretas y más por intuición, por el movimiento de la gente, por la inclinación de las calles y por esa sensación difícil de explicar que le decía cuándo una ciudad comenzaba a abrir una de sus respuestas.

Finalmente, casi por pena, casi por terquedad, llegó a una calle que le regaló una vista limpia hacia algo imposible de ignorar.

Ante ella se alzaba una montaña artificial.

No era una montaña como las que nacen de la tierra por voluntad antigua de la piedra, sino una creación cuidadosamente levantada por manos mortales: hermosa, escalonada, llena de vida, con pequeñas cascadas descendiendo por sus laterales como hilos de plata. El agua caía desde canales ocultos, cruzaba terrazas cubiertas de flores y se perdía entre estanques claros, raíces cuidadas y senderos de piedra. Había árboles plantados con precisión, bancos tallados para mirar el horizonte, pequeños espacios abiertos donde una persona podía sentarse a pasar el día, conversar en voz baja o simplemente respirar bajo la sombra.

No había mercaderes gritando.

No había tiendas apretadas contra los caminos.

No había edificios invadiendo la vista ni multitudes empujando hacia todas partes.

Era, literalmente, un lugar hecho para la paz. Un espacio bello y lleno de naturaleza, aunque esa naturaleza hubiese sido guiada, ordenada y mantenida por manos humanas. Y tal vez eso era precisamente lo importante: no que fuese salvaje, sino que lograba parecer vivo a pesar de haber sido diseñado. Allí, la ciudad no intentaba vender, conquistar ni impresionar por exceso. Allí, Thalassara parecía haber construido un refugio para recordar que incluso en medio de la civilización podía existir silencio.

Realmente parecía ser el lugar conocido como los Jardines Suspendidos de Nereia.​

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Aunque, para ser justa, Myra todavía no entendía del todo por qué los llamaban "suspendidos". Tampoco comprendía qué relación exacta tenían con Nereia. Quizás era un nombre religioso, histórico o poético; quizás algo relacionado con las aguas, las cascadas o alguna figura importante de la ciudad. Fuera como fuera, el nombre tenía suficiente belleza como para que la duda no resultara molesta, sino interesante.

Myra avanzó por el camino que conducía hacia aquel lugar.

Subió las primeras escaleras hasta alcanzar la terraza inicial, donde ya era posible disfrutar de la calma del jardín. Desde allí, el espacio se abría en distintas direcciones: senderos curvos, zonas de descanso, árboles de copa amplia, fuentes pequeñas y nuevas escaleras que ascendían hacia niveles superiores. Cada piso parecía ofrecer más de lo mismo, pero no en un sentido pobre, sino deliberado: más sombra, más agua, más flores, más rincones donde alguien podía encontrar tranquilidad sin sentirse completamente aislado del mundo.

Era un lugar pensado para que cualquier persona pudiera hallar su propio grado de silencio.

Sin embargo, Myra no había llegado únicamente para sentarse.

La paz del sitio era agradable, sí, pero también ofrecía algo más interesante. Personas. Conversaciones. Ciudadanos que se reunían sin la urgencia de un mercado, sin la formalidad de un edificio oficial y sin la vigilancia evidente de un puerto. Allí, entre árboles, terrazas y fuentes, la gente podía hablar con más libertad. Algunos discutían asuntos simples; otros caminaban en parejas; unos cuantos descansaban con la confianza de quien cree que nadie está prestando verdadera atención.

Para Myra, aquello podía ser útil.

Quizás no encontraría un gran secreto. Quizás solo escucharía información sencilla: nombres de lugares, rumores sobre la ciudad, detalles sobre familias importantes, advertencias menores o comentarios sobre eventos recientes. Pero incluso una información pequeña podía convertirse en una herramienta valiosa para alguien que todavía estaba aprendiendo a moverse por Thalassara.

Y si tenía suerte, tal vez escucharía algo más.

A pesar de no parecer una ciudadana común de Heliomara, Myra sabía moverse lo bastante bien entre la gente como para no resaltar más de lo necesario. No necesitaba desaparecer por completo; solo debía parecer una presencia aceptable. Una visitante más. Una extranjera curiosa. Alguien que caminaba por los jardines porque el lugar era hermoso, no porque estuviera buscando una conversación ajena.

Esa era una ventaja.

Podía avanzar con calma, detenerse junto a una fuente, fingir que observaba las flores, descansar cerca de una terraza o mirar el horizonte mientras dejaba que las voces cercanas llegaran hasta ella. Si veía una charla interesante, podía acercarse lo suficiente como para oír un fragmento. Si la conversación era más privada, tendría que medir mejor sus pasos, sus pausas y la distancia.

Entre más íntima fuera la conversación, más fácil sería que alguien notara su presencia.

Pero ese era el tipo de riesgo que una exploradora sabía valorar.

Por ahora, los Jardines Suspendidos de Nereia se abrían ante Myra como una promesa tranquila: un lugar de belleza, sí, pero también de murmullos. Y en una ciudad extranjera, a veces los murmullos podían revelar más que los gritos.​


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[Myra Hrafn (Lvl. 03)]
[Raza: Humana (Deepest Soul)]

Las horas habían pasado sin que en un inicio encontrara mi ruta, básicamente porque por mucho que me interesara el lugar, seguía siendo una extranjera aquí.- pero no había llegado tan lejos de casa rindiéndome cuando me perdía con una ruta, de una u otra manera confiaba en que encontraría mi norte, fuera por mi misma, o porque las nonas decidieron ser algo amables con mi propia frustración por el paso de las horas.

Y, para que estaba con cosas, perderme a veces hacia las cosas más divertidas. ¿No había encontrado a los otros dos después de caminar sin tener claro aún a donde quería ir?

Eventualmente apareció, demasiado claro para ignorarlo, y una sonrisa tironeo de mi boca al descubrir esa montaña artificial, tan hermosa y escalonada, con el agua que caía en cascadas y esas terrazas cubiertas de flores que seguramente a la vieja le hubiese encantado ver también alguna vez. ¿O quiza las conocía? esos dos habían vivido demasiados años después de todo.

Me quede unos de pie, disfrutando del lugar, aspirando profundamente y exhalando también, dejando que la sensación me inundara: esa paz que había, sin gente gritando, sin tienda en los caminos, sin gente empujando como habían hecho a montones cuando aún buscaba el sitio.

Este debía ser el sitio, si era otro, genuinamente me hubiese sorprendido, pero algo en mis propios sentidos me arrojó que ya había encontrado suficientemente bien mi rumbo, un rumbo que aún tenía bastantes dudas para mi misma, como su nombre, que sonaba... hermoso, y curioso, pero no tenía la menor idea de donde provenía.- también mas dudas inconexas me llegaron: ¿como eran quienes preferían este sitio que los otros? ¿harían algún tipo de ritual aquí también? ¿que pensaría Freyja de un sitio como este? ¿le gustaría que le entregaramos alguna ofrenda o sería demasiado ofensivo ante el Dios de este sitio innecesariamente? El santuario en casa, con las flores que se lograban permitir tener, siempre había sido algo que intimamente me llenaba el corazón.

Así pues avance caminando, admirando lo que me rodeaba, la calma y paz, sin un rumbo muy marcado: subia escalones lentamente, a mi ritmo y tiempo, pasaba por alguna curva o me quedaba mirando alguna fuente, incluso me detuve a admirar flores en más de una ocasión, con un interés genuino, sincero, porque de verdad el sitio me gustaba y porque quería notar cada minúsculo detalle, desde los colores de las flores hasta el acabado del marmol o el brillo mismo del agua.

Más eventualmente mi atención se fue en lo que en el fondo también me importaba demasiado: los susurros.

Había gente, no tanta, pero había gente, cada uno metido en su propio mundo a su manera, muchos claramente oriundos de estas tierras, personas que no eran extranjeras, no como yo, con los tatuajes perdidos bajo mi ropa y las cuencas que a veces tiltilaban perdidas entre mi cabello.- Hace mucho que había aprendido a moverme de mejor forma en tierras lejanas, con suficiente tino como para saber comportarme, y movida por esa naturalidad, fue lo que hice.

Giré por una curva para cuando una pareja iba pasando, y una sonrisa suave se formó en mis labios, moviendo mi cabeza en un saludo ligero antes de desviar mi cuerpo como si me dirigiera a admirar un rato unas flores coloridas ubicadas de una forma tan bellamente estratégica, que era obvio el hecho de que había sido intencional.

Avancé con pasos tranquilos, elevándome otro poco para aproximamente luego a los bordes de las mismas terrazas, elegí deliberadamente un sitio donde se vislumbraba más gente, mimetizándome e inclinando mi cuerpo de tal forma en que pareciera que todo de mi misma quería solo admirar la belleza a la distancia de lo que era Thalassara... pero mi cabeza estaba en las voces, en la gente hablando: quería ver si agarraba algún comentario, historia o situacion que me dejara menos perdida como alguien ajeno a esta ciudad.

Y dejé que el tiempo pasara primero de esa manera, más suave y mas silenciosa, pues, cuando no recabara nada mas que me llamara la atención ahí, trataría de moverme a un sitio más vació, un lugar menos fluctuante de enamorados y más bien con gente que pudiera identificar yo misma como más... serios, ese tipo de persona que pareciera tener la tensión en el cuerpo natural que surge de platicar algo más importante.

Todavía no era tan buena notando eso, pero de a poco he buscado esforzarme en reconocer mejor esos patrones, los patrones mas obvios de aquellos que saben que estan diciendo cosas que no deberían decir en voz alta.

Calle esperando susurros, discusiones, cualquier ruidito que llamara mi atención de alguien que quizá diga algo que no deba decir.

Si los detectaba, no me aproximaría brutamente, mis pasos irían en calma, sin tensión, como si fuera una persona más paseando y aún admirando el entorno, como si no me importara mucho el resto del mundo, como si no tuviera cabeza para ponerme a pensar que discutía el de al lado.

Pausa, calma.

Eventualmente acomodaría mis pasos, usando un simple árbol de gran copa para apoyar mi cuerpo, sacando mi libreta y empezando a dibujar lo que tenía al frente: no era un dibujo de mentira, mis trazos marcarían la fuente y las flores al rededor, la vista que se admiraba desde el punto donde acabe, la enorme ciudad en su extensión vista desde la terraza, queriendo desde cierta perspectiva registrar lo que se encontraba frente a mi.

Un registro que no era mentira, porque sería un desperdicio no bocetear un lugar tan bello.

Y a la vez sería mi excusa.

Si alguien detectaba que estaba demasiado proxima escuchando lo que no debía y reaccionaba, fingiría estar demasiado metida en mis trazos solo para reaccionar después y mostrar ligeramente mi dibujo, simple e inofensiva, incluso dispuesta a responder si alguien intentaba aproximarse a hablar a quien seguía siendo una extranjera. Un dibujo era algo sincero de mi, pero también una buena excusa para pasar más desapercibida dentro de mis posibilidades, porque, ¿a quien le importaba una chica dibujando? Incluso en casa había notado ese pequeño detalle en más de una ocasión.

A mi, claro, me hubiese importado.

Pero no todo el mundo era como yo, y a la vez, eso siempre me recordaba que lo mejor que podía hacer para mi misma era recabar todo lo que pudiera de cada sitio donde llegaba.

Solo tocaba descubrir con que me toparía hoy.


 
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Fëanor
[Lvl.3]

Me tomo un tiempo encontrar el camino correcto que conducía hacia la biblioteca, me estaba guiando solamente por memoria y aunque estaba al tanto de que sería mucho más rápido pedirle indicaciones a alguno de los locales, no tenia prisa y de esta forma podría tomarme el tiempo de apreciar la ciudad como no lo hice en el pasado. Afortunadamente a medida que fui avanzando por las calles, el camino se fue haciendo más evidente hasta que finalmente pude ver el imponente edificio que era la gran biblioteca. He de admitir, aun in tener tanta experiencia ni viajado a tantos lugares, este lugar era fascinante. Una parte del edificio se encontraba bajo el agua, generalmente impensable si el propósito era preservar textos para la posteridad.

Ingresé a la biblioteca y me detuve un segundo para observar alrededor y absorber la esencia del lugar donde me encontraba, parecía ser aún más grande por dentro y el ambiente era muy agradable, había gente, pero no tanta como para que fuera incomodo estar en el lugar y los estantes de libros parecían no tener fin. A diferencia del camino hasta aquí, si intentaba encontrar información por mi cuenta, pasarían todas las 5 horas sin conseguir realmente nada.

No tarde mucho en cruzarme con alguien que tenía la apariencia de trabajar aquí, y lo confirmo rápidamente Tienen una biblioteca magnifica, nunca había visto nada parecido genuinamente lo pensaba, y los cumplidos son la forma más fácil de crear buena voluntad, por lo que no me costó mucho hacerle el comentario antes de realizar una petición Estoy buscando alguna especie de compendio de monstruos y criaturas nativas a Heliomara, historias, características o lo que puedan tener al respecto no pensé que fuera a haber demasiado problema con eso, considerando todas las personas que visitaban esta ciudad, muchos debieron encontrarse con algún monstruo y dejar un registro en alguna parte. Si acaso estaba más nervioso con respecto a mi segunda petición Tambien estoy realizando una pequeña investigación sobre Tartarus, tanto el lugar como el dios, estaría muy interesado en cualquier texto sobre el tema tal vez si solo demostraba interés académico no habría mayor problema, o eso me gustaria pensar.​
 

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Sa Horus Sahure, Qen Shemsu-Nebu (Lvl. 04)


No me sorprendió en lo absoluto que el capitán prefiriera llevar aquella charla y la transacción a un lugar más privado. Hacerlo en la cubierta del barco habría sido torpe: demasiados ojos, demasiados oídos, demasiadas manos fingiendo trabajar mientras intentaban enterarse de asuntos que no les correspondían.

Así que lo seguí sin protestar.

Mientras caminábamos, dejé que mi mirada recorriera el lugar con aparente calma. Observé la cubierta, las cuerdas, las cajas, los barriles, los símbolos marcados sobre la madera y cualquier rastro que pudiera decirme algo útil. Quería saber qué transportaba, cuántos hombres llevaba, qué tan bien cuidada estaba la embarcación y, sobre todo, qué hacía uno de los barcos de mi imperio tan lejos de casa.

Cualquier detalle podía servir.

Cuando finalmente llegamos a lo que parecía ser su camarote, el capitán se volvió hacia mí y confirmó lo que yo esperaba: efectivamente, traía un par de Nebu-ka.

Había esperado al menos uno. Tener dos ya era bastante bueno, aunque, ciertamente, me habría gustado contar con más para evitarme la molestia de seguir buscando durante mi estadía. Podría intentar encontrar otros barcos de mi imperio; seguramente los habría en una ciudad como Thalassara. Pero decidí no perder demasiado tiempo en ello. Con dos debía bastarme para lo que necesitaba y, con suerte, también serían suficientes para aguantar unos meses adicionales.

Lo que sí captó mi atención fue otra cosa.

Uno de aquellos Nebu-ka era turquesa.

Eso no era común.

El esmeralda, sí. Era normal. Buena suerte para un barco, especialmente para una embarcación mercante, resultaba algo esperable. Un deseo de buen clima, vientos favorables, rutas tranquilas y ganancias limpias. Nada extraordinario.

Pero el turquesa era distinto.

El turquesa se entregaba cuando se esperaba peligro. Cuando alguien necesitaba protección divina, no solo fortuna. La suerte podía servir para un viaje sin tormentas, con buen viento y aguas obedientes. La protección, en cambio, hablaba de amenazas más concretas: ataques, destrucción, maldiciones, castigos de dioses irritados con el capitán o con la embarcación. Cosas que ningún hombre sensato ignoraba si quería seguir respirando al final del viaje.

Medité aquello en silencio hasta que, finalmente, las dos piezas de oro adornado aparecieron ante mí.

Las recibí sin problema, observándolas apenas el tiempo suficiente para comprobar que eran auténticas antes de guardarlas en mi lugar seguro. Su peso era familiar. Su brillo, también. Por un instante breve, casi incómodo, sentí que sostenía un fragmento de mi tierra entre los dedos.

Luego levanté la mirada.

Le agradecí al capitán con una sonrisa leve y una pequeña reverencia, lo bastante cortés para cumplir con la forma, pero no tanto como para olvidar quién era yo. Sin embargo, mientras lo observaba, noté su nerviosismo.

Eso me molestó.

No el nerviosismo en sí, sino el hecho de que todavía no fuera tan bueno como quería leyendo a las personas. Aun así, detectar al menos esa tensión ya era suficiente. Sus gestos lo traicionaban: la rigidez en los hombros, la forma en que evitaba sostenerme demasiado la mirada, esa cautela de quien teme decir algo y teme todavía más callarlo.

Supuse que tenía relación con aquel Nebu-ka adicional. El de protección.

¿Qué estaba pasando?

Podría intentar sacárselo de manera segura. Crear confianza, hablar con paciencia, rodear el asunto hasta que él mismo decidiera entregarme la verdad. Pero no tenía tiempo, ni ganas, de hacer ese teatro.

Así que fui directo.

—Hable ahora, capitán. ¿Qué sucede? ¿Qué afecta a su embarcación y a su tripulación? Llevar un Nebu-ka turquesa no es normal, a menos que se considere que existe un peligro real, físico o divino.


 
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